Historia y verosimilitud

    No es de Plutarco la idea de llamar Moralia a las piezas suyas que conocemos bajo ese rótulo; tampoco la de agruparlas temáticamente. La iniciativa corresponde, más de un milenio más tarde, al monje bizantino Máximo Planudes, quien recoge allí escritos tan disímiles del Queronense como Isis y Osiris y Sobre cómo se debe escuchar. El entusiasmo, sin embargo, lleva al recopilador demasiado lejos al querer atribuir al ilustre intelectual griego el texto Sobre la educación de los hijos, ajeno a la belleza escritural del autor y a la característica elaboración desenfadada de este. El tenor apócrifo del injerto salta a la vista de inmediato, pues echa a correr un recetario francamente maniqueísta: que quienes quieran tener hijos ilustres “no se casen con mujeres de baja condición” (Moralia, 1A), que haya frente a los adolescentes “mucho más cuidado y vigilancia que en los niños” (Mor., 16A-B), y que las siguientes “dos cosas son, por así decirlo, los fundamentos de la virtud: la esperanza de la honra y el temor al castigo” (Mor., 16C-D). Tan forzada moralina constituye el primer ensayo del voluminoso conjunto —y así se sigue reeditando hasta hoy—, pero, dada su impronta didáctica, precede a Cómo debe el joven escuchar la poesía, de nítida cepa plutarquiana, que invita a discernir sin evitar las “señales mezcladas de maldad y de virtud”, porque “la imitación tiene su atractivo en la verosimilitud” (Mor., 7C). Así, la vecindad entre ambas redacciones convierte el paso de una a otra en un oxímoron y muestra que “más cuidado y vigilancia” se debe ejercer sobre tal sermoneador.

    Una travesía análoga cabe explorar en otros casos en que la escritura, aunque por procedimientos diferentes, quiere ampararse en el prestigio. Esta vez, de todos modos, ambos personajes son colosales. Responsable de los diecisiete volúmenes de la Geografía, compuesta entre 29 a.C. y 7 d.C., Estrabón intenta trazar en ella el estado del arte tanto en lo que respecta a la cartografía como en lo tocante al clima, los recursos económicos y la situación histórico-cultural de las localidades de la ecúmene. Griego al servicio de Roma, conoce la urbe hacia la época en que es asesinado Julio César (44 a.C.), y, aunque la restante Antigüedad prácticamente no exhibe evidencia sobre el impacto de su obra, una versión abreviada de esta se utiliza como texto de estudio en la Edad Media, mientras que a comienzos del siglo XIX es elogiado por firmas tan diferentes como las de Alexander von Humboldt y Jacob y Wilhelm Grimm. Estudioso de los trabajos de Heródoto, Polibio, Posidonio y Artemidoro de Éfeso, el intelectual oriundo de Amasia sale especialmente a combatir el escepticismo de Eratóstenes frente a las pretensiones de historicidad de la creación homérica. Mientras el notable polímata advierte que el objetivo del poeta es el goce del espíritu  y  no  la  enseñanza  (Eratóstenes,  Fr. I  A  20), Estrabón señala que “la poesía es una especie de filosofía primera”, razón por la cual “las ciudades de los griegos educan a los niños ante todo mediante” aquella (Geografía, I, 2, 3). Así empieza este una amplia serie de afirmaciones que se esfuerzan por imputar a los inmortales versos, sin fundamento, una función geolocalizadora. El historiador y geógrafo entresaca pasajes para mostrar, en lo que al vate toca, “lo múltiple de sus conocimientos”, de manera que, refiriéndose a la gruta de las náyades, evoca el fragmento en virtud del cual “las puertas son dos: una al bóreas abierta a los hombres / y la otra hacia el noto divina” (Odisea, XIII, 110-111), y, cuando quiere refutar al pensador cirenaico, declara que con razón canta el aedo lo de “Bóreas y Céfiro, que soplan los dos desde Tracia” (Ilíada, IX, 5), pero que Eratóstenes, “como no lo interpreta en su justo sentido, lo acusa impropiamente, como si hubiese dicho en términos absolutos que el Céfiro sopla desde Tracia, cuando en realidad Homero no lo dice en términos absolutos, sino solo cuando ambos vientos coinciden allá por el mar Tracio, en torno al Golfo de Melas, es decir, en lo que es una parte del propio Mar Egeo” (Geografía, I, 2, 20).

    Como ante un espejo, el problema se duplica. Por una parte, nada gana en literatura la obra de Homero con la atribución de veracidad a su mundo narrativo, entre otras cosas porque ni siquiera es él quien la reclama para sí. Por otra, si Estrabón persigue instalar la bandera de la realidad en las formas lúdicas con las que el vate reversiona el mito, bien puede indagarse si, a la inversa, no contiene la obra del amasiota elementos ajenos a los hechos en los que dice fundarse. No se trata de cuestionar los perseverantes elogios que hace al imperialismo augusteo (cf. II, 5, 26; III, 3, 8; III, 4, 20, etc.), sino de constatar errores que él no perdonaría a ese conocimiento que adjudica a la poesía en la materia. Más historiador y geógrafo de oficina que investigador viajero, hace suya la medida calculada para la Tierra por Posidonio, estimando exagerada la casi exacta dimensión aportada por Eratóstenes (II, 2, 2); atribuye al Cabo de San Vicente la condición de extremo más occidental de la ecúmene (III, 1, 4), cuando en realidad lo era Cabo de Roca; sostiene que la minería en Cartagena ha pasado ya en su tiempo a propiedad de particulares (III, 2, 10), lo cual es falso, pues el dueño de todas las explotaciones seguía siendo el Estado romano; localiza Irlanda al norte de Gran Bretaña, error que ya Julio César ha corregido (Guerra de las Galias, V, 13, 2), y reduce a menos de la mitad el contorno de los Alpes al nivel de la llanura (IV, 6, 12), entre muchos otros desaciertos. El deseo de establecer coordenadas realistas para Homero no hace mella en la Ilíada: la fantasía mantiene incólume esa verosimilitud que en Estrabón, en cambio, pierde fuerza cuando la fantasía carece de literatura y la Geografía de historicidad.


David Hevia

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