Las Sabinas, Lucrecia y Virginia
Sería perfectamente razonable que, tratándose de nombres femeninos, la dimensión mitológica que imprime Tito Livio a la Historia de Roma desde su fundación aludiese en primer lugar a Venus, madre de Eneas, el héroe sobreviviente de Troya que llega a Italia y da nacimiento a los pueblos latinos. También cabría esperar ese sitial para Rea Silvia, progenitora de Rómulo y Remo tras ser violada por Marte. La mención inicial, sin embargo, recae en Helena, y ello ocurre apenas la obra se pone en marcha, con miras a subrayar que el hijo de la diosa y de Anquises es eximido de la ley de guerra por los aqueos en atención a que él y Anténor siempre habían defendido la devolución de la bellísima reina a Esparta (I, 1, 1). La elección del historiador no es antojadiza. La fugaz e indirecta referencia al rapto apunta al papel activo de la monarca en el viaje que emprende junto a Paris, y deja sugeridas las consecuencias que el hecho tiene en materia de política exterior. Cuando, en cambio, el autor señala la violencia que la naciente urbe dirige a las mujeres, deja establecido que se atenta contra la voluntad de las mismas y visibiliza los efectos que recaen sobre la política interior.
A ese respecto, la imaginación de la que se vale la obra en el caso de Rea Silvia es paradigmática a la hora de denunciar que el abuso no se ejerce en un solo sentido, sino que se manifiesta también en su aparente opuesto. Amulio “acumula crimen sobre crimen”, pues al tiempo que elimina la descendencia de su hermano por línea masculina, a aquella, “so pretexto de concederle un honor, la escoge para vestal, dejándola sin esperanza de tener hijos en razón de la virginidad perpetua” (I, 3, 10-11). Entonces el intelectual paduano comenta que debía ser “cosa del destino” el origen de la ciudad: la vestal es forzada y, por ello, recluida. De esa agresión nacen Rómulo, Remo (I, 4, 1-2) y la futura metrópoli (I, 7, 1-3). El paso siguiente, aún legendario, introduce el telón de fondo histórico de la gravitación poblacional. Careciendo en general de mujeres la naciente Roma, el senado aconseja a Rómulo, su rey, pactar con las localidades vecinas lazos matrimoniales, asunto que los representantes de estas rechazan categóricamente, y por una fundada presunción: la asimetría de estatus que afectaría a las nuevas esposas de la metrópoli. Furibundo, el desairado monarca abre camino a la violencia, a objeto de lo cual organiza los Consualia, unos juegos solemnes en honor a Neptuno Ecuestre, a los que invita a todas las aldeas aledañas, siendo la participación sabina la más masiva. Es entonces que, a una orden concertada, los jóvenes romanos raptan a las doncellas, y mientras los padres de las víctimas huyen aterrados y protestan invocando en vano al dios agasajado, los plagiadores cumplen el encargo de entregar a las de mayor belleza a los senadores más importantes. Cuando los aliados del poblado ofendido reaccionan atacando a los romanos, resultan anexionados, si bien ello es solo una consecuencia colateral. De hecho, cuando finalmente son los sabinos los que empuñan las armas, Hersilia, esposa de Rómulo, conmovida por los ruegos de las raptadas, pide al monarca que conceda los derechos ciudadanos a los padres de aquellas. Comprados los progenitores a ese precio, el golpe de gracia contra el conflicto lo asestan, en su punto candente, las mismas muchachas, que se lanzan en medio de la lluvia de saetas y rasgan las vestiduras suplicando la paz, arguyendo que “somos nosotras la causa de la guerra”, y que les resulta mejor “perecer que vivir sin unos u otros de vosotros, viudas o huérfanas” (I, 9, 1 ss.). Alcanzada la conciliación, el régimen de Rómulo articula la ciudad en treinta curias. La estructura del poder vuelve a remecerse con la violación de Lucrecia. Recién laureada como la más virtuosa, es atacada por Sexto Tarquinio, hijo de Tarquinio el Soberbio. Mientras ella duerme, el agresor desenvaina sobre el lecho la espada y, al tiempo que con la mano izquierda le aprieta el seno derecho, le advierte que guarde silencio o la matará. Al ver que no cede, la amenaza con dejar junto a su cadáver el de un esclavo degollado y desnudo, para que se diga que ha cometido adulterio. Cuando ya ha sido forzada, Lucrecia pide que acudan su padre y su marido, cada uno con un testigo. Con ellos presentes relata lo sucedido e identifica al hechor, y luego de obtener de ellos la promesa de que el responsable no quedará sin castigo, se clava un puñal en el corazón. La indignación ciudadana ante lo acontecido es liderada por Lucio Junio Bruto, hijo de Tarquinia, hermana del rey. Aquel quita del cuerpo la daga y, con esta ensangrentada, promete que nadie más ejerza la monarquía. (I, 56, 4 ss.). Si Livio asocia esa secuencia al nacimiento de la República en 509 a.C., algo análogo se desencadena con la muerte de la plebeya Virginia, cuyo padre, Virginio, le quita la vida para evitar que sea forzada y esclavizada por el decenviro Apio Claudio, quien encabezaba una administración que devino en tiranía. Virginio empuña el filo ensangrentado de su hija y junto a Icilio, el prometido de la joven, ponen en marcha la revuelta que deriva en la secesión del ejército y la plebe, terminando en la caída de los decenviros en 449 a.C. y en el fortalecimiento de las instituciones de la República (III, 44, 1 ss.).
Desde Rea Silvia hasta Virginia, las ficciones introducidas por el historiador no apuntan a idealizar la escena ni a brindar explicaciones subjetivas sobre el proceso social y político en curso, como podría creerse, sino exactamente al contrario. Mientras en la partida a Ilión está implicada Helena y no solo Paris, la voluntad de ella otra vez se hace patente en su regreso a Esparta con Menelao. Es decir, hay una decisión de política exterior característica del expansionismo, y que desemboca precisamente en la anexión de Troya. En cambio, los referidos mitos en torno a los actos perpetrados contra las mujeres en la Historia de Roma desde su fundación correlacionan los conceptos de propiedad y abuso en el plano doméstico: el Rapto de las Sabinas tiene lugar en presencia de sus padres cuando todos están en Roma, y lo que se pone en tensión y se negocia es el estatus del régimen conyugal. Por eso la obra, por una parte, pone de relieve los efectos de tales vulneraciones en la arquitectura de la institucionalidad, y, por otra, lejos de reducir el carácter repudiable de los hechos a la consumación del ataque físico, igualmente denuncia la naturalizada práctica que condena a algunas jóvenes —“crimen sobre crimen” — a la virginidad.
Helena da Viani Vidman
