Las noches en las noches
Si La historia del porteador y las tres mujeres de Bagdad es, al igual que el relato marco de Las mil y una noches, una fábula que sueña con varias otras, aquella deviene también espejo que reelabora el prolongado trance del cual se sirve Shahrazad para salvar su vida y la de las demás princesas de la condena diaria resuelta por el rey Shahriyar. De hecho, los pilares de la ficción sostienen ya con vigor el paralelo con la pieza que echa a andar el conjunto narrativo. Tres bellísimas mujeres que aceptan hospedar a un acarreador y a tres derviches que han perdido un ojo, deciden, además, alojar a dos hombres que, haciéndose pasar por mercaderes de Mosul que huyen de una redada, les suplican acogida en su casa, si bien estos son, en realidad, el legendario califa de la dinastía abasida, Hārūn al-Rashīd (766-809 d.C.), y su visir, Jaafar, queriendo conocer los detalles de la juerga cuyas voces e instrumentos musicales acaban de llegar a sus oídos. La encubierta dupla recrea así los personajes de Shahriyar y su primer ministro, a la vez padre de Shahrazad y verdugo de cada una de las doncellas que preceden a la gran relatora. La dueña de la residencia, anfitriona a condición de que los visitantes mantengan reserva y eviten indagar lo que allí ocurre, monta en cólera apenas constata en ellos la intención contraria, y hace salir de su escondite a siete esclavos dispuestos a matarlos apenas ella lo ordene: “Les cortaremos la cabeza”. La escena se hace eco, por cierto, de la matanza de Shahriyar, y, en especial, reedita la exitosa estrategia dilatoria de quien encandila a su majestad con la palabra. Y es que, antes de dar a los siervos la señal de ejecución, la furibunda veladora de los secretos domésticos obliga a los sentenciados a referirle por qué son tuertos. Por esa vía se entera de que cargan con un castigo por inmiscuirse y que, asimismo, son hijos de reyes, como las desgraciadas antecesoras de Shahrazad. La dueña los deja ir. Contar los salva del hierro, como a la protagonista, que en tal alegoría no esquiva la audacia de referir al propio monarca tan cristalino anticipo de su indemnidad y la de las otras jóvenes del reino.
Si esas líneas gruesas evocan ya el quid de la narración marco, sus pinceladas, en tanto, se tornan palpables al hacer un guiño a los detalles y escalar la ambición de la literatura. Una quirúrgica pista que permite sospechar la función refleja entre ambos cuentos se manifiesta al desatarse la confesión del tercer derviche, en un pasaje en que el protagonista descubre cuarenta estancias tras cuarenta puertas, a cuyo extremo opuesto aparecen cuarenta muchachas, “hermosas como la luna, que alegraban la vista sin saciarla”. Entonces le piden escoger “a una de nosotras para pasar la noche. Pero no volverás a acostarte con ella de nuevo hasta que hayan transcurrido cuarenta días”. Ellas pasan con él durante un año, al cabo del cual se despiden tristes, convencidas de que no lo volverán a ver. En efecto, deben ausentarse por cuarenta días, y le confían las llaves de palacio explicándole que puede recorrer treinta y nueve de las habitaciones, pero no la cuadragésima. Cuando solo falta una jornada para el regreso de las jóvenes, la tentación puede más: él abre la puerta proscrita y pronto pierde un ojo. Los números contenidos en la advertencia no son accesorios, pues en total Shahrazad y su hermana Dunyazad introducen treinta y nueve veces el microrrelato ritual con que interrumpen La historia del porteador y las tres mujeres de Bagdad, referida al rey durante cuarenta noches. Y no es solo cuestión de cifras. El castigo constituye por sí mismo una velada amenaza a Shahriyar en cuanto a que nada le garantiza la eternización del goce en la recámara. Remitida de esa guisa la narración enmarcada a la narración marco, los demás elementos recrean también la imagen especular. El extenso relato apela de tanto en tanto al conspicuo oyente con expresiones como “cuenta la historia, oh, rey feliz”, o “por resumir, rey mío”, mientras avanza hacia inequívocas reminiscencias de la fantasía fundadora. “Ejecutada por tus dulces palabras, / ¿cuántas almas / se han topado / con la misma hoja tierna y afilada?”, recita la clienta a su hermana, la guardiana de la casa, poco antes de que ambas emulasen la fórmula del microrrelato que pausa la trama de Shahrazad y Dunyazad hasta la noche. “—Hermana —dijo la guardiana—, acabemos de una vez. Solo queda una canción por cantar. Y la clienta respondió: —será un placer”. Enseguida, las sugerentes frases “qué maravillosa es la compasión del poderoso” y “el verdugo se apiadó de mí y me liberó” dan paso a la emblemática alegoría del príncipe convertido en mono, cuya comparecencia ante un rey recuerda de nuevo a Shahriyar. Cuando el brillante simio se impone en dos oportunidades consecutivas en ajedrez al jerarca, escribe ante él en el tablero estos versos: “Durante el día dos ejércitos luchan / hasta la última gota de sangre. / Pero al llegar la noche / duermen en el mismo lecho”. Impactado, el vencido llama a su hija. Al igual que Shahrazad dice a su padre, el visir, que la case con el cruel rey porque sabe cómo poner fin a la matanza de princesas, la joven explica a su noble padre que el inteligente mono es un muchacho que ha sido víctima del hechizo de un jinni. Tras revertir exitosamente el encantamiento, la mujer, prometida ya en matrimonio por su progenitor al hombre que ha liberado, encuentra, sin embargo, una horrorosa muerte. El episodio reitera así a Shahriyar la soterrada amenaza a sus placeres, y, tal como sucede a este, hacia el cierre del cuento enmarcado “también el califa quedó impresionado al escuchar estas aventuras”.
David Hevia
