Marc Augé La escritura
La cuestión del humanismo y la de la escritura están íntimamente ligadas. El antropólogo no se entrega a ejercicios espirituales íntimos, pretende producir un conocimiento dirigido a un público. Un público especializado, ¿tal vez profesional? ¿O un público más amplio? Es una de las apuestas en la cuestión de la escritura, cuestión que se plantea al antropólogo del mismo modo que se plantea al filósofo y el historiador.
[…] Al escribir, el antropólogo presenta ante otros la realidad que describe; la transforma en un objeto antropológico que expone para una discusión y que propone para la comparación. Se ve de esa forma obligado a sistematizar datos que, en la vida diaria, se presentan de manera dispersa y discontinua, a solicitar que sus interlocutores establezcan relaciones que no hubiesen establecido anteriormente por sí mismos o a inferirlas él mismo a partir de observaciones dispersas. Así, los datos que se encuentran en ciertos textos antropológicos muchas veces no existen en las sociedades reales más que de forma virtual. En definitiva, el antropólogo suele construir una coherencia de la que está seguro que es subyacente a los hechos, pero que conserva, sin embargo, el carácter de una hipótesis inductiva; literalmente, no hay nada que traducir. El antropólogo no traduce, transpone. Y en mi opinión, tiene razón al hacerlo.
Tal afirmación no se adapta exactamente a la actualidad. Recibe, en efecto, dos críticas de las que deseo rechazar de entrada tanto las premisas como las conclusiones.
La primera, de estilo epistemológico, se remonta al antropólogo británico Edmund Leach, en los años cincuenta; y ha encontrado en Estados Unidos un elocuente poeta en la persona de Clifford Geertz y sus antiguos discípulos, quienes han radicalizado ellos mismos su pensamiento crítico y practicado al mismo tiempo alegremente el asesinato del padre. Consiste, en resumen, en decir que la literatura antropológica tiene que ver con la ficción. El interesante número que L'Homme ha dedicado recientemente a las «Verdades de la ficción» ha recordado las diferentes acepciones que revestía esta noción dentro de una literatura crítica que entiende, a través de ella, denegar o relativizar la pertinencia referencial de la antropología, es decir, su capacidad para dar cuenta de manera objetiva de un determinado estado de la organización humana en un lugar y en un momento dados. Esta crítica de la antropología es o trivial o errónea. Trivial al empecinarse en «redescubrir América» y hacer alusión al carácter construido de todo texto escrito, al hecho de que, en este sentido, todo texto es una ficción, tal y como ya lo había subrayado Sartre en 1948 en su crítica del realismo y Foucault en 1966 distinguiendo fábula y ficción. A eso, pura y simplemente, dentro de la formulación definitiva de Leach (ciertamente, en forma de provocación): «Los textos antropológicos son interesantes por sí mismos y no porque nos digan algo acerca del mundo exterior», una afirmación que sería perfectamente rebatible incluso si se aplicase a la litera- tura novelesca.
La segunda crítica se refiere al moralismo bien pensante en progresión constante hoy por hoy, así como a una forma sutil y sin duda inconsciente de racismo. Sustancialmente dice: ¿Cómo atreverse a hablar de los demás en el lugar de los demás? Semejante objeción, que a través de sus formulaciones más extremas no es sino una invitación evidente al oscurantismo, no carece de vínculos con la primera crítica en la medida en que esta, reubicando los textos en su contexto, ha podido hacer valer sin demasiada dificultad que los grandes textos de la antropología clásica datan de la época colonial y llevaban su sello. Se nos preguntará si los primeros destinatarios de los estudios etnográficos no deberían ser hoy aquellos sobre los que tratan. ¿Acaso no escribimos de ahora en adelante ante la mirada de aquellos que describimos? La antropología estaría por tanto condenada una y otra vez al arrepentimiento y la prudencia, cuando no al silencio. Ahí también oscilamos entre una constatación trivial (la época influye en las obras que origina) y una visión errónea de las culturas, opacas entre sí, pero transparentes consigo mismas, ante las cuales cualquier intento de conocimiento exterior constituiría un acto de dominación y de manipulación.
La respuesta a estas dos críticas debería, según mi opinión, tomarlas al pie de la letra y pasar resueltamente por una reafirmación del antropólogo como analista exterior de las verdades particulares y pronunciador de hipótesis generales. En tanto autor, el antropólogo firma. Y al firmar, avala una experiencia, un análisis y una serie de hipótesis. Es porque firma por lo que resulta creíble, habida cuenta de que la relación con la verdad no tiene la misma naturaleza cuando se cuenta una experiencia, cuando se realiza un análisis o cuando se proponen hipótesis.
Cuanto mayor es el compromiso del antropólogo como autor, más «escribe» en definitiva (quiero decir: más puede uno percibir, dentro de su escritura, el eco de su tono y su subjetividad), y mayor es la seguridad de que escapa a los reveses de la rutina y el etnocentrismo estereotipado. En primer lugar, porque explicita las condiciones de su trabajo de observación, de recopilación de datos y de interpretación, incluida su utilización de uno o varios informadores privilegiados. Indudablemente, es este el aspecto de las cosas que más aproxima al antropólogo y a la literatura, ya que es emparentado entonces a la historia de un encuentro que, tanto en la narración como en la práctica, precede necesariamente a la recopilación de información. La literatura antropológica está llena de semejantes anécdotas reveladoras que relatan una toma de contacto y, en ocasiones, abren el camino a la interpretación dando cuenta de una exégesis que será su punto de partida.
[…] La anécdota, haya sido relatada en un diario de campo o en un libro que narra a posteriori la experiencia vivida, traduce la seducción ejercida muchas veces mutuamente entre el etnólogo y su informador. Desempeña por tanto el papel de un parapeto. Ya que aquel que hace abstracción de estos efectos de seducción se arriesga a no entender nada sobre la complejidad de una situación en la que no es posible saber a tiro hecho quién tiene la iniciativa y quién manipula al otro. El etnólogo siempre ha tenido la tentación de escribir según el dictado de su informador, un individuo extraordinario, tanto a causa de su relación con el etnólogo como por su relación con los otros miembros del grupo, ya que la cultura es la cosa a la vez más compartida y menos compartida dentro de un grupo étnico, donde existen obviamente individuos más cultos y a veces más imaginativos que otros. Conservo un vívido recuerdo de las conversaciones metafísicas en las que me dejé arrastrar por algunos viejos sacerdotes del culto vodun en Togo, en los años setenta, y también conservo en mi memoria el notable intercambio que mantuvo un día Maupoil con su informador Gedegbe. Da cuenta de él al final de un capítulo de su tesis. Maupoil formula una pregunta que resume en su opinión aquello que le acaba de explicar Gedegbe: «¿De qué sirve ofrecer ceremonias a los muertos antiguos? Sus cuerpos no son más que tierra y sus almas ya estarán seguramente reencarnadas.
¿Hacia quién dirigir entonces las oraciones y los cantos?».
Y Gedegbe responde:
«Hacia los recuerdos que nos resulten entrañables.»
Esta respuesta puede parecernos bella, y de hecho lo es, porque despierta un eco en cada uno de nosotros, pero también es necesario comprenderla como resumen de una concepción inmanente para la cual la vida no se opone a la muerte en mayor medida que el presente al pasado, el sí mismo al otro, el dios al antepasado o la naturaleza a la cultura.
Si muchos grandes antropólogos, especialmente en Francia, han sucumbido a aquello que a veces denominamos, como para reprochárselo, la tentación de la escritura, sin duda se debe a que el grado suplementario de exterioridad y libertad que se concedían de ese modo a través de su propio estilo les permitía relatar su experiencia, distinguir la parte de sombra y de incertidumbre que ninguna investigación jamás ha llegado nunca a disipar completamente, aunque también, en sentido inverso, rebasar sus límites estrictos para ampliar el campo de la reflexión. De eso se trata estar fuera y dentro, estar distanciado y participar. La experiencia antropológica no es igual que en un espacio cerrado. El África fantasma, Tristes trópicos, África ambigua o Nos hemos comido el bosque son libros que pertenecen tanto a aquellos que los leen o los comentan como a aquellos de los que hablan. Por derecho, pertenecen a todos.
Mediante una nota al final de La literatura en el estómago, Julien Gracq recuerda que es el compromiso irrevocable del pensamiento en la forma el que presta aliento a la literatura, y que este compromiso, en el ámbito de las ideas, se denomina «tono». Y concluye: «[...] tan seguro como Nietzsche pertenece a la literatura, Kant no le pertenece». El número 50 de la excelente revista Rue Descartes retomó esta cuestión bajo el título de la «La escritura de los filósofos». Nos encontramos especialmente con una apasionante entrevista entre Bruno Clément y Michel Deguy que plantea interrogantes análogos a aquellos a los que acabamos de responder acerca de la antropología (¿Existe cierta subjetividad del discurso filosófico? ¿Existe cierta especificidad de la escritura filosófica? ¿Acaso la verdad no se basta a sí misma con independencia de la forma bajo la que se manifiesta?) y que concluye con una sugerencia en forma de definición: «Así puede ser la escritura de los filósofos: una subjetividad trasmitida al idioma, aunque emancipada por sí misma mediante ese paso por el idioma [...]».
Esta forma de abstracción de sí, o de sublimación, que el filósofo operaría mediante la escritura, y que tiende obvia- mente a acercar su obra a la del artista, no deja de evocar la capacidad de objetivar indefinidamente que Lévi-Strauss otorga al antropólogo, capacidad que, en la medida en que trata de expresar y da lugar a la escritura, está efectivamente relacionada también hasta cierto punto con un arte literario. Michel Leiris, en Al cuello de Olimpia, en donde se interroga sobre la noción de contemporaneidad, hace ver que son los escritores y los artistas más comprometidos de su tiempo los que tienen una oportunidad de sobrevivirle, que son, en definitiva, los más pertinentes en relación con su época los que tienen una oportunidad de seguir presentes.
La presencia, sea cual sea el ámbito literario, es la voz que siempre oímos, el tono del que habla Gracq, la música que reconocemos, el autor—Braudel, Barthes, Derrida o Bourdieu—; en definitiva, la relación entre una escritura y los lectores. En cuanto a la pertinencia, en materia de ciencias sociales, es doble: pertinencia técnica, diría yo, en relación con el objeto de estudio; y también pertinencia histórica, tanto en relación con el contexto local como en relación con la historia de la disciplina. Si Leiris tiene razón y si es posible aplicar a la literatura antropológica los mismos criterios que a la literatura en general, llegaremos a la conclusión de que la antropología que tenga más porvenir, que permanezca presente, es a la vez la más pertinente, la más comprometida dentro de su época, pero también la más personal y la más preocupada por la escritura.
Marc Augé. La escritura, en El oficio del antropólogo. 2007

