Los mil y un tonos de las noches

    El más voluminoso relato tendido en la alcoba de Las mil y una noches constituye, asimismo, su cumbre literaria. Siguiendo los pasos de la narración marco que reúne a los reyes Shahriyar y Shahzaman y a las hijas del visir, Shahrazad y Dunyazad, La historia del porteador y las tres mujeres de Bagdad es también un cuento habitado por varios cuentos,  cuyas encrucijadas inspiran a Johann Wolfgang von Goethe en Las desventuras del joven Werther (1774); a Jacob y Wilhelm Grimm en El maestro ladrón (1812); a John Ruskin en Pintores modernos (1843-1860); a Thomas de Quincey en Suspiria de profundis (1845); a Charles Dickens en Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit (1843-1844), La pequeña Dorrit (1855-1857) e Historia de dos ciudades (1859); a Christina Rossetti en La ciudad  muerta (1847) y El mercado de los duendes (1862); a Robert Louis Stevenson en Las nuevas mil y una noches (1882); a James Joyce en Ulises (1922); a Marcel Proust en El tiempo recobrado (1927); a Gabriel García Márquez en Cien años de soledad (1967); a Salman Rushdie en Vergüenza (1983) y a Ted Chiang en El mercader y la puerta del alquimista (2019), entre otros. Treinta y nueve auroras interrumpen la ficción sin que el interés del monarca renuncie a una sola de las cuarenta veladas, durante las cuales Shahrazad, evitando igual número de ejecuciones de doncellas, y eludiendo la suya, echa a andar una fábula que suma vívidos frutos al recorrido de un porteador y su clienta desde el mercado de Bagdad hasta la distinguida residencia donde ella vive con otras dos muchachas. La prosa intercala pasajes en verso, y un desconcertante desfile de hechos comparte espacio con secretos que  entrañan la condena a muerte para quienes la develan. Míticos jinn o genios de fuego, perras, azotes, un príncipe convertido en mono y la presencia del legendario califa de la dinastía abasida, Hārūn al-Rashīd (766-809 d.C.), y su visir, Jaafar, son apenas una parte de las historias contenidas dentro de otras. Sin  embargo, la estatura de esta pieza no descansa en lo anecdótico, sino en su sorprendentemente dúctil pulso narrativo. En ese ámbito, al comienzo el tono persevera en la elegancia, perfumando más que caracterizando  la escena: “Un día que estaba en el mercado descansando, apoyado en su cesta, apareció ante él una mujer envuelta en una capa de seda de Mosul, la cabeza cubierta por un velo del color del latón, los pies enfundados en botas de color escarlata, y unos encajes irisados  que adornaban sus piernas, recorriéndolas hasta llegar a los dedos de los pies. Y cuando levantó el velo aparecieron unos ojos negros encapotados y ribeteados de negro tan hermosos que inflamarían el talento del poeta”. El desconocido autor traslada de inmediato la imagen a los encargos que al hombre hace esta fulminante dueña de su sueño, colmando de frutos y especias la cesta hasta llegar a destino. Abre la puerta una segunda fémina, una guardiana, junto a la cual la belleza escala, volviendo a empinarse, ya dentro del inmueble, frente a una tercera, la dueña. Es exactamente allí donde el retrato va graduando al alza el elogio hasta convertirlo en una exageración que busca en el lector la hilarante complicidad. “Cuando se abrió la cortina, apareció una mujer de un atractivo especial”, señala el párrafo, inmediatamente antes de ensayar una acelerada antología universal de la adulación y rematar con creatividad en el sarcasmo: “Afloraba en ella el aplomo de un filósofo, el resplandor de la luna llena y la elegante delicadeza del alif, ojos de Babilonia y cejas como la línea de un arco cuando se tensa antes de disparar; desprendía un aroma de ámbar, sus labios eran de azúcar y su rostro dejaría avergonzado al sol; una muchacha que resplandecía como una galaxia o una cúpula de filigrana de oro, o una esposa ataviada con sus mejores joyas, o el reflejo de las baldosas del baño de un rey, o el brillo de una escama en un tazón de sopa”. El escritor regula con pericia caligráfica el temple de cada cuadro, sumando la brizna que anticipa el giro argumental, y es así que un poco después, cuando las tres hermosuras aceptan como huésped al agradecido trabajador, la jocosidad amaina. “Entonces la clienta se levantó, ajustándose el vestido a la cintura, ordenó la estancia y preparó la mesa, decantó el vino, colocó las copas, los cuencos y los vasos, los cubiertos de oro y plata”, anota el cuento,  que al instante cumple un más vertiginoso salto a la carcajada, cuando, tras salir desnuda del estanque hogareño, “y señalándose la entrepierna, preguntó: —Mi señor y amor mío, ¿qué es esto?”. La secuencia de respuestas empieza con el porteador desenvainando el consuetudinario eufemismo de “tu vientre”, continúa con “vulva” y concluye varios intentos y castigos más tarde con la maestra sacando de la ignorancia al rendido discípulo e informándole que eso se llama “perejil de los puentes”. El diálogo sirve de preludio a otros azotes en otras historias dentro de esa historia, aunque, sobre todo, dosifica el tiempo necesario para pasar de la alternancia entre lo serio y lo chistoso a su mucho más difícil fusión, tal cual asoma al trance en que un príncipe confeso de crimen sortea la pena de muerte, conmutada por la conversión en simio bajo el hechizo de un jinni en cuyas manos se encuentra. “Al momento me transformé en mono, y él marchó volando, y, al verme en tan espantoso estado, lloré por mi alma y me incliné ante los dictados del destino, que nadie puede gobernar”, se lamenta el personaje que descuella en ajedrez, acomodando tragedia y comedia como en la almohada en que Shahriyar escucha la voz de Shahrazad.


David Hevia

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