Historia de Roma desde su botín
Conforme avanza la composición de sus varias miles de páginas, la obra de Tito Livio empieza a subrayar elementos que, apelando a la implacable agenda del acontecer, corren en paralelo al despliegue de un estilo en el cual la crítica al presente se ahonda, y en cuyo marco, empero, las contradicciones adquieren ahora una matizada factura verbal en la cual se enfrentan la estridencia fáctica y las pulidas armas de la literatura. Comenta el griego Estrabón que en sus tiempos —que, por cierto, son todavía los de su colega— Padua sorprende ya con una población de no menos de quinientos ciudadanos ecuestres o caballeros (Geografía, III, 5, 3), vale decir, los que desempeñan en la administración y el ejército las funciones inmediatamente inferiores a las de los senadores, el estrato social más alto para ese entonces. La cifra, inalcanzable en la época para cualquier otra urbe del mundo conocido por ambos autores, deviene fundamental para comprender el proceso de acumulación del capital en el que el redactor latino bosqueja el conflicto de clases.
Bajo el reinado de Servio Tulio (578-534 a.C.), y algunos años antes de que Tarquinio el Soberbio se convirtiese en el séptimo y último monarca (534-509 a.C.), las tensiones comienzan a escalar con la creación del censo, que sectoriza a la población según su capacidad de pago, de modo que quienes tienen una renta mayor a los cien mil ases forman la clase superior, mientras que la inferior, la de los proletarios, queda exenta del servicio militar y del financiamiento asociado a la guerra. “Todas estas cargas pasaron de los pobres a los ricos, pero conllevaron privilegios”, se advierte en Historia de Roma desde su fundación, donde el escritor explica que rara vez el derecho a voto incluye a la segunda clase, y nunca a las últimas (I, 43, 9-13). En 405 a.C. tiene lugar un suceso clave para entender el rumbo expansionista: se dicta el decreto que establece la paga estatal a los soldados, sin que medie en ello la menor solicitud de la plebe o de los tribunos. “En efecto, ¿de dónde se iba a sacar el dinero para ello, a no ser de un impuesto cargado sobre el pueblo?” (IV, 60, 4), remarca Livio. La función militar, cubierta hasta entonces exclusivamente por la élite, da un giro que exacerbará el papel del pillaje en la guerra y, desde luego, en la política interna, ya que, con salario, la juventud es “alejada para siempre y mantenida al margen de Roma y de los asuntos públicos” (V, 2, 4). La clase obrera se expande, y el botín, cada vez mayor, no solo no es neutro en su distribución: la brecha crece. En 197 a.C., Gayo Cornelio “repartió entre los soldados setenta ases de bronce a cada uno; a los jinetes y centuriones, el doble” (XXXIII, 23, 7-8). Al año siguiente, Claudio Marcelo distribuye ochenta ases de bronce a cada uno de aquellos; entre estos, el triple (XXX, 37, 11-12). Por cierto, lo propio ocurre en el trato a los prisioneros, para quienes no es igual ser hombre libre que esclavo. La historia provee el contraste; el historiador, el contrapunto. “Gracias al arte militar me mantuve en mi patria, invicto en la guerra, y fue durante la paz que me expulsó la ingratitud de mis conciudadanos”, dice la obra en su metáfora de cuatro términos al recrear el discurso de Camilo cuando Roma, tras haberlo exiliado, lo nombra dictador en ausencia, en 390 a.C., para enfrentar con él a los galos (V, 44, 2). He ahí que el cronista combina las palabras de manera tal que, pareciendo poner en boca del caudillo un brevísimo e inocente llamado a combatir, desliza la más frontal crítica al fomento institucional del lucro: “Reconquisten la patria con el hierro, no con el oro” (V, 49, 3). Esa memorable y mínima línea de texto dispara con mayor potencia sus esquirlas conforme avanza hacia su sutileza, porque, completando por sí misma una estructura en anillo, evoca tácitamente la circunstancia de que el destierro del líder obedece a una dudosa acusación por uso indebido del botín (V, 32, 8-9). Cuanto más frontal se torna la denuncia del autor, tanto más progresa este en el oficio escritural, aunque sin restar un ápice a la transparencia de lo expuesto. Así, repudiando el secretismo normativo de los pontífices, acusa que con ello se espera “tener sujetas las mentes de la multitud por medio de la religión” (VI, I, 10-11). Tal reflexión no está aislada. Tras dar las gracias a quienes dan “más crédito a sus ojos que a sus oídos” (VI, 26, 5), arremete contra esa forma de enajenación que corre paralela a los credos. “Me pareció que debía reseñar también el origen de los juegos escénicos, para que quedase patente de qué sensato principio se llegó a esta insensatez de ahora” (VII, 2, 12-13), precisa, en patente alusión a esas prácticas bajo el régimen de César Augusto. Tito Livio, en fin, esfuma toda nebulosa supersticiosa defendiendo con exquisita ironía una sentencia en primera persona: “mi instinto, mi adivino más fiable hasta la fecha” (XXVI, 41, 19). El intelectual paduano se detiene, pues, en el rol del excedente en el sometimiento mental de la masa, y a ello apunta, asimismo, la cuidada sorna con la que retrata el engaño de Catón a los ilergetes. “Estimó que debía dar a los aliados la esperanza, ya que no la realidad, de una ayuda”, reseña, cuando el cónsul decide no enviarles tropas, a la vez que, por un momento, embarca alimentos y soldados, para que los solicitantes y sus enemigos crean inminente la llegada de fuerzas romanas (XXXIV, 12, 1-8). La hebra alzada por el historiador frente al capital, cuando imagina el discurso de Camilo, adquiere casi dos centurias después un cariz mucho más incendiario, al recrear Tito Livio la arenga de Aníbal en 218 a.C., ad portas de la batalla de Tesino, durante la Segunda Guerra Púnica. “No nos queda nada en ninguna parte, solo lo que reivindiquemos por la vía de las armas” (XXI, 44, 7), manifiesta el general cartaginés dos milenios antes de que, en 1871, bajo la Comuna de París, Eugène Pottier concibiera los versos de La Internacional: “¡No somos nada, seamos todo!”.
Helena da Viani Vidman
