Tito Livio, régimen y contrapunto
Aunque volcada en 142 libros, la monumentalidad de la Historia de Roma desde su fundación, erigida por Tito Livio, queda significada en su breve preámbulo. “Yo, por mi parte, espero, además, obtener esta contrapartida a mi esfuerzo: apartarme, al menos mientras dedico toda la concentración de mi mente a recuperar esta vieja historia, del espectáculo de las desventuras que nuestra época lleva viviendo tantos años, marginando cualquier preocupación que pudiese, si no desviar mi ánimo de la verdad, sí al menos generar inquietud en él” (Prefacio, 5). Este recurso al pasado para deslizar la crítica del presente moviliza el infatigable juego de oposiciones que permite al autor depositar en el estilo una toma de partido.
El primer aspecto en que se expresa dicha opción estética es la escritura en dos capas a la que acude el historiador para cerrar el paso al plano supersticioso y avanzar, en cambio, hacia las causas. Es así que, desde la línea inaugural, estos orígenes de la ciudad ensayan una ironía cuya elegancia quiere, sin embargo, bordear el escarnio. Después de Troya, comenta, “únicamente dos, Eneas y Anténor, en razón del derecho de una antigua hospitalidad y por haber sido siempre partidarios de la paz y la devolución de Helena, fueron eximidos por los griegos de la aplicación de cualquier ley de guerra” (I, 1, 1). Si bien el paduano aprovechará el fantasma de ese rapto en la costura de escenas romanas, aquí no demora en despedazar las pretensiones míticas del discurso: “Se siguió un combate favorable a los latinos, que para Eneas fue también la última de sus acciones como mortal. Está enterrado, cualquiera que sea el nombre que desde el derecho humano o religioso deba atribuírsele, a orillas del río Númico. Lo llaman Júpiter Índiges” (I, 2, 6). Esta estrategia verbal que se expresa en dos niveles reaparece de inmediato cuando Amulio, entronizado tras desbancar a su hermano, Númitor, escoge a Rea Silvia, su sobrina, para vestal (I, 3, 10-11). “Fue forzada, dio a luz dos gemelos y, bien por creerlo así, bien por cohonestar la falta remitiendo su responsabilidad a un dios, proclama a Marte padre de esta dudosa descendencia”, satiriza Tito Livio justo antes de añadir a la tradición —según la cual Rómulo y Remo fueron amamantados por “una loba que había salido de los montes para calmar la sed”— un detalle sobre la mujer que los cría: “Hay quienes opinan que Laurentia, al prostituir su cuerpo, fue llamada «loba» por los pastores y que esto dio pie a la leyenda maravillosa” (I, 4, 1-8). Tras referir los hechos asociados al rey fundador, el autor deja caer idéntica estocada. “Nada en ellos contradice la creencia en su origen divino ni la divinización que se le atribuyó después de su muerte” (I, 15, 6), afirma, agregando que, en una ocasión en que pasaba revista “a las tropas en un campo junto a la laguna de la Cabra, se desató de golpe una tempestad con gran fragor de truenos y envolvió al rey en una nube tan densa que los reunidos no podían verlo; después, ya no reapareció Rómulo sobre la tierra”. Luego de brindar más tribuna que crédito a esa catasterización, el cronista da el golpe de gracia a la superchería: “Tengo entendido que no faltaron tampoco entonces quienes, en voz baja, sostenían que el rey había sido despedazado por los senadores con sus propias manos, pues también esta versión circuló, aunque muy soterrada; la otra versión fue consagrada por la admiración hacia aquel personaje y por el miedo que se dejaba sentir” (I, 16, 1-4). Ninguna de las dos últimas apostillas es gratuita respecto de la idea de régimen que se va esbozando. Si esta repara en el populismo del que depende el gobierno unipersonal, aquella reitera la advertencia formulada en cuanto a que Rómulo fue “más del agrado del pueblo que de los senadores, y más que ningún otro fue muy querido por el ejército” (I, 15, 8). El contrapunto como modo de denuncia ante la función ideológica cobra nueva fuerza al arremeter contra Tulo, quien a mediados del siglo VII a.C. cultiva un obsesivo militarismo pese a la peste que diezma al territorio. El sucesor de Numa Pompilio no da su brazo a torcer hasta que él mismo es contagiado. “El que antes había considerado la preocupación religiosa como la menos propia de un rey, de repente comenzó a vivir esclavo de toda clase de supersticiones, importantes o irrelevantes, y llenó también al pueblo de escrúpulos religiosos”, reprocha el redactor (I, 31, 5-6).
Ni el emperador coetáneo de Tito Livio se salva de la operación que alza la mano en doble pincelada para distinguir la palabra sacra de una institucionalidad en forma. “Siguiendo a todos los historiadores que me han precedido, he expuesto que Aulo Cornelio Coso, tribuno militar, llevó al templo de Júpiter Feretrio los segundos despojos opimos”, narra, admitiendo que la leyenda ahí colocada “demuestra, contra ellos y contra mí, que Coso era cónsul cuando se hizo con ellos”. Con la misma ironía que dedica a los evocadores de Rómulo, declara: “Yo, habiendo oído decir a César Augusto, que ha erigido o restaurado todos los templos, que cuando entró en el templo de Júpiter Feretrio, restaurado por él cuando debido a los años se desmoronó, leyó personalmente esta inscripción en la coraza líntea, pensé que era casi un sacrilegio privar a Coso, con relación a sus despojos, del testimonio de César”. El combate que recuerda el monumento remonta a 437 a.C., y, tras años de epidemia, el homenajeado recién es cónsul en 428 a.C. El remate del intelectual es implacable. “Las conjeturas sobre este particular son libres, pero, a mi entender, vanas, puesto que el protagonista del combate, al depositar los despojos aún frescos en el sagrado recinto, teniendo casi a la vista al propio Júpiter a quien los había ofrendado y a Rómulo, testigos no desdeñables de un título falso, escribió de sí mismo «Aulo Cornelio Coso, cónsul»”, dice (IV, 20, 5-11). La sutileza deja de serlo de cara al poder.
Helena da Viani Vidman
