El gobierno de Shahrazad
La narración marco que despega en India y Persia y desemboca en Francia sembrando los innúmeros cuentos de Las mil y una noches entraña un oficio avezado, en el cual el rastro pedagógico toma distancia de la más básica moraleja por la vía de introducir sutilezas política y religiosamente incorrectas, que azuzan la inteligencia del lector con un mundo cuya imaginación es capaz de ensamblar, armonizar y normalizar escenarios culturales incompatibles. Desde la cepa árabe de Simbad el Marino hasta la factura gala de Alí Babá y los cuarenta ladrones, el flexible compendio de relatos es súbdito de La historia del rey Shahriyar y la hija de su visir, Shahrazad. En este texto, que identifica al jerarca con la dinastía persa sasánida antes de la conquista árabe del siglo VII, Shahriyar, tras descubrir la infidelidad marital de la que son objeto él y su hermano menor, Shahzaman —respectivos gobernantes de las islas de India y China—, decide ejecutar a su cónyuge, y ordena a su visir casarlo cada día con una doncella distinta, ejecutada al cabo de ese lapso. En medio de la consternación pública por tal mortandad, Shahrazad manifiesta a su padre el deseo de que la despose con el rey, “de modo que pueda liberar a mi pueblo o morir en el intento”. La resistencia del alto funcionario es burlada por la hija, quien, tras despreciar las alegorías con que él intenta disuadirla, lo chantajea amenazándolo: “Si no me llevas con el rey, le diré a tus espaldas que quieres impedir que me case con él”. La muchacha, por cierto, es un personaje de excepción. “Shahrazad había leído multitud de libros; versada en ciencia y filosofía, sabía poemas de memoria, había estudiado historia y mitología y la sabiduría de los reyes”, precisa la obra. En complicidad con su hermana menor, Dunyazad, convence a su majestad, cuando ya empieza a acariciarla, de permitir la entrada en palacio de ella, quien se ubica bajo la misma cama nupcial. “Estaba a oscuras cuando despertó y esperó a que el rey acabara de gozar de su hermana”, acota el narrador antes de que ella pida a Shahrazad que comparta una ficción hasta el alba, y la aludida obtenga la autorización de su marido.
Es entonces cuando comienza el desfile de relatos maravillosos. Allí desenfunda Shahrazad otro ardid, caro a la historia de la literatura, consistente en dejar la fábula en suspenso hasta una nueva jornada. La interrupción, calcada una y otra vez, constituye por sí misma la pieza clave para entender el conjunto:
Pero la mañana alcanzó a Shahrazad, interrumpiendo su narración, y el rey ardía en deseos de saber más, y su hermana Dunyazad dijo:
—¡Qué historia más encantadora y singular!
—Eso no es nada, —dijo Shahrazad— comparado con lo que viene después. Si el rey me permite vivir una noche más, os contaré el resto, que es más sorprendente aún.
El rey decidió que le perdonaría la vida un día más para que acabase su historia y que ya la ejecutaría al día siguiente. Cuando despuntó el amanecer y los rayos del sol iluminaron la mañana, el rey marchó para ocuparse de los asuntos del reino (lo cual llenó de alegría a su visir), y gobernó hasta la noche, cuando regresó a sus habitaciones para acostarse con Shahrazad. Después, Dunyazad dijo:
—Hermana, si todavía no tienes sueño, cuéntanos uno de tus relatos para entretenernos durante la vigilia.
El rey dijo:
—Sigue con la historia […], quiero saber cómo termina.
Y ella respondió:
—Será un placer.
Las jugadas de Shahrazad son propias del ajedrez, y, de hecho, el tablero deambula por varios de los cuentos enmarcados. Ya antes de la primera velada, cuando el visir notifica la decisión de su hija, el tirano queda estupefacto. “¿Cómo me entregas a tu hija —dijo—, sabiendo que te pediré que la mates a la mañana siguiente, y que, si te niegas, te mataré a ti también?”. El rey, en efecto, sopesa, y ese es el primer objetivo de la protagonista, más allá de las prolongadas fantasías que le referirá. También antes de que estas aventuras salgan de sus labios, Shahrazad instala la paradoja en la enseña monogámico-monárquica que, pretendida por Shahriyar y Shahzaman, justifica la soberana determinación que hace equivalentes el matrimonio y el homicidio en serie. Y es que ahora son dos las mujeres que cohabitan con el rey. Hermanas entre sí, como aquellos, la metáfora de cuatro términos se enriquece sobremanera si se recuerda que la infidelidad de la esposa de Shahriyar es constatada por Shahzaman, que la espía sin siquiera intentar impedir los sucesos, lo cual resulta razonable, considerando que este carece ahí de jurisdicción. En cambio, la hermana menor y testigo privilegiada en palacio no es informante, sino copartícipe, y su petición queda legitimada por la rigurosa consulta que Shahrazad formula al rey, que refrenda tal voluntad. La consorte extiende el relato desde el anochecer hasta el alba, y puesto que cada historia solo se completa tras varias auroras, en la causa de esa dilación coexisten lo narrado y lo que ha anunciado desde el inicio: “—Será un placer”. Es verdad que el contenido de cada fábula podría atemperar la conducta de Shahriyar, pero si este “gobernó hasta la noche”, y pasa en vela hasta el amanecer, ¿en qué puede traducirse realmente su mando? Dunyazad “estaba a oscuras cuando despertó y esperó a que el rey acabara de gozar de su hermana”: la menor y la mayor, pues, se turnan las horas de la vigilia, y así Shahrazad, en su majestuosa residencia, aplica durante el día, sobre su somnoliento marido, “la sabiduría de los reyes”.
David Hevia
