Stella Díaz Varín: Los dones previsibles

 


I


Eran los dones previsibles. 

El espacio habitable

En una tierra

Donde a poco de hurgar

Nos entrega la cosecha

En las manos germinadas de arándanos


Estos, los dones previsibles... 

Entonces el asombro moribundo pez 

Abstracto en la dimensión de una sonrisa 

Súbito en lo profundo del dolor

Desecha una escalera de agua.


II


Soledad vertical de cada espiga

Tiempo en el aire poblado de gestos

Por el don previsible.


III


He desposado el contorno de un rostro

O el bello pálido de la paloma

He esperado la bandera en la luz


He viajado en la piel del mes de agosto

Hacia los crueles mundos

Donde la lágrima es apenas una promesa


He vuelto desde la noche de mis huesos

Al previsible don de la mañana

Donde la sangre no escarmienta

Al don previsible de mi lecho

Donde la ausencia tiene su cobija

Entrego mi presencia

a los sueños efímeros


Es el don previsible

Del que ha sembrado los vientos...


IV


Tú llevas una bandera me han dicho.

Sí.

Tú llevas una bandera

Yo sé

Que la bandera es de un rojo profundo

Toda bandera es un río de sangre.


V


La voluntad de latir está en el sonido

La multitud del tambor

Es la voz de la muchedumbre.

La voz del tambor

Es un corazón que late a herida abierta

En una sola instancia. 


VI


Me refugio a la sombra de la percusión

Cerca de lo que atraviesa mi piel

A la orilla del contenido manantial

A la sombra de una mirada oscura

Escucho los timbales

Desde los campos muertos.


VII

 

Un niño ensaya su geometría

Su cósmica medida de amor

La áurea medida de todas las cosas.

Juntos

Ensayamos una sonrisa de triunfo

Oyendo las bandadas del sonido.


Todo el ritmo nos pertenece

Nuestro don previsible

Este signo

Que es un extraño signo

Entre dos signos.


VIII


Me han quitado la sombra

El canto de los pájaros

La bienamada sombra de las alas

Tutela dulce

A mi dolida resistencia.

Otras voces requiebran sus agujas

en la reminiscencia de la piedra.


Pero el oído escucha

Y el ojo y la piel

Tienen su voz secreta

Su táctil llamarada

Me devuelve el sentido

Y hay un severo manantial

De paredes poderosas

Dentro de mi más hondo manantial

Donde

Todo lo que en el aire vibra

o huele o fulge o agoniza

Me nutre y se filtra y acentúa.


IX


Es así

Que la vida es en su muerte

Una pura substancia

Un sereno ocurrir, naturalmente

Un ritual

De poderes ocultos en su origen

Un círculo elemental

Un curioso bullicio

Un germinar muriendo.


Es así

Que estoy viva

Y en cada vida

Se me va la muerte.


X


Hubo una vez...

El amor enmudeció

los recintos de la memoria

Él

Era de las tristes partidas

De la última gota

Y fue escanciado en mi vaso


En el cauce verdadero

Su palabra rodaba

Anticipando una mañana sutil.


Yo era el río

Mi amado

Era el dios joven y el auriga.

Yo era el látigo.


La vibración del aire 

Entre los abedules 

Hacía mal a sus oídos

Fustigar la mariposa —me dijo una vez— 

Va contra las leyes de la estética.


XI


Lo atormentaba

mi cosecha de sueños antiguos

Pero yo fui la savia

Que lo nutrió en su adolescencia. 


Ese

El que yo amaba

Cantó el canto de las aves pasajeras

Yo

Edifiqué los aires

para verificar la voz de la zampoña. 


Stella Díaz Varín. Los dones previsibles, 1992

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