Remedios Varo: De Homo Rodans
Después de leer el tratado sobre huesos lumbares debido a la erudita pluma del conocido antropólogo W. H. Strudlees, difundido por la Cofradía de antropólogos viene- ses, y de constatar cuánto daño hace y la gran confusión que añade a la ya reinante, me decido a escribir las siguientes notas.
No tengo reparo en tachar dicho tratado de lascivo e inexacto y no sé qué me produce más congoja: si la inexactitud histórico-ósea o la refinada lascivia que destila.
Antes de entrar en materia, permitidme que os recuerde aquellas palabras que el venerable y sabio cardenal Avelino di Portocarriere pronunció en el famoso concilio de Melusia: “...et de fragmentus oseus lumbaris non verbalem non pensarem, conditionae humanitas Lucjferica est. Et de pensarem ou parlarem lumbarismus pericoloso et cogitandum est...”.
Sin duda, este punto de vista tan austero no es de nuestros días, ya que estamos acostumbrados a que se mencionen sin ambages cosas tales como tibia, peroné y hasta fémur. Pero me gustaría ver el uso de términos latinos o griegos para mencionar otras estructuras óseas situadas en la región del cuerpo humano en que “…pericoloso et cogitandum est”.
Y ahora pasemos al análisis histórico-óseo de la situación antropológica actual que da origen a la aparición de escritos tales como el del señor W. H. Strudlees.
En primer lugar, creo muy acertado recordar a los lectores que la mayor parte de los que se consideran grandes hallazgos antropológicamente hablando, han sido hechos cuando se ha dejado de lado el equivocado concepto actual sobre los Mitos y estos han recuperado su verdadera significación de Mirtos.
En la antigüedad, Mitos se llamaban unas cortas fábulas que las nodrizas babilónicas tenían costumbre de contar a los niños. Ninguna de ellas ha llegado hasta nosotros.
Mirto era el nombre que se daba al relato de hechos fenomenales comprobados empíricamente y transmitido, ya sea por escrito, ya verbalmente. Tomaron el nombre de Mirto a causa del gran consumo de esta planta que se hacía en las ceremonias y reuniones intelectuales. La corrupción de la palabra Mirto tuvo su origen en el año 850 antes de Cristo, cuando el erudito y sabio Abencifar ebn el Mull (cuyo trata- do “Miritirología Necrófila” es un ejemplo de objetividad científica), pronunció su famosa disertación sobre el antiguo Mirto llamado “De los usos ambarinos en los pueblos de Tulzur”. El venerable Abencifar ebn el Mull padecía fuerte coriza y ronquera y, al empezar su alocución: “y este mirto de que voy a hablaros para propagar e impulsar el uso postrepanatorio del ámbar, en su estado pre-sólido elástico...”, su voz no era clara y algunos escribas, venidos de Calcárea para tomar nota de sus palabras, entendieron mal y anotaron la palabra Mito en lugar de Mirto. Desde entonces, existe una gran confusión, pues algunos informes verbales sobre la significación de Mito se han ido transmitiendo, pero sin aclarar bien su limitado y particular uso entre las nodrizas de Babilonia.
Continuando mi análisis de la situación, creo muy urgente dejar bien establecido que la palabra “evolución”, con su contenido de ideas erróneas sobre la posible mudanza de las cosas en forma mecánicamente desprovista de voluntad trascendental, es el origen de la ignorancia y confusión reinantes. Así mismo lo decía el gran Algecífaro, cuyas palabras conocemos a través de Tivio Tercio: “...et ainsi evolutionae irreparabile esiundem confusionae per secula seculo- rum est”. No hay duda de que nuestro Universo conocido se divide en dos claras tendencias: la de aquello que tiende a endurecerse y la de aquello que tiende a ablandarse. Esta es la situación actual.
La Primera Actitud era la unánime preferencia hacia el endurecimiento. Las grandes masas de tejido conjuntivo se separaron en trozos de durezas diversas después de reñidos combates, y las partes más ambiciosas no cejaron en su empeño hasta constatar, con espanto, que el límite conveniente había sido horriblemente sobrepasado. Estos grupos, mal llamados hoy día materia inorgánica, tienen ahora una constante tendencia al reblandecimiento, mientras la otra parte parecería que tiende al endurecimiento. El endurecimiento cobra cada día más prestigio: músculos duros, carácter inflexible, ejercicios destinados a endurecer las superficies y volúmenes anatómicos femeninos, etcétera […].
La unánime tendencia hacia el endurecimiento —mejor que tendencia, el anhelo, diría yo— que reinó durante la Primera Actitud o el Primer Movimiento, como tan acertadamente lo llama Jean François de la Croupiette, ¿qué es sino el irrefrenable deseo de trascender que anima a todas y cada una de las cosas? Deseo quizás inconsciente y desordenado, pero no por eso menos tenaz y peligroso, ya que tenemos muchos ejemplos de los terribles resultados del reblandecimiento trascendental de los abismos minerales cuando estos comenzaron a retroceder en su equivocado y audaz camino hacia la dureza absoluta. Desde la erupción del Moolookao en el África central hasta nuestros días, ¡cuántas ruinas y desastres!: Pompeya, Herculano, Parfis, Moscolawia, Bois, Colombes, El Pedregal, etcétera, etcétera.
Para ilustrar este anhelo trascendental, quiero recordaros aquel singular hallazgo hecho en las excavaciones de Lilibia en Mesopotamia, cuando, después de sacar a la superficie desde una profundidad de 25 metros el famoso cofre tallado en roca hipogénica que contenía las tabletas de arcilla con el diario cuneiforme de la reina Tol, se continuó excavando y apareció un paraguas, dos metros más abajo de lo que estaba el cofre.
Este objeto, actualmente en el Museo Británico, dio lugar a grandes controversias, y se han escrito un total de 32 ensayos que tratan de aclarar su origen y naturaleza. Todos ellos están equivocados. Los unos, pretenden que no se trata de un paraguas, sino de un ala, bastante completa y muy bien conservada, de un joven pterodáctilo; los otros afirman que es un paraguas ordinario, arrastrado hasta allí por un deslizamiento subterráneo de tierras arcilloides.
El hecho de que el objeto se hallase rodeado de carbón 1/3 35³ y de no menos de 50 huesos lumbares, todos ellos pertenecientes al mismo individuo, ni siquiera se menciona, y creo que es el momento de mencionarlo.
Como sabemos muy bien, el carbón 1/3 35³ es escasísimo y sólo se puede encontrar entre los estratos post-trodilíticos mesopotámicos. La época del carbón 1/3 35³ corresponde exactamente al comienzo del uso del bastón. Es muy natural que el hombre, cuando decidió caminar sobre dos extremidades, se ayudase al principio con bastones. Estos bastones eran tan importantes que sus oscuros anhelos trascendentales se realizaban poco a poco, ya que constituían un tercer miembro locomotivo, pero al ser bruscamente abandonado su uso, la mayoría, atacados de violenta frustración, quedaron petrificados. Algunos, con más recia capacidad trascendental, abandonaron la pierna como modelo y meta, y hallaron rápidamente otros ideales de desplazamiento y locomoción.
Las poderosas alas del pterodáctilo fueron la meta para muchos bastones, y así lo fue para el bastón aparaguado que se halló en Mesopotamia, que en realidad no era otra cosa. El hecho de haber continuado trascendiendo más allá del pterodáctilo y de haberse convertido en el Primer Paraguas, causó la confusión y la discordia en el grupo de antropólogos que se ocuparon de este objeto.
El trascender de los bastones está fielmente relatado en el libro quinto del Multimirto Cadencioso, conjunto de poemas y cantares del año 2300 antes de Cristo, debido a un anónimo persa y que se conserva en la colección de palimpsestos del palacio del príncipe Odelfo di Malspartini en Mantúa.
Como es natural en nuestros días, todo ese conjunto de poemas históricos y de cánticos científicos se considera solamente como una curiosidad para bibliófilos y no como un útil libro de consulta.
Si el señor W. H. Strudlees se tomase el trabajo de consultar el Multimirto Cadencioso, sabría inmediatamente la verdad sobre la inexplicable abundancia de vértebras lumbares, pertenecientes a un solo individuo, que fueron halladas en la vertiente sur de los Cárpatos y sobre las cuales no se guardó el mismo silencio que sobre las halladas bajo el cofre de la reina Tol.
Tales vértebras son indiscutiblemente humanas, y de ahí que se esté pensando seriamente en la necesidad de considerar la existencia de un Homo Reptans, anterior al Homo Sapiens, lo cual sería un error profundo.
El Homo Reptans nunca ha existido, pero sí existió el Homo Rodans, cuya detallada descripción podemos encontrar en el Multimirto, y no sólo su descripción, sino también un dibujo tan preciso que me limito a reproducirlo.
Espero que esto aclare definitivamente la oscura situación antropológica creada por el señor Strudlees, así como la lasciva suposición de reptalidad afrodisiaca con intenciones procreadoras.
Pero aun cuando creo haber conseguido mi principal propósito, no quiero terminar sin poner antes en guardia a la expedición capitaneada por Mr. Frederik Zathergille, que se dirige a la región de Eritrarquia para realizar excavaciones, a los cuales aconsejo infinita cautela y mucha desconfianza.
En época muy anterior al Multimirto Cadencioso, la buena sociedad de Eritrarquia se interesó sobremanera en las excavaciones antropológicas, convirtiéndose este gusto en un deporte o juego al que se dedicaban con frecuencia. Como no deseaban hacer ejercicios violentos ni ensuciar sus suntuosos atuendos, pronto surgió una industria ingeniosa que consistía en la educación de cierta raza de topos, particularmente inteligentes, a quienes se enseñaba a perforar rápidamente un túnel hasta encontrar algún objeto, hueso o fragmento de cerámica que, una vez hallado, traían entre sus dientes.
En las campiñas cercanas a Eritrarquia, se habían establecido varios educadores de topos con corrales adecua- dos para estos animales. Los elegantes de la ciudad alquila- ban uno o dos topos y también una varita de almendro, que, antes de lanzar al topo, usaban para detectar, a la manera de los manantialeros, el lugar donde se encontraban enterrados dichos fragmentos.
Pronto hubo tanta competencia entre los diversos propietarios de corrales y terrenos arqueológicos que algunos se dedicaron, por la noche y con gran cautela, a enterrar toda clase de huesos, cerámica y objetos que traían de contrabando de las regiones lejanas de Mulm, lo cual hacía que los clientes fuesen mucho más numerosos y su terreno muy bien reputado. Sin duda, han quedado muchos objetos de éstos enterrados allí, y los antropólogos y arqueólogos de hoy deben tener sumo cuidado al clasificar sus hallazgos.
Y termino recordando a todos que estamos en los umbrales del Segundo Movimiento: lo blando y elástico se endurece; lo pétreo y rígido se ablanda. Esperemos que, al llegar al peligroso momento crucial unificante, cada una de estas tendencias rebote en la muralla del tiempo y retroceda, ya que, si no, se cruzarán en el espacio y, después de una época de dolorosa confusión en que toda materia será Infernalina Híbrido-Maniaca, lo uno pasará a ocupar el lugar que antes tenía lo otro […].
Remedios Varo. De Homo Rodans (1965).

