Inter e intratextualidad en Basile

    El Pentamerón, o Cuento de los cuentos (1634), constituye un armazón en virtud del cual cada uno de sus cincuenta relatos hace coexistir su autonomía de sentido, la conexión entre ellos y el empalme de los mismos con las historias del mundo, audaz operación que a poco andar se convierte en la historia de la humanidad, exactamente al modo en que cada célula contiene la información del cuerpo. Es así que, por ejemplo, in media res, la fábula El viso, pasatiempo tercero de la jornada tercera en la obra de Giambattista Basile, se refiere a lo ocurrido a Renza, quien, cautiva por su padre —pues a este han advertido que ella morirá a causa de una pieza ósea—, se enamora de un príncipe y escapa horadando el muro con el hueso que le ha llevado un perro. Pronto, sin embargo, descubre a su amante besando a su esposa, por lo que muere de rabia, y pronto el príncipe, de pena, se mata. El asunto parece simplemente evocar composiciones como Romeo y Julieta, de William Shakespeare, cuyo estreno le precede en cuatro décadas. Pero el napolitano tensiona de otra manera el telón de fondo en torno al destino, introduciendo un guiño no solo al tema, sino también, y de manera notable, al recurso narrativo. Cuando frente a la torre del encierro de la princesa pasa Cecio, constata que su saludo es por esta correspondido, por lo que se anima a ensayar el elogio, llamándola, entre otras cosas, “catálogo universal de todos los títulos de la belleza”. La reacción de la aludida es inolvidable: “Renza, al oír estas alabanzas, por la vergüenza se hizo más hermosa”. La fórmula, que pisa los talones al oxímoron, la encontramos, por cierto, ya inmortalizada por Ovidio cuando Dafne empieza a correr, perseguida por Apolo: “la huida aumentaba su belle- za” (Metamorfosis, I, 530). La decisión de estilo adoptada por Basile sirve de matiz a la idea destino, que, sin anularse, convive con la noción de lucha, que se hace notar precisamente por la inversión del paralelo, pues si la ninfa va en fuga, la muchacha sigue las huellas del joven noble. Al dirigirse a Renza, Cecio le declara que él es “hijo de reina, pero vasallo de su belleza”. Al tornarse Dafne en laurel, “aun así la ama Febo, y colocando su diestra en el tronco / siente todavía temblar su pecho debajo de la nueva corteza” (Metamorfosis, I, 553-554).

    El diálogo con las historias y la historia va de principio a fin, y si en la Introducción el propio creador italiano suma a Ovidio menciones a Zoroastro, Heráclito, Hércules y Virgilio, en Los dos hermanos, pasatiempo segundo de la jornada cuarta,  desenfunda  los  ecos  de  Aelius  Donatus,  Juvenal  y Galileo Galilei. Basile busca sintetizar el curso seguido por el mundo en los tétricos anales de la dominación y hallar la hebra que conecta ese estado de cosas con la fantasía propuesta en sus relatos.  Es en esa dirección que La gata cenicienta, pasatiempo sexto de la jornada primera, aporta una pista conducente a unir los cabos al interior del Pentamerón en cuanto totalidad. El rey “fue probando el chapín a cada una de las invitadas para ver a cuál de ellas se ceñía como un guante, y así, por la forma del calzado, dar con quien andaba buscando”. El texto se inspira de manera palpable en los episodios que  sobre  la  célebre  hetaira  Rodopis  reseñaran  Heródoto (Historia, II, 135) y, especialmente, Estrabón (XVII, 1, 33), a la vez que sirve de base a las respectivas recreaciones de La Cenicienta por Charles Perrault (1697) y, más tarde, por Jacob y Wilhelm Grimm (1812). Zezolla, que así se llama el personaje concebido por el escritor del Cuento de los cuentos, llega a la prueba de la sandalia, que en su pie se ajusta a la perfección. “El  rey,  al  ver  esto,  fue  corriendo  a  estrecharla  entre  sus brazos y, sentándola bajo el baldaquín, le ciñó la corona a la cabeza y mandó a todas que le hiciesen homenajes y reverencias como a su reina”, acota el narrador, que cierra con los versos “más puede la hermosura / que billetes y escrituras”. Como hemos dicho, el libro comienza con una Introducción. Allí, mientras la joven y bella princesa Zoza duerme, la “harapienta” y “horripilante esclava” Lucia le roba el cántaro que la noble  había  llenado  con  sus  lágrimas  y  que  le  permitiría, según la maldición de un hada, devolver la vida al príncipe Tadeo y casarse con él. Resucitado ante tal botín, se enlaza con la sierva, cuyas insoportables obsesiones serán finalmente cumplidas echando a andar en cinco jornadas el medio centenar de historias del Pentamerón. Así, en la Conclusión del Cuento de los cuentos y desenlace de la introducción de los pasatiempos, que corresponde al pasatiempo décimo de la jornada quinta, Zoza logra contar la verdad, y Tadeo, tras hacer que la esclava confiese,  ordena enterrarla viva y con la cabeza fuera. “Y abrazando a Zoza, hizo que la honrasen como a princesa y esposa suya”, apunta el narrador, siguiendo idéntica pauta que el final de La gata cenicienta. Pero el Pentamerón denuncia sistemáticamente la esclavitud, y esta no es la excepción. Al radicalizar la caracterización de la sierva, la obra no hace otra cosa que acusar, por oposición, los privilegios, tal como la inversión de roles entre Renza y Dafne remarcan la unidad de sentido entre los relatos de Basile y Ovidio.


Helena da Viani Vidman

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