Hécate, un himno dentro del canto
Hesíodo quiere asestar un golpe al corazón de la tradición homérica al introducir en la Teogonía la figura de Hécate. No se trata solo de la entrada en escena de una divinidad hasta entonces inédita en la literatura arcaica, sino, fundamentalmente, de una toma por asalto de las facultades otrora atribuidas a la musa de la épica. “La cólera canta, oh diosa, del Pélida Aquiles, / maldita, que causó a los aqueos incontables dolores”, insta la Ilíada desde el inicio (Il., I, 1-2), sin explicitar su nombre, y tendiendo entre mortales e inmortales un puente que muy pronto se torna más evidente: “Decidme ahora, Musas, dueñas de olímpicas moradas, / pues vosotras sois diosas, estáis presentes y sabéis todo, / mientras que nosotros solo oímos la fama y no sabemos nada, / quiénes eran los príncipes y los caudillos de los dánaos” (Il., II, 484-487). El vínculo con la deidad del rayo queda allí sugerida, aunque es en la Odisea donde ese lazo resulta manifiesto. “¡Oh, Demódoco! Téngote en más que a ningún otro hombre, / ya te haya enseñado la Musa nacida de Zeus, o ya Apolo”, declara la obra (Od., VIII, 487-489), que hacia el cierre precisa el número canónico del conjunto de aquellas: “Nueve Musas cantando por turno con su voz melodiosa entonaron sus trenos” (Od., XXIV, 60-61).
El autor de la Teogonía, desde luego, no omite a las Musas; al contrario, les rinde elocuente tributo desde el principio y a lo largo de todo el poema, precisamente porque de esa caracterización laudatoria se servirá para imprimir un giro a los relatos previos y hacer que la audaz apuesta que pone en marcha en pos del relevo no pase inadvertida. A diferencia de Homero, Hesíodo identifica a cada una de las diosas implicadas. Siguiendo así un plan que respeta la cantidad señalada en el verso 60 de la Odisea, el vate vocea sus correspondientes apelativos: “Eso cantaban las Musas, de mansiones olímpicas dueñas, / las nueve hijas que el inmenso Zeus engendrara, / Clío, Euterpe, Talía y Melpómene, / Terpsícore, Erató, Polimnia y Uranía, / y Calíope, que entre todas las otras destaca” (Teog., 75-79). El poeta refuerza la notoriedad de la musa de la épica más allá de la explicación manifiesta, incorporando al pasaje el bello detalle de subagrupar de cuatro en cuatro a las deidades en sendos versos, abriendo el siguiente, en el remate, con el nombre de la que descuella, y como si esto no bastara para evidenciar la intención, solamente a la conspicua hermana dedica pormenores, funda- mentando la jerarquía que le acaba de adjudicar: “Pues ella asiste también a los nobles monarcas. / A quien honran las hijas del inmenso Zeus / y, de los reyes alum- nos de Zeus, miran al nacer, / una gota de dulce rocío en la lengua le ponen / y melifluas palabras fluyen de su boca; y las gentes / todas se fijan en él cuando las leyes aplica / con rectas sentencias; y, sin yerro hablando él, / con pericia aun el pleito más arduo al punto culmina; que son sensato por eso los reyes, porque a las gentes / ofendidas reparación cumplida les dan en el ágora / fácilmente, persuadiéndolos con afables palabras” (Teog., 80-90). Acabado ese retrato, más adelante el aedo echa a andar, dentro del mismo canto, un himno a Hécate (Teog., 411-452), la hija de Perses y Asteria. Hesíodo le dedica 41 versos justo antes de relatar el nacimiento de Zeus, quien “le otorgó tener como espléndidos dones / parte tener en la tierra y en el inagotable mar. / Y hasta en el cielo estrellado tuvo ella su parte de honor; y honrada es sobremanera por los inmortales dioses” (412-415). Tal encomio avanza directamente hacia el ejercicio de plenos poderes. Aunque unigénita, como anota el autor, “en el ágora entre la gente destaca al que quiere”, y semejante definición adopta “cuando para la destructora guerra se arman / los hombres”, mientras que “en el tribunal junto a los reyes augustos se sienta” (426-434). La intentona de sustituir a las Musas en su papel soberano aparece reforzada por la elección de Hécate en cuanto esta, generacionalmente, antecede al dios olímpico, quien, en cambio, será recién junto a Mnemósine el progenitor extramarital de las nueve deidades. En efecto, la molestia que se toma Hesíodo por intrincar lo que él mismo canta no constituye tanto un acto de devoción por la titánide como un autoelogio, funda- do en el culto que se rinde a ella en Asia Menor, de donde procede el padre del poeta. La enrevesada operación da lugar a una notable composición en anillo, análoga a la que el poema dedica a las Musas (1-103), con el que además configura un bello y lúdico sistema. “En los establos acrece propicia el ganado con Hermes”, y “el Crónida la hizo nodriza de cuantos tras ella / con sus ojos vieron la luz de la omnividente Eos” (444-451), proclama hacia el final, en claro guiño al campesinado con el cual el versificador se identifica al comienzo de la obra, donde, aludiendo a las Musas, dice que ellas “el bello canto enseñaron a Hesíodo, / cuando al pie del divino Helicón guardaba corderos” (22-23). Sin embargo, no bastó la hermosura de los versos para heredar estatura olímpica a la diosa, que sería más bien recordada como hechicera y compañera de la noche (cf. Apolonio de Rodas. Argonáuticas, III, 838-850).
David Hevia
