Pandora: la belleza de un mal
Si Zeus combate a sus pares con monstruos, tales dardos resultan completamente insuficientes para atacar aquello que correspondería a la humanidad. El dios entronizado debe acudir a algo también superior al rayo, para el caso impotente, ahora que, sin necesidad de esa descarga, Prometeo, burlando al Crónida, ha puesto el fuego en manos de los mortales. “Jápeto a la joven Oceánide de bellos tobillos, / a Clímene, desposó y subió al mismo lecho; y engendró ella a Atlante, hijo del portentoso denuedo, / al perínclito Menecio dio a luz, a Prometeo, / astuto y artimañero, y al mentecato Epimeteo, / una desdicha desde el principio para los hombres paniegos, / pues fue el primero que de Zeus recibió modelada / doncella”, canta la Teogonía exactamente en la mitad de su incursión (507-514). El poeta pone en línea allí las correspondientes y comparables condenas que arrastrarán los cuatro hermanos, aunque si el castigo al primero y al tercero se desliza de manera indirecta en los epítetos, y la sanción que espera al segundo para nada se desprende del pasaje, el hado que aguarda al cuarto no solo se deja oír por el adjetivo que lo acompaña, sino, particularmente, por la síntesis que de inmediato se hace de lo que sucederá. La modelada doncella es, desde luego, la primera mujer, cuyo nombre no aparece en parte alguna del poema. En cambio, Pandora sí es identificada con ese apelativo por Apolodoro (Biblioteca mitológica, I, 7, 2) y, para negar su condición de tal, por Paléfato (Sobre fenómenos increíbles, XXXIV). Por cierto, la expresa referencia a ella con esa denominación queda consignada en Los trabajos y los días, obra todavía hoy imputada, sin la menor base —como constataremos en otra parte—, a Hesíodo, si bien la alusión en esta pieza es relevante, toda vez que muestra cuánto gravita este mito en dos composiciones de similar data. Los versos teogónicos señalan que el robo de las brasas desata la furia del rey del Olimpo, quien “para los hombres al punto preparó una desgracia”, cuya factura encarga a Hefesto: “El perínclito Cojitranco modeló una figura con tierra / semejante a púdica joven por deseo del Crónida; / la ciñó y adornó la diosa ojizarca Atenea / con un radiante vestido y la cubrió desde la cabeza / con un velo, maravilla de ver, por sus manos bordado; / y en torno tiernas guirnaldas de florido verdor, / llenas de encanto, en la testa le puso Palas Atenea” (Teog., 570-577). La descripción que ensaya el vate es, además de antropocéntrica, radicalmente antropológica. Lejos del fuego relampagueante en cuanto fenómeno de la naturaleza y arma divina, la flama que enarbola Prometeo porta el inequívoco sello de la manufactura. En ese sentido, nada hay de casual en el hecho de que Zeus encargue su modelado al dios herrero. Hefesto, como siempre, crea, pero el ardor de sus manos y sus hornos no desemboca ahora en un artefacto. Lo que la metáfora hace despuntar, junto a tan sinuosa humanidad, es algo muy superior. La venganza de Zeus, o, si se quiere, el uso que se dará en adelante al fuego, deviene esclavitud, cuya dimensión económica se expresa en el trabajo. Y esto es fundamental. Si aquello a lo que Hefesto da forma no es ya una espada, una lanza o un escudo, un análogo giro sobre su personal papel realiza Atenea. En efecto, la diosa de la estrategia en la guerra se desmarca de su horizonte bélico, y se concentra, en cambio, en acicalar a la fémina primitiva, exacerbando su hermosura lo suficiente como para que hasta los inmortales, al contemplarla, se queden sin aliento, si acaso alguna vez lo han tenido.
Pero ese rol de ella no es encomendado por el monarca olímpico: de fémina a fémina, por iniciativa propia, la deidad virgen de parto deja que su impronta costurera atavíe a Pandora, quien surge, así, del obrero y de la artesana. “Y tras fabricar un bello mal a modo de un bien, / donde los otros dioses y hombres estaban la llevó / engalanada con el ornato de la patripotente Ojizarca; y a inmortales dioses y hombres mortales sedujo el portento / cuando vieron el cruel engaño, irresistible para los hombres. Pues de ella procede la estirpe de femeniles mujeres, / enorme daño para los mortales, al vivir con los hombres, / que no soportan la funesta pobreza, sino la hartura”, advierte el aedo (585-593), quien de inmediato subraya el foco laborioso haciendo el contrapunto entre abejas y zánganos (594-599), señalando a las representantes del supuesto nuevo sexo como “amigas de faenas perniciosas”, y condenando tanto a los que huyen como a los que abrazan el matrimonio, hecha la salvedad de que a quien provee la suerte de “una esposa fiel, dueña de buen juicio, / el mal con el bien de por vida por este contienden / sin tregua” (602 ss.). Cabe abordar esto último en dos implicancias. La primera deja a la vista el carácter humano de la razón, de la cual los dioses no son factor alguno. La segunda procede de la forma de bien que tiene un mal. Por una parte, téngase presente la exquisita y determinante función que aquí cumple la belleza, ausente en el mito cristiano de la primera mujer; por otra, basta seguir el hilo conductor de la metáfora para entender que, más allá del hipnótico semblante maquinado por Zeus como venganza —esto es, más allá del atributo heredable—, los esclavos pueden forjar también una hermosa revancha capaz de someter a los inmortales.
David Hevia
