Erwin Schrödinger: Introducción esotérica al pensamiento científico



    El concepto más fácilmente accesible al pensamiento científico moderno debería ser la concepción contenida en la concepción fundamental, si bien solo como afirmación parcial del carácter esotérico, es decir, que los actos de la procreación mediante los cuales una línea de ancestros da lugar de forma sucesiva a individuos que descienden unos de otros, no constituye una interrupción sino solo un estrechamiento tanto de la vida corporal como de la vida espiritual; que, por lo tanto, a partir de la conciencia de un individuo se puede afirmar la identidad con la de uno de sus ancestros de forma muy similar a como, por ejemplo, hago acerca de mi propia conciencia antes y después de un sueño profundo. Al reconocimiento de este hecho se le oponía a menudo la indicación de que en un caso real existe y en otros falta — al parecer por completo— la relación de memoria. Hoy en día se ha abierto camino ampliamente la noción de que en el caso de los instintos de muchos animales no nos encontramos más que frente a un recuerdo supraindividual de este tipo. Son ejemplos bien conocidos: la estructura de nidos de los pájaros —donde el nido generalmente está ajustado a la medida y número de los huevos que se esperan en tal especie, a pesar de estar excluida cualquier experiencia individual—; o la «construcción de lechos» por parte de muchos perros, pisando los hierbajos de la pradera —¡o sobre la alfombra persa! La tendencia de los gatos a esconder sus heces en el parquet o el suelo de piedra, cuya motivación es seguramente dificultar el ser descubiertos mediante el olfato tanto por parte del enemigo como de la presa.

    El descubrimiento de semejantes manifestaciones en el hombre se dificulta porque en este caso uno tiene también una idea íntima del acontecimiento respectivo, en conexión con la convicción —que yo creo falsa— de que solo se pueden denominar comportamientos instintivos, aquellos que se ejecutan sin pensar y sin una reflexión asociada. Con lo que también la denominación de memoria de la especie, que justamente subraya el lado subjetivo del hecho, se pone en duda y se rebaja el valor de todo el grupo de manifestaciones que aportamos al principio como justificación del concepto de continuidad.

    Sin embargo, un complejo fuertemente sensibilizado en el hombre y en los animales lleva hoy todavía justamente el sello de una memoria supraindividual grabado en la frente. Se trata del primer despertar del sentir sexual, la atracción y el rechazo de los sexos, la curiosidad erótica, el pudor sexual, etc.; todos estos sentimientos, de difícil descripción, en parte penosos, en parte divinos, en especial la selección caprichosa, el enamoramiento, que indican en el individuo singular incluso trazas espirituales especiales, que no son comunes a toda la especie.

    Otro ejemplo de «euforia» (Semon) de antiquísimos engramas heredados lo constituyen, en mi opinión, un grupo de manifestaciones que aparecen en la vida burguesa, en determinadas personas durante la denominada «producción de ruido». Sentimos lesionados nuestros derechos —de verdad o de forma evitable— de modo que nos vemos conducidos u obligados a intervenir inmediatamente de forma enérgica, a amonestar, a reprender o algo similar. Esto hace que nos «excitemos», el número de nuestros latidos aumenta sensiblemente, la sangre fluye hacia la cabeza, todos los músculos se tensan, vibran, se «recargan» de forma uniforme y tienen una necesidad invencible de entrar en acción. En pocas palabras, todo nuestro organismo se prepara, evidentemente con éxito, para aquello que miles de nuestros ancestros hicieron en la realidad en casos semejantes: pasar al ataque o a la defensa contra el agresor, lo que en su caso era lo único correcto  y adecuado. En el nuestro desde luego no lo es por regla general. Pero no siempre se es dueño de todos estos fenómenos que surgen en aquel que tiene tendencia a ellos aun cuando sabe con certeza que un ataque real está completamente excluido por su parte o que le acarrearía daños tan sumamente graves que no lo haría nunca. Tampoco lo haría cuando su voluntad consciente está orientada exclusivamente y de forma perfectamente adaptada a la defensa mediante la palabra, ya que —pongo por caso— solo esta le puede preservar de graves daños, igual que el puño  lo hizo en el caso de sus ancestros; el mecanismo de la tensión atávica en el uso de este su medio de defensa le influye fuertemente. Su carácter mnémico (en el sentido de Semon) demuestra, de forma especialmente clara, la tendencia del organismo de suprimir la «incongruencia de la homofonía mnémica». La continuación de la sucesión de engramas es «golpear». En la práctica debe generalmente evitarse. ¿Quién no conoce la pena que esto causa? Y con cuánta energía se manifiesta la ley mnémica, si alguna vez —contra toda razón— la congruencia se restaura. El entendimiento común suele enjuiciar todo este proceso en el sentido de nuestro comentario. En un caso como este tiene la sensación de estar enfrentándose a una fuerza de la naturaleza, el propio actuante sabe a menudo que su comportamiento no está guiado por motivos en el sentido habitual de la palabra y por ello, a lo mejor, estará arrepentido apenas un instante después.

    Aquellos casos de tipo especial en los que se hace particularmente patente la introducción del suceso ancestral, la activación de una capa más antigua, que no se ha formado durante nuestra vida individual, son con más o menos seguridad muy frecuentes; pienso especialmente en el carácter «simpático» o «antipático» de ciertas cosas, en el terror ante determinados animalitos inofensivos, en el carácter acogedor de ciertos lugares, etc. Sin embargo, éstos no agotan aquello a lo que nos referimos con la continuidad o identidad de la conciencia, afirmaríamos lo mismo si no pudiésemos recurrir a modo de ilustración a tales casos.

    Mi vida consciente depende de una determinada estructura y manera de funcionar de mi soma y, sobre todo, de mi sistema nervioso central. Sin embargo, estos están directamente ligados, originaria y genéticamente, a la estructura y funcionamiento de somas anteriormente existentes, los cuales también estaban ligados a la vida espiritual consciente y en ningún punto hubo interrupción alguna del acontecer fisiológico. Cada uno de estos cuerpos ha sido más bien a la vez arquitecto y material para el siguiente plan de construcción, de manera que una de sus partes creció hasta convertirse en una copia de sí mismo. ¿En qué punto podríamos poner aquí el principio de una nueva conciencia?

    Sin embargo, la estructura especial de mi cerebro y su manera de funcionar, mi experiencia individual, justamente eso que yo con cierta razón llamo mi personalidad, ¡todo ello está predeterminado por el acontecer ancestral! Si con esto último me refiero solo a mi rama individual de ancestros, entonces desde luego que no. Con ello llegamos al punto en el que la sentencia parcial presentada al empezar este apartado, se revela como una afirmación arriesgada. Porque la configuración de lo que yo llamo mi más alto Yo espiritual es, en gran parte, la consecuencia directa del acontecer ancestral y no exclusiva y principalmente de mis antecesores físicos. Para no caer en la pura retórica, hay que aclarar que los dos factores de los que depende la marcha evolutiva de un individuo son a) la estructura especial de su base genética y b) la estructura especial del entorno que actúa sobre él. Sostengo que estos dos factores son de la misma especie, puesto que la estructura específica de la dotación genética, con todas sus posibles evoluciones atesoradas en su interior, se ha desarrollado bajo la influencia y en una dependencia sustancial de los entornos anteriores. Consideremos ahora en qué manera excluyente se interrelaciona la personalidad espiritual con las influencias del entorno. Se trata de un efluvio directo de la personalidad espiritual de otros congéneres, en parte todavía vivos y en parte ya fallecidos. Teniendo  presente siempre que somos científicos que podemos  concebir, debemos concebir todas estas influencias «espirituales» como modificaciones directas del soma (es decir, del sistema nervioso central) de nuestro individuo a través del soma de otros individuos, de modo que no se presentan diferencias de principio entre estas influencias y las que provienen de la rama de ancestros físicos.

    Ningún Yo está solo. Detrás de él hay una cadena inconmensurable de aconteceres físicos y —como una clase especial de los mismos— ciertos sucesos intelectuales, a la que pertenece como  miembro antagónico y que continúa. Por la situación momentánea de su somatismo y en especial de su sistema cerebral y por la educación y la transmisión mediante la palabra, la escritura, el monumento, la costumbre, la forma de vivir, el entorno modificado... por todo eso que denominaremos con mil palabras y que con mil giros no agotaremos, el Yo no está encadenado al acontecer ancestral, no es su (exclusivamente su) producto, sino más bien, en el más estricto sentido de la palabra, lo mismo, su estricta continuación inmediata, como el Yo de los cincuenta años es la continuación del Yo de los cuarenta años.

    Es bastante curioso que la filosofía occidental aceptara, casi de forma generalizada, la idea de que la muerte del individuo no significa el fin de nada esencial en la vida, mientras que  por el contrario —con  la excepción de Platón y Schopenhauer— apenas se dignara a pensar, en el más entrañable y feliz acontecimiento, que va de la mano del anterior: es decir, que se cumpla lo mismo para el nacimiento individual, mediante el cual no soy antes creado sino que, en cierto modo, voy despertando lentamente de un profundo sueño. Así me parece que mi angustia e inquietud, ambición y preocupación no son sino lo mismo que las de miles que vivieron  antes que yo, y puedo creer que transcurridos miles de años todavía podrá cumplirse aquello que yo había implorado hace miles de años por vez primera. Ninguna idea germina en mí, que no sea la continuación de la de un ancestro y por lo tanto no es un germen joven, sino el desarrollo predeterminado de un brote del vetusto y sagrado árbol de la vida.

    Bien lo sé, la mayoría de mis lectores —pese a Schopenhauer y las Upanishads— aceptarán lo que expongo aquí como una metáfora graciosa y adecuada, pero se negarán a admitir la validez literal de la afirmación de que todo conocimiento es esencialmente uno. A la tesis de la identidad de la conciencia en la rama de ancestros se le habrá opuesto ya el hecho de los números, es decir, que dos padres procrean generalmente varios hijos y que normalmente siguen viviendo después de la procreación. También encontrarán demasiado drástica la extinción de toda experiencia especial en el niño, para justificar la afirmación acerca de la continuidad. Admito abiertamente que la contradicción lógico-aritmética en el caso de la rama de ancestros me tranquiliza en cierto modo ya que allí la afirmación acerca de la identidad ha sido incluso científicamente demostrada y con ello se ha debilitado cualquier contradicción, también en el caso de la afirmación védica general. De todas formas, el empleo de la aritmética en tales asuntos parece muy sospechoso. Y en lo que se refiere a la memoria completamente borrada (¡que para algunos es en lo más íntimo lo más enojoso de esta inmortalidad fisiológica!) habría que considerar al menos una vez, prescindiendo de toda visión metafísica, cuán idóneo es el continuo retorno del buril alisador sobre la pizarra de cera para formar aquello que de todos modos ha sido formado —aunque no quisiera ser formado, como afirma Schopenhauer.


Erwin Schrödinger. Introducción esotérica al pensamiento científico. 

En: Mi concepción del mundo (1960).

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