Día y noche en los cuentos
Giambattista Basile no colecciona relatos. Para él, una historia ha de ser la historia, idea que apunta tanto al lugar de la fantasía en la coyuntura como a la conexión íntima que, de la célula al organismo, debe existir entre una fábula y las demás. El intelectual desenfunda el barroco y torna bisagra los diversos aspectos de El cuento de los cuentos, o el entretenimiento de los pequeños, cuya publicación póstuma en 1634 será conocida después con el más popular título de Pentamerón. La ironía pulula en todos sus recovecos, aunque el eje principal es el zurcido de binomios de contraposición interna que bosqueja la escena y tensiona las posibilidades de la trama, devolviendo al auditorio el margen de acción que le cabe liderar fuera del texto.
Diez narraciones por jornada contiene la obra durante cinco días, y el autor se empeña, con acierto, en que el transcurso de cada veinticuatro horas consista en algo distinto al mero envase temporal del cuento: no piensa el napolitano en el lapso como unidad de medida de la ficción, sino unidad de contenido de la misma, de modo que ese intervalo objetivable se infiltre en lo contado, constituyéndolo. Y así, con bella insistencia, historía la oscilación del suceder. Indica el narrador en la Introducción a la jornada primera que Zoza, enamorada del príncipe Tadeo, a quien no conoce, abre su corazón ante una hechicera, quien, apiadada, “le dio una carta de recomendación para una hermana suya, también hada”. Subrayando la estrategia de encadenamiento, el asunto continúa precisando que esta, a su turno, “la recibió con mucho obsequio y a la mañana siguiente —cuando la Noche manda a publicar a las aves el bando en que promete una buena recompensa a quien le dé nuevas sobre una bandada de negras sombras extraviadas— le entregó una espléndida nuez y le dijo: ‘toma, hija mía, cuídala bien y no la abras sino en instantes de gran apuro’. Y con otra carta la recomendó a una tercera hermana”. La frase intercalada que allí amalgama el margen horario y el acaecer avanza pocas líneas después, provista ya la joven de una nuez, una castaña y una avellana, a la idea de un fundido entre el momento de la luz natural y el acontecer: “Con estas tres cosas Zoza lio el hato y recorrió tantos países y cruzó tantos ríos y bosques que, pasados siete años —justo cuando el Sol, despertado por las trompetas de los gallos, ensilla su caballo para hacer las acostumbradas postas—, casi desfallecida llegó a Camporotondo”. Y es que la unidad que ensaya el pasaje entre la partida del astro rey y la llegada de la protagonista deviene, además, sutil anticipo de lo que aguarda a la muchacha en el desenlace del libro. Análoga correlación brinda este episodio preambular un par de páginas más adelante, cuando el jerarca convoca a las féminas entre las cuales escogerá a las diez que intentarán saciar la sed de cuentos de su esposa, una insoportable esclava. “Tadeo, por desembarazarse de este engorro, mandó publicar un bando: que todas las mujeres del país acudieran a su presencia un día fijado. Y ese día —al despuntar de la estrella Diana, que despierta al Alba para que tenga preparados los caminos por los que ha de pasear el Sol— se reunieron todas en el lugar convenido”, se lee en la historia, que al acotar las rutas que surcará la estrella adelanta el principio de selectividad con que el príncipe definirá a las exclusivas relatoras.
Ese recurso a la transición temporal permea tenazmente los párrafos de los cuentos a lo largo del volumen. “Siendo ya la hora en que la Luna quería jugar con el Sol a te fuiste y viniste, y el sitio te perdiste”, se acota en Peruonto, mientras El mercader arroja cuatro en dos carillas contiguas. “Mas a la mañana siguiente —cuando el Sol, blandiendo con dos manos el sable de la luz en medio de las estrellas, grita: ¡atrás, canallas!—, Cienzo, mientras se vestía junto a una ventana, vio enfrente una bella muchacha”, detalla la narración, pronto secundada por similares expresiones: “Apenas la Luna, enemiga de los poetas, volvió la espalda al Sol”; “cuando a la hora en que la Luna, como gallina clueca, llama a las estrellas a picotear el rocío”, y “cuando a la Noche, importunada por el Sol, se le conceden crepúsculos de tiempo para que haga las alforjas”. El hincapié puesto en las junturas de la jornada resulta implacable, tanto en lo que respecta a su constancia como en lo tocante a la rigurosa antesala en que consiste su sentido. De esa suerte, Renza, personaje de El viso, escucha el silbido de Cecio “justo cuando se levantó el telón de las sombras del escenario del cielo para que la Aurora saliese a recitar el prólogo de la Tragedia de la Noche”. Esta bisagra antes referida remarca la seriedad de una ironía que se manifiesta, más que en opuestos contrarios, en opuestos contrariados, y tal es la hebra que ha de buscarse tanto para entender que un mismo eje retrata a la enamorada de un príncipe desconocido y al heredero de la corona desposado con una esclava, como para constatar que dicha encrucijada se resuelve en la Conclusión del Cuento de los cuentos, que a la vez configura la salida a su Introducción.
Helena da Viani Vidman
