Cambalache: Basile y Discépolo
Hijo de un inmigrante napolitano, Enrique Santos Discépolo compone en 1934 el celebérrimo tango que a fines del mismo año debuta en el Teatro Maipo de Buenos Aires con la voz de Sofía Bozán. “Que el mundo fue y será una porquería, / ya lo sé… / (¡En el quinientos seis / y en el dos mil también!)”, advierte, sin preámbulos, Cambalache. Exactamente tres siglos antes, en 1634, sale de imprenta la obra de un napolitano que arremete con el mismo espíritu. “¡Lejanos, muy lejanos / quedan aquellos tiempos en que a los poetas / en palmas los llevaban! / Pues en esta negra edad / a los Mecenas se los cenan / y en Nápoles como en otros lados / —lo digo con dolor grande—, / el laurel tapado está por los hierbajos”, canta la primera égloga (El crisol, 780 ss.) del Cuento de los cuentos, o el entretenimiento de los pequeños, que, relatando cincuenta historias en el espacio de cinco jornadas, pronto sería conocido como el Pentamerón. Su redactor, Giambattista Basile, versificador cortesano en una familia de cantantes, muere dos años antes de que se publique la pieza, cuyos pasos seguirán Charles Perrault y Jacob y Wilhelm Grimm. Recién desenfundadas, las líneas de Discépolo despliegan toda la hondura de la denuncia: “¡Hoy resulta que es lo mismo / ser derecho que traidor! / ¡Ignorante, sabio o chorro, / generoso, estafador! / ¡Todo es igual, nada es mejor! / ¡Lo mismo un burro que un gran profesor!”. Valga cabalmente ese pasaje para hallar su precedente. “Otro se cree un pez gordo, / se da aires, / recorta las palabras y echa cortadillos / y se cree lo mejor del mundo. / Si hablas de poesía, supera a Petrarca; si de filosofía, / a Aristóteles le da vuelta y media”, acusa Basile (El crisol, 825 ss.). El autor del tango da rienda suelta al concepto. “No hay aplazaos ni escalafón, / los inmorales nos han igualao. / Si uno vive en la impostura / y otro roba en su ambición, / ¡da lo mismo que sea cura, / colchonero, rey de bastos, / caradura o polizón!”, remata. El paralelo de ese fragmento se encuentra en la segunda égloga del Pentamerón, donde el personaje de Cola Ambruoso resume a su interlocutor, Marchionno, lo que in extenso ha venido explicándole: “Seas quien seas, / compórtate como prefieras, que, de cualquier forma, / el color te alteran; / y al bufón llaman gracioso / que da entretenimiento; / al espía, hombre en los asuntos del mundo / experto; / al truhan, hombre ingenioso y astuto; / al flojo, hombre de mucha flema; al glotón, hombre de buen vivir; al adulador, buen cortesano, / que adivina el humor / de su amo y seguirle sabe el juego; / a la puta, mujer cortés y de buen trato; / al ignorante, hombre sencillo y decente” (La tintura, 327 ss.).
Los versos de ambas obras comparten, además de tema y tono, elaboradas expresiones escatológicas, referencias a la muerte, a las acémilas y a la sinrazón, coincidiendo incluso en el empleo de las palabras horno, ladrón, traidor, ignorante, rey y ley. La querella de Discépolo alude a la Década Infame; la de Basile, a la cuestión social, y de ese propósito son siervas las hadas de sus cuentos, un arquitectónico tramado zurcido en diversas capas de lectura. La impronta barroca del escritor recorre incansable cada página del volumen, por donde transitan medio centenar de narraciones y cuatro cantos que, en forma de diálogo, sirven de bisagra entre uno y otro día de exposición de las distintas fábulas. Tales entreactos, tildados de églogas por el autor, nada tienen de bucólico, como acabamos de constatar. La ironía busca, de esa manera, por contraste, llamar la atención del auditorio sobre el catastrófico paisaje que hace mucho está ofreciendo la humanidad; una vida, en definitiva, que ni el más grotesco lenguaje podría siquiera pretender imitar. “En este tiempo nuestro / se disfraza todo”, dice el personaje de Cicco Antuono en el marco de la cuarta y última égloga del conjunto (El garfio, 48-49), antes de reiterar, preludiando así el tango, que “en este tiempo nuestro / se disfraza todo” (124-125). ¿Pero quién gana con este trueque oscuro? El intelectual italiano pone la sólida respuesta en boca de Marchuonno, en la segunda égloga. “¡Será arte estupenda, / pero no propia de los pobres, / sino de los encumbrados, / que licencia tienen para llamar, / desde tiempo atrás y con aplomo, / ganancias a sus robos[…]!” (La tintura, 68-73), protesta, dando cuerpo a una incriminación que escala y se traslada, nítida, ahora en palabras de su agudo contertulio, Cola Ambruoso, hasta los mismos pasillos palaciegos que Giambattista Basile frecuenta. “La corte solo está hecha / para la gente viciosa”, sentencia, sin eufemismos, hacia el cierre del mismo poema (356-357). Estas cuatro bisagras compuestas en verso son una breve y valiosa pista para esclarecer no solamente el sentido de la prosa del Pentamerón —que se encumbra muy por encima de la mera recopilación de relatos—, sino también las decisiones de estilo a través de las cuales este genio napolitano conecta sus historias con la historia, convierte el cuento en metacuento y echa a andar, entre uno y otro escenario de las correspondientes jornadas, tal como entre uno y otro personaje, las incursiones que van configurando su propio cambalache, uno del que será discípulo Discépolo.
Helena da Viani Vidman
