Los hechos del tiempo en Hesíodo
En el amplio y vago escenario común observable entre la obra homérica y la Teogonía, una coincidencia digna de mención adquiere relieve en el marco de la ostensible diferencia de eje dramático que caracteriza a la Ilíada y a la Odisea frente a la composición de Hesíodo. Si aquellas narran los asuntos de los héroes, con todo el influjo divino que a los mismos se quiera conceder, esta remonta al punto en que los hombres, supuestamente, aún no existen. Así las cosas —porque el tema de las respectivas piezas difiere sobremanera—, un pasaje del texto iliádico sirve de fundamento al opúsculo que le sucede. “Muchas veces te oí en la mansión de mi padre gloriarte / por haber evitado tú sola entre todos los dioses / un desastre afrentoso al Cronión, el que nubes sombrías / amontona, una vez que todos los dioses eternos, / Poseidón, Hera y Atenea quisieron atarlo. / Mas tú, ¡oh, diosa!, acudiste a librarlo de sus ataduras, / enviando al momento al Olimpo anchuroso al gigante / de cien brazos, a quien llaman todos los dioses Briáreo”, dice Aquiles a Tetis, recordando así que las constantes rebeliones que enfrenta Zeus terminan definiéndolo (Il., I, 396-404). En los versos hesiódicos, en tanto, Briáreo (Βριάρεως) y sus hermanos, Coto (Κóττος) y Giges (Γύγης), los tres monstruos de cien brazos y cincuenta cabezas, sellan el triunfo del Crónida en la Titanomaquia. “Trescientas rocas lanzaban con manos robustas, / una tras otra, y con los proyectiles cubrieron de sombra / a los Titanes”, canta el poeta (Teogonía, 715-717). El factor desequilibrante en favor de la divinidad que será entronizada en el Olimpo asoma al desmenuzar los nombres de estos hijos de Urano y de Gea. Así, en clave superlativa, el de los dos primeros Hecatónquiros alude a la idea de fuerza; el del tercero, a la de tamaño. Nótese, pues, que esta tríada precede generacionalmente a Zeus, y apunta a facultades concretas y vinculadas. Algo semejante ocurre con la otra tríada que sirve a la causa del dios principal contra los Titanes, los Cíclopes, que, cabe aclarar, no guardan relación alguna con aquellos que enfrenta el Odiseo de Homero. Igualmente hijos de Urano y de Gea, estos gigantes de un solo ojo no solo nacen antes de Zeus, sino, incluso, justo antes de los recién referidos Centímanos (Teog., 139 ss.). Tal como estos, los hermanos Brontes (Βρόντης), Estéropes (Στερόπης) y Arges (Ἄργης) portan en sus nombres una propiedad concreta: la de encarnar, correlativamente, el trueno, el rayo y el relámpago, proporcionando dichas armas a la deidad superior. Por cierto, si entre los Hecatónquiros la noción de tamaño anclada a uno de ellos entronca con las dos manifestaciones de fuerza representadas por sus hermanos, en el caso de los Cíclopes es la esencialidad del rayo la que se expresa en el trueno y el relámpago, que exteriorizan, correspondientemente, las sensaciones audible y visible de la descarga eléctrica.
Los hechos del tiempo tensionan allí el espacio: Zeus es antecedido por los servidores de su guerra, pero el dios del rayo, que impera en el cielo, ha de constatar que el golpe de gracia a los Titanes no lo dan los truenos ni los relámpagos, inasibles para los mortales, sino los Hecatónquiros, que lanzan las terrenales rocas en un combate semejante al que sí pueden protagonizar los seres humanos. La idea de la divinidad celeste como depositaria de la delegación terrestre de poder queda, de esa manera, impecablemente sintetizada en la metáfora de Hesíodo. En ese sentido, otro par de tríadas consecutivas, esta vez retoños del monarca olímpico, ofrecen, además del paralelo, una nueva pista en torno a la prelación de los hombres. Después de unirse en matrimonio con Metis y antes de hacerse cónyuge de Hera, el dios desposa “a Temis radiante, que parió a las Horas, / Eunomía, Dike y la lozana Eirene, / que observan las obras de los mortales hombres, / y a las Moiras, que muchísimo honró el próvido Zeus, / Cloto, Láquesis y Átropo, que asimismo permiten / el bien y el mal conocer a los mortales hombres” (Teog., 901-906). Véase cómo la diosa Temis (Θέμῖς), en cuanto reminiscente de las leyes de la naturaleza, evoluciona a través de sus hijas. En Homero, las Horas (Ὥρας) aún son atingentes a las concretas estaciones del año: “Crujieron las puertas del cielo, custodiadas por las Horas, / a quienes está encomendado el elevado cielo y el Olimpo, / bien para disipar una espesa nube, bien para echarla encima” (Il., V, 749-751). En Hesíodo, sin embargo, sus capacidades adquieren un tenor mucho más abstracto, y las tres diosas tienen ahora nombre. Eunomía (Εύνομίην) apela a la observancia de la ley; Dike (Δίκην), a la justicia; Eirene (Εἰρήνην), a la paz. Como entre los Hecatónquiros y los Cíclopes, también aquí los tres conceptos deslizan una correlación, análoga, por lo demás, a la que entre sí cultivan las Moiras (Μοίρας), esto es, las personificaciones del destino: Cloto (Κλωθώ), articuladora de las hebras vitales, Láquesis (Λάχεσίν), la que decide la longitud del hilo de cada existencia humana, y Átropo (Άτροπον), la inevitable, aquella cuyas tijeras cortan el tejido de los días del hombre. Si las Horas “observan las obras de los mortales hombres”, y a estos las Moiras “permiten / el bien y el mal conocer”, Zeus no tiene margen de maniobra sobre las decisiones humanas. Homero ya lo ha advertido (Odisea, I, 32-34). La diferencia es que Hesíodo, al apuntar a la entronización, señala así el momento exacto en que el ritual de máxima delegación de poder entre inmortales y mortales empalma con la suma abstracción del dios que, por no poder tomar ni lanzar por sí mismo las rocas, funda su impotente principio universal de jurisdicción.
