La walkiria, el verso en un beso
Resuelto a irrumpir en el legendario horizonte que insufla voz a las Eddas y al Cantar de los Nibelungos, y bajo el acicate de Mitología alemana (1835), de Jacob Grimm, Richard Wagner ancla la mirada en la genealogía del poder que mantiene cautiva la sensualidad. En la exploración de las causas, el autor remonta su Anillo del Nibelungo (1848-1874) al tiempo en que los hombres aún no asoman al drama. Así, mientras el poeta invierte la secuencia de la fantasía, el músico —salvo en lo que atañe a la partitura de La walkiria, esbozada antes de concluir el conjunto de los textos—, escolta los pasos del orden sucesivo, desde el robo del metal precioso que custodian las ondinas hasta la despedida de Wotan. En El oro del Rin, La walkiria, Sigfrido y El ocaso de los ídolos, el intelectual busca, sin ambages, denigrar el andamiaje discursivo de la institucionalidad, tanto en el proceso creativo como haciendo publicidad entre sus círculos. “En todos nosotros está enraizado el sentido de la servidumbre: en toda Francia nadie sabe que somos seres humanos”, escribe a Ernst Kietz el 30 de diciembre de 1851, cuando ya ha comprendido que la muerte de Sigfrido es solo un aspecto de lo que constituirá una monumental tetralogía. “No desespero por el futuro. Solo la revolución más terrible y aniquiladora podrá trocar nuevamente a nuestras bestias civilizadas en ‘seres humanos’”, añade.
La crítica a las bestias civilizadas alcanza notable síntesis en La walkiria, donde Siglinda, casada con Hunding, se une en amor a Sigmundo, su hermano gemelo, quien al terminar el primer acto remarca el carácter adúltero e incestuoso de ese lazo que dejará descendencia. “Esposa y hermana / eres para tu hermano; / ¡florezca para nosotros / la sangre de los Wälsungos!”, proclama, señalando, de ese modo, que ambos son hijos de Wotan. Fricka, la consorte del dios, sabe que dichos vástagos de Wotan son bastardos, y, por ello —pese a las instrucciones de este a Brunilda para que proteja a Sigmundo en la contienda frente a Hunding—, demanda a la soberana divinidad no dejar impune a la pareja. La tensión, declarada en el segundo acto, imprime una grave tonalidad a las palabras del dios, que las pronuncia exactamente al hacerse oír los trombones, junto a los cuales una escala descendente de las cuerdas profundas acompasa el desarrollo de los versos: “Impío / considero el juramento / que une a los que no se aman”, advierte Wotan respecto del vínculo conyugal entre Hunding y Siglinda, antes de agregar: “y espero por ello que / no pretenderás exigir de mí / que ayude en lo que no te concierne; / ya que allí, donde las fuerzas libres se agitan, / yo las incito abiertamente a la lucha”. Como se ve, el texto es siempre anticipatorio, e igualmente la reacción de Fricka. “¿Se acabaron por ventura / los eternos dioses, / desde que engendraste a los salvajes Wälsungos? / ¿Me he expresado bien? / ¿Estoy en lo cierto? / Nada te importa de la austera / y sagrada estirpe; así rechazas todo / lo que antes respetabas / y rompes los lazos / que tú mismo ataste”, sentencia la furiosa deidad. Consciente de la derrota que ella le inflige y del consiguiente castigo que espera a Sigmundo, el rey de los dioses contesta ahora hiriendo a Fricka de otra manera, abriendo camino hacia la caída de todas las divinidades. No sin razón, la diosa correlaciona los adulterios de Wotan y el amor entre los gemelos, pero el monarca le asesta un golpe aun sabiendo que se hundirá también él. “Nada podrías comprender; en vano me empeñaría en explicarte / lo que jamás podrías interpretar / antes que surja el hecho a la luz del día”, le espeta poco después, sugiriendo que, en ausencia de entendimiento, su compromiso marital es un espejismo.
Al acercarse Brunilda a la escena, justo antes de que Wotan selle el pacto que acata la imposición de Fricka, se oye por primera vez, tímido y viniendo desde lejos, el motivo de la Cabalgata de las walkirias, conducido por dos cornos sobre un agitado fondo de cuerdas. A diferencia de la diosa, la walkiria más amada por Wotan entiende la tristeza de su padre cuando todavía este no le ha dado la contraorden que condena a muerte a Sigmundo. Una y otra vez, la Cabalgata es resignificada a lo largo de la obra, y, de hecho, la propia sonoridad de los versos redirige su sentido para llevar el adulterio y el incesto hacia una más alta cumbre en La walkiria. En esta pieza, el poeta abandona la rima consonante hasta entonces característica de la estrofa alemana, y si el músico incorpora una métrica elástica, el poeta y el músico se dan cita en la pronunciación de la unidad silábica, a la que empapan de aliteraciones. En el primer acto, por ejemplo, el juego de consonantes resulta ya evidente en la voz de Sigmundo. “Winterstürme wichen / dem Wonnemond / in milden Lichte / leuchtet der Lenz; / auf lauen Lüften, / lind und lieblich, / Wunder webend, / er sich wiegt” (“El tormentoso invierno huyó / y en la deliciosa luna / de apacible luz / resplandece la primavera; / en el aire tibio, / tierna y amorosa, / tejiendo maravillas, / ella se mece”). Un efecto fundamental de esa maniobra consiste en que la vocalización del texto se detiene mucho más en cada pasaje. El mismo procedimiento intensifica su fruto palpable en un breve fragmento del segundo acto, cuando Wotan exclama a Brunilda: “¡Ein Siegschwert / schwingt Siegmund; / schwerlich fällt er dir feig!” (“Una espada victoriosa / blande Sigmundo; / difícilmente caerá sin resistir”). Hacia el cierre del tercer acto y final, el hablante lírico vuelve a demorar la palabra, y ahora, literalmente, el verso paladea la mirada. Aludiendo a la walkiria y sus ojos, el dios habla de su táctil arrebato: “Zum letzen Mal / lezt’ es mich heut / mit des Lebewohles / letztem Kuß!” (“Por última vez / me solazo hoy en ellos, / dándoles, del adiós, / el último beso”). Wotan y Brunilda escalan, de ese modo, el supremo peldaño de lo que las bestias civilizadas llamarían doble crimen. En ese instante mueren, pues lo que había de divino en ellos se ha trocado en humano.
Helena da Viani Vidman
