Los dardos de Ártemis y Artemisia
Cuentan los antiguos que cuando la flota de Agamenón se alistaba a zarpar en Áulide, una quietud radical envolvió sus naves, impedidas así de avanzar hacia Troya. En ese trance, el adivino Calcante advirtió al rey que Ártemis fue quien detuvo la ruta de los aqueos por mar. La diosa cazadora estaba furiosa tanto porque Atreo incumplió la promesa de sacrificar para ella la cordera dorada de su rebaño (Apolodoro. Epítome, 2, 10), como porque el propio monarca de Micenas, tras lancear a un ciervo, dijo, ufano: “¡Ni Ártemis!”. Si quisiera reanudar la marcha en medio de la guerra, indicó el vidente al soberano, este tendría que sacrificar a la más bella de sus hijas, Ifigenia, como ofrenda a la divinidad. Con Agamenón a punto de degollar a su retoño, la divinidad flechadora la raptó, convirtiéndola en una de las sacerdotisas de su culto en Táuride, al tiempo que poniendo en su lugar en el altar a un ciervo (Epít., 3, 21-22), y, según algunos, inmortalizando a la muchacha (Eurípides. Ifigenia en Áulide, 1581 ss.). Tras pasar de la era heroica a la histórica, el rey persa, Jerjes I, pagó con caros dardos la decisión de arremeter por mar contra los griegos en el marco de las Guerras Médicas, desoyendo, según Heródoto, el consejo que le diera Artemisia, reina de Halicarnaso. “No hago mención de los demás comandantes, pues no estoy obligado a ello, pero sí de Artemisia, por quien tengo la mayor admiración, pues, aunque mujer, marchó en la expedición contra Grecia”, anota la Historia, donde se explica que participó en la Batalla de Salamina, en 480 a.C., “por su brío y valor, sin tener obligación alguna, porque como su marido había muerto y su hijo era mozo, ella lideraba la tiranía”. La jerarca aportó cinco embarcaciones, las más famosas después de las de los sidonios, y “ella fue la que proporcionó al rey los mejores consejos” (VII, 99).
El cronista relata que Jerjes, quien ya había tomado Atenas, instruyó al comandante Mardonio preguntar a los soberanos, uno a uno, qué hacer frente a los griegos, y que todos coincidían en navegar y atacar. A su turno, sin embargo, Artemisia discrepó. “Guarda tus naves y no des combate por mar, pues por mar esos hombres son tan superiores a los tuyos como los hombres a las mujeres”, señaló, y aunque mucho agradeció él su exhortación, “ordenó obedecer a la mayoría” (VIII, 68-69). Pese a la amplia superioridad numérica de los persas, la ordenada formación de las fuerzas griegas mostró que la habitual desorganización en las filas de Jerjes conduciría a la derrota de las últimas. Acatan- do la desafortunada resolución, la tirana lideró la ofensiva de su flota, causando estragos a los helenos con tal arrojo que su propia embarcación quedó pronto como la más cercana a los adversarios, uno de cuyos navíos empezó a perseguirla peligrosamente y sin darle margen para una huida. En esa coyuntura, la reina sorprendería cambiando alternativamente, a conveniencia, la bandera del mástil por una ateniense, y dirigiendo sus saetas contra un barco aliado, tripulado por hombres de Calinda, incluido su rey, Damasítimo, hundiéndolo sin dejar sobrevivientes que atestiguaran contra ella. Creyendo entonces que Artemisia era griega, o bien que había desertado, el capitán asediante desistió, lo que dio espacio a ella para retirarse de la refriega. Los persas, en tanto, refirieron las proezas de la monarca a Jerjes, cuya estima hacia su persona se elevó aún más, y sentenció ante sus tropas: “Mis hombres se han convertido en mujeres y mis mujeres en hombres” (VIII, 87-88). Irritados, los atenienses ofrecieron diez mil dracmas para quien cogiese viva a Artemisia (VIII, 93), mientras que, en adelante, Jerjes la llamó a consejo y siguió su recomendación (VIII, 101-103).
Narrada como cierta, la ficción de Heródoto busca enlodar la moral persa, pero, especialmente, deslizar por esa vía una reflexión en torno a la tiranía. El historiador apunta a situar el papel de la democracia en el afianzamiento de los griegos como potencia. “Mientras estuvieron regidos por una tiranía, no aventajaban a ninguno de sus vecinos en el terreno militar, y, en cambio, al desembarazarse de sus tiranos, alcanzaron una clara superioridad”, sostiene el autor (V, 78). De cualquier modo, el análisis sugerido por su Historia es más elaborado y complejo que ese tan citado pasaje y, desde luego, se aparta de los recetarios. El tirano Jerjes descarta el primer consejo de la tirana Artemisia: la ruina militar de los persas es literalmente el resultado de obedecer a la mayoría, y un ejercicio análogo ofrece la obra al imaginar el debate entre siete nobles persas sobre el mejor régimen posible tras la muerte de Cambises. Otanes se declaró “partidario de que un solo hombre no llegue a contar en lo sucesivo con un poder absoluto entre nosotros” (III, 80); Megadizo, defensor de la oligarquía, propuso que “escojamos un grupo de los más excelentes varones y confiémosles el poder” (III, 81), y Darío, cuyo parecer se impone, pide confiar el mando a “un solo hombre excelente” (III, 82). Los cuatro que no habían hablado adhirieron a la opinión de Darío (III, 83). Es decir, no basta ser mayoría en una asamblea o en un grupo para que haya democracia: se requiere inteligencia. Tampoco navega muy lejos la democracia si esta, ignorante, subestima la tiranía o, como Agamenón, a una luchadora divinidad.
Helena da Viani Vidman
