Ilíada y Odisea: la brecha entre dos composiciones
La tradición que conocemos —e ignoramos— bajo las señas de Homero, pronunciando su nombre para evocar los hechos de Troya y el regreso de Odiseo a Ítaca, no puede imputar a ambas obras la misma autoría, sea esta la leyenda sobre un creador ciego o la elaboración colectiva de una sociedad de aedos. A falta de certezas, el apelativo único con que son recordadas las dos piezas puede resultar razonable, pues ellas ensamblan sus tramas y comparten una misma forja: el hexámetro dactílico. Sin embargo, sus tiempos míticos son incompatibles. Si en la Ilíada impera Zeus y los nombres de Urano y Crono constituyen un vestigio marginal, en la Odisea no hay una sola mención al dios del cielo. La degradación del padre y del abuelo de la deidad del rayo halla su símil en el régimen marital del Olimpo, donde Hera ya sustituye a Metis y a Temis como cónyuge del soberano: la primera es omitida en ambos poemas, y mientras la segunda sostiene un doble rol en el conflicto entre aqueos y troyanos, sirviendo la copa a su sucesora (Il., XV, 87 ss.) y convocando a las divinidades a asamblea (Il., XX, 4 ss.), en la travesía del monarca a Ítaca la diosa es apenas aludida una vez, y de manera retórica (Od., II, 68-69). Que el poder de las inmortales cae con el paso del tiempo también lo ilustra Iris; mensajera clave en la Ilíada, desaparece en la Odisea. Pero hay más. Caris, la esposa de Hefesto en aquella (Il., XVIII, 408-409), sencillamente no existe en esta, donde la consorte del dios herrero es Afrodita (Od., VIII, 261 ss.). A la inversa, Penélope, figura central en la vuelta de Odiseo, no registra alusión alguna en la epopeya de Ilión. Consígnese, asimismo, la brecha en el catálogo de los monstruos. En la Ilíada se cita de paso a Tifón (Il., II, 782-783), Gorgona (Il., V, 741), Quimera (Il., VI, 179), Cérbero (Il., VIII, 368), los Centauros (Il., XI, 832) y Ceto (Il., XX, 145-147), ninguno de los cuales interviene en la acción; en la Odisea, en cambio, participan en los acontecimientos Polifemo y los Cíclopes (Od., I, 69-71; IX, 403 ss.), Antífate y los lestrigonios (Od., X, 106 ss.), Caribdis (Od., XII, 104 ss.; XXIII, 327), Escila (Od., XII, 84 ss.; XXIII, 328) y las Sirenas (Od., XII, 39 ss; XXIII, 326), completando el desfile los Gigantes (Od., VII, 59, 206; X, 120), Cérbero (Od., XI, 623-625), Gorgona (Od., XI, 635) y el centauro Eutirión (Od., XXI, 295, 303).
Desde el punto de vista estilístico, por lo demás, en la Odisea gravitan las historias dentro de la historia. Ese mismo encadenamiento de frecuencia monstruosa, próximo a la leyenda y al relato popular, aparece en episodios como aquel en que Hefesto descubre a Afrodita yaciendo con Ares (Od., VIII, 266 ss.), o en el seriado retrato de personajes que hace Odiseo al entrar al Hades (Od., XI, 51 ss.). Lejos de la narración paulatina, en tanto, el flashback irrumpe con fuerza en el regreso del héroe a su palacio, particularmente a través de la anagnórisis, cuando el protagonista se reencuentra con Argo, su perro (Od., XVII, 290 ss.), y cuando la esclava Euriclea reconoce en el monarca la herida que un jabalí le infligió en la adolescencia (Od., XIX, 386 ss.). También el modelo de metáfora separa aguas. En la Ilíada ese recurso adopta la forma de paralelo, y su ejemplo mayor es la caza, expresada en una veintena de casos, como en el trance en que Diomedes y Odiseo persiguen a Dolón, “cual dos perros de dientes agudos muy diestros cazando, / por los bosques acechan a un ciervo pequeño o a una liebre” (Il., X, 360 ss.). Mas, en la Odisea, las referencias a la caza apuntan a hechos reales, y no a analogías. Aquí la metáfora apela, más que a una correspondencia, a una implicancia que bordea la metonimia, como cuando Atenea “largo rato detiene la noche” para prolongar el placer de los esposos en el lecho (Od., XXIII, 241-246). Ese modelo de belleza en el verso empieza a alejarse del tono épico y a acercarse a la lírica mélica que en los siglos siguientes componen, entre otros, Alceo, Safo y Píndaro. Los escritos bíblicos aluden a una imagen semejante cuando Josué ordena al sol y a la luna pararse, aunque, claro está, no para hacer el amor, sino la guerra (Josué, 10:12-13).
Por otra parte, la idea de justicia sitúa en veredas opuestas los dos textos, lo que no significa que Zeus evolucione hacia la ecuanimidad, sino que los énfasis discursivos buscan en la Odisea cubrir de legitimidad sus decisiones, las que, a su turno, en la Ilíada son expuestas como zigzagueantes arbitrariedades. La divinidad se burla de Paris y Menelao cuando, batiéndose a duelo, intentan zanjar la disputa por Helena. Tras arrojar aquel contra este su lanza y acertar en el broquel, el arma se dobla. Luego, cuando el Atrida empuña el bronce, eleva una plegaria a Zeus para que haga sucumbir al hijo de Príamo y “para que también los hombres venideros se estremezcan / de hacer mal al que aloje a un huésped y le ofrezca amistad”. Aunque su lanza llega a destino, Paris esquiva la muerte, y al blandir el rey espartano su espada y golpear con ella el casco del príncipe, el arma se rompe, “desmenuzada en tres o cuatro partes”. Menelao vuelca entonces su furia contra la deidad: “No hay dios más execrable que tú” (Il., III, 340 ss.). Sin embargo, maldecir de ese modo a Zeus no solo no cuesta al blasfemo una condena; al contrario, será, como se sabe, uno de los pocos héroes que vuelva a reinar (Od., IV, 1 ss.). Y el afán de amenaza y venganza inspira al dios incluso contra sus pares. “¿No recuerdas cuando estabas suspendida en lo alto y de los pies / te colgué sendos yunques y te rodeé las manos con una cadena / áurea e irrompible?”, pregunta a Hera (Il., XV, 18 ss.). En la Odisea, por contraste, el concepto de justicia, en cuanto equidad y rectitud, se desarrolla en más de medio centenar de pasajes, al punto de convertirse la expresión “conforme a lo justo” (κατά μοΐραν) en un lugar común (Od., III, 331; IV, 266; VII, 227;VIII, 141; VIII, 397…). No obstante, hacia el cierre de la obra, Zeus señala a Atenea “lo que es justo: / ya que así se vengó de esos mozos el divino Odiseo, / hagan las paces juradas y él siga reinando por siempre”; ello, a pesar de la matanza de los pretendientes y de las esclavas en Ítaca, o de la muerte perpetrada contra los hombres de Ismaro, el rapto de sus mujeres y el saqueo de la ciudad. (Od., XXIV, 481-483). Por cierto, el deseo de Zeus no se cumple, y el rey itacense debe errar y encontrar la muerte, pero el dios de la Odisea ya se asemeja a ese sucesor suyo ante el cual empalidece y que hasta hoy naturaliza el genocidio, la violación y el despojo (Números, 21:1-3; 21:33-35; 25:1-18; 31:1-54; 33,50-56).
David Hevia
