Edgar Allan Poe: El principio poético (1850)
Al referirme al principio poético no me propongo nada completo ni profundo […]. Y aquí, desde el comienzo, permítaseme decir dos palabras sobre un principio un tanto peculiar que, con razón o sin ella, ha influido siempre en mi estimación crítica de un poema. Sostengo que no existe poema extenso. Afirmo que la expresión “poema extenso” no es más que una contradicción de términos.
Apenas necesito hacer notar que un poema merece esta denominación en la medida en que estimula y eleva el alma. El valor del poema se halla en relación con el estímulo sublime que produce. Pero todas las excitaciones son, por necesidad psíquica, efímeras. El grado de excitación que hace a un poema merecedor de este nombre no puede ser mantenido a lo largo de una composición extensa. Pasada media hora como máximo, flaquea y cae; se produce una reacción, y el poema deja de ser tal en sus efectos y en su realidad.
Muchos, sin duda, se habrán visto en dificultades para conciliar la sentencia crítica de que El Paraíso perdido debe ser admirado en su conjunto, con la absoluta imposibilidad de mantener durante la lectura la suma de entusiasmo que dicha sentencia crítica demanda. En realidad, esta gran obra solo debe ser considerada poética cuando, dejando de lado el requisito vital de todas las obras de arte: la Unidad, la contemplamos como una serie de poemas menores. Si a fin de preservar su unidad (su totalidad de efecto o impresión) la leemos de una sola vez como sería necesario, su resultado será una continua alternancia de excitación y depresión. Después de un pasaje en el que reconocemos la verdadera poesía, sigue inevitablemente otro lleno de insipidez que ningún prejuicio crítico podrá forzarnos a admirar; pero si, terminada la obra, la leemos de nuevo, omitiendo el libro primero para entrar directamente en el segundo, nos sorprenderá encontrar admirable lo que anteriormente condenábamos, y condenable lo que previamente habíamos admirado tanto. De esto se sigue que el efecto final y acumulado, el efecto absoluto de la mejor epopeya jamás publicada, equivale a cero; y de esto precisamente se trata.
Con respecto a la Ilíada, a falta de pruebas positivas tenemos muy buenas razones para creer que consistía en una serie de poemas líricos; de todos modos, aceptando su intención épica, solo puedo decir que la obra se basa en un sentido imperfecto del arte. La epopeya moderna no es más que una irreflexiva y ofuscada imitación de un dudoso modelo antiguo. Pero el tiempo de esas anomalías artísticas ha pasado. Si en ciertas épocas algunos poemas muy extensos fueron realmente populares —cosa que dudo—, por lo menos resulta evidente que ningún poema largo volverá a serlo jamás.
Que la extensión de una obra poética sea, ceteris paribus, la medida de su mérito, parece una afirmación harto absurda apenas la enunciamos; sin embargo, se la debemos a las revistas trimestrales. Nada puede haber en el mero tamaño, considerado abstractamente, y nada en el mero bulto, si se refiere a un volumen; sin embargo, he ahí lo que provoca de continuo la admiración de esas saturninas publicaciones. Una montaña nos comunica la sensación de lo sublime por el mero sentimiento de magnitud física que provoca; pero nadie reacciona en esa forma frente al tamaño material de la Columbiada. Ni siquiera las revistas trimestrales nos han enseñado a dejarnos impresionar por ella. Nos han insistido, hasta ahora, en que juzguemos a Lamartine por pies cúbicos o a Pollock por libras; pero, ¿qué debemos inferir de su continua parlería sobre “el sostenido esfuerzo”? Si cualquier buen señor ha completado una epopeya mediante “un sostenido esfuerzo”, encomiémoslo francamente por dicho esfuerzo —si, en realidad, se trata de algo encomiable—, pero no alabemos una epopeya a cuenta de tales esfuerzos. Es de esperar que, en tiempos venideros, el sentido común preferiría pronunciarse sobre una obra de arte por la impresión que causa, por el efecto que logra, y no por el tiempo que requiere para imprimir ese efecto o por el monto del “sostenido esfuerzo” necesario para obtener esa impresión. La cuestión está en que la perseverancia es una cosa y el genio otra muy distinta; todas las revistas trimestrales de la cristiandad no lograrían confundirlos. Poco a poco esta afirmación, junto con otras que acabo de hacer, se volverán evidentes. Por el momento, su verdad no sufrirá esencialmente por el hecho de que en general se las condene como falsas.
Por otra parte, resulta claro que un poema puede ser inapropiadamente breve. La brevedad indebida degenera en lo epigramático. Un poema muy corto puede producir a veces un efecto brillante y vívido, pero jamás profundo o duradero. Es necesario que el sello presione firmemente la cera. Béranger ha producido innumerables composiciones tan vivas como estimulantes, pero, en general, demasiado imponderables para estamparse profundamente en la atención pública; como muchas plumas de la fantasía, fueron solapadas hacia lo alto tan solo para que se las llevara el viento.
Mientras la manía épica —la idea de que la prolijidad es indispensable al mérito poético— se ha ido borrando gradualmente de la opinión pública por el solo hecho de ser absurda, la vemos reemplazada por una herejía demasiado falsa para que se la tolere largo tiempo, aunque en el breve período que lleva de actividad ha hecho más por la corrupción de nuestra literatura poética que todos sus otros enemigos combinados. Aludo a la herejía de lo Didáctico.
Se ha supuesto, tácita y confesadamente, en forma directa e indirecta, que la finalidad de toda Poesía es la Verdad. Cada poema, se afirma, debería inculcar una moraleja, y el mérito poético de la obra habrá de juzgarse conforme a aquélla. Nosotros, los norteamericanos, hemos patrocina- do tan feliz idea, y los bostonianos, muy en especial, la hemos llevado a su completo desarrollo. Nos hemos metido en la cabeza que escribir un poema simplemente por el poema mismo, y reconocer que esa era nuestra intención, significa confesar una falta total de dignidad poética y de fuerza. Pero la verdad es que, si nos atreviéramos a mirar en el fondo de nuestro espíritu, descubriríamos inmediatamente que bajo el sol no hay ni puede haber una obra más digna ni de más suprema nobleza que ese poema, ese poema per se, ese poema que es un poema y nada más, ese poema escrito solamente por el poema en sí.
Con una reverencia por la Verdad tan profunda como la que puede sentir cualquier corazón humano, quisiera sin embargo limitar en alguna medida sus modos de inculcación. Quisiera limitarlos a fin de darles más fuerza. No quisiera debilitarlos por prodigalidad. Las exigencias de la Verdad son severas. No tiene ninguna simpatía por los mirtos. Todo lo indispensable a la Poesía es precisamente aquello con lo cual la Verdad nada tiene que ver. Adornarla con gemas y con flores es hacer de ella una ostentosa paradoja. Para reforzar una verdad, necesitamos un lenguaje severo antes que florido. Debemos ser sencillos, precisos, sucintos. Debemos ser fríos, serenos, desapasionados. En una palabra, debemos hallarnos en ese estado de ánimo que representa, de manera casi absoluta, el reverso del estado poético. Ciego tiene que estar aquel que no perciba las radicales y abismales diferencias entre los modos de inculcación de la verdad y la poesía. Tiene que estar incurablemente atacado de la manía teórica aquel que, a pesar de tales diferencias, persista en la tentativa de reconciliar esos contrarios, el agua y el aceite de la Poesía y la Verdad.
Si dividimos el mundo del espíritu en sus tres distinciones más inmediatamente evidentes, hallamos el Intelecto Puro, el Gusto y el Sentido Moral. Coloco el Gusto en el medio, pues es la posición que ocupa en el espíritu. Mantiene íntimas relaciones con ambos extremos; pero la diferencia que lo separa del Sentido Moral es tan leve que Aristóteles no vaciló en incluir algunas de sus operaciones entre las virtudes mismas. No obstante, encontraremos que las funciones de ese trío aparecen suficientemente separadas. Así como el Intelecto se ocupa de la Verdad, así el Gusto nos informa sobre lo Bello, mientras el Sentido Moral se preocupa del Deber. Con respecto a este último, la Conciencia nos enseña su obligación, y la Razón su conveniencia, mientras el Gusto se contenta con manifestar sus encantos, librando batalla al vicio tan solo porque es deforme, desproporcionado y porque está en contra de lo digno, de lo apropiado, de lo armonioso –en una palabra, de la Belleza.
Un instinto inmortal, profundamente arraigado en el espíritu del hombre: tal es, claramente, el sentido de lo Bello. Es él quien contribuye a deleitarlo en las múltiples formas, sonidos, perfumes y sentimientos en medio de los cuales vive. Y así como el lirio se refleja en el lago, o los ojos de Amarilis en el espejo, así la mera repetición oral o escrita de esas formas, sonidos, colores, perfumes y sentimientos constituye una duplicada fuente de deleite. Pero esta mera repetición no es poesía. Aquel que se limite a cantar los suspiros, sonidos, perfumes, colores y sentimientos que lo acogen al igual que a todos los hombres, no alcanzará con ello a probar que merece tan divino título, por más ardiente que sea su entusiasmo o vívida y verdadera su descripción. Hay algo a la distancia que aún no le ha sido posible alcanzar. No nos ha mostrado todavía las cristalinas fuentes donde podremos saciar nuestra sed inextinguible. Esta sed es propia de la inmortalidad del hombre. Es a la vez consecuencia e indicación de su existencia perenne. Es el ansia de la falena por la estrella. No se trata de la mera apreciación de la Belleza que nos rodea, sino un anhelante esfuerzo por alcanzar la Belleza que nos trasciende. Inspirados por una extática presciencia de las glorias de ultratumba, luchamos mediante multiformes combinaciones de las cosas y los pensamientos temporales para alcanzar una parte de esa Hermosura cuyos elementos, quizá, pertenecen tan solo a la eternidad. Y así cuando gracias a la Poesía o a la Música —el más arrebatador de los modos poéticos— cedemos al influjo de las lágrimas, no lloramos, como supone el abate Gravina, por exceso de placer, sino por esa petulante e impaciente tristeza de no poder alcanzar ahora, completamente, aquí en la tierra, de una vez y para siempre, esas divinas y arrebatadoras alegrías de las cuales alcanzamos visiones tan breves como imprecisas a través del poema o a través de la música.
La lucha para aprehender la Hermosura celestial —librada por aquellas almas preparadas para semejante lucha—, ha dado al mundo todo lo que era capaz de comprender y sentir a la vez como poético.
El Sentimiento Poético puede, como es natural, desarrollarse en diversas modalidades: Pintura, Escultura, Arquitectura, Danza, muy especialmente en Música, y, de manera muy peculiar y con mucha amplitud, en la composición de Jardines Decorativos o de Paisajes. Nuestro tema, sin embargo, consiste solamente en sus manifestaciones verbales. Aquí se me permitirá referirme brevemente al ritmo. Contentándome con la certidumbre de que la Música –en sus diversos aspectos: metro, ritmo y rima– tiene tanta importancia en la Poesía, que no sería sensato rechazarla, y que su ayuda es tan vitalmente importante que solo un tonto la declinaría, no me detendré a afirmar su absoluta esencialidad. Quizá sea en la Música donde el alma alcanza de más cerca el alto fin por el cual lucha cuando el Sentimiento Poético la inspira: la creación de Belleza celestial. Puede ser que tan sublime fin sea realmente alcanzado por ella alguna que otra vez. Con frecuencia nos ocurre sentir con estremecedor deleite que de un arpa terrenal surgen notas que no pueden ser extrañas a los ángeles. No cabe duda, pues, de que, en la unión de Poesía y Música, en su sentido popular, encontraremos el más vasto campo para el desarrollo poético. Los antiguos bardos, los Minnesingers, poseían ventajas que hoy nos faltan, y cuando Thomas Moore cantaba sus propias canciones, las perfeccionaba como poemas de la manera más legítima.
Recapitulemos. Brevemente, definiría la Poesía verbal como la Creación Rítmica de Belleza. El Gusto es su único árbitro. Con el Intelecto o con la Conciencia, solo guarda relaciones colaterales. Como no sea incidentalmente, no tiene nada que ver con el Deber ni con la Verdad.
Fragmentos de El principio poético, de Edgar Allan Poe (1850).

