Iris, la desnuda divinidad

    Nieta de Gea, hija de Taumante y Electra, así como hermana de las Harpías, Iris, la joven alada y de raudos pies, remonta su origen a una fase más arcaica respecto de la reciente irrupción del también mensajero Hermes, retoño de Zeus y Maya. La brecha hace foco en un atributo esencial de la diosa que personifica al arcoíris (ἶρις), con miras a cuya comprensión conviene recordar la forma en que el panteón trastoca su propia fisonomía con tal de esconderla de los hombres. De ese modo, si el monarca olímpico se convierte en toro ante Europa (Apolodoro. Biblioteca, III, 1,1), o en cisne para seducir a Leda (III, 10, 7), Hera imita la imagen de la nodriza de Sémele para propiciar la caída de esta (Ovidio. Metamorfosis, III, 273 ss.), Atenea toma la figura de Fénix para dialogar con Menelao (Homero. Ilíada, XVII, 551 ss.), Poseidón se dirige a Idomeneo adoptando la voz de Toante (XIII, 215 ss.), etcétera. Asimismo, el papel de Hermes como correo está desde un comienzo estrechamente asociado al engaño. En efecto, cuando Oto y Efialtes atan y encierran por trece meses en una tinaja broncínea a Ares, el Argicida, informado de ello por Eeribea, “libró furtivamente” al dios guerrero (V, 385 ss.). Su recurso a la simulación se hace habitual en el Canto XXIV de la Ilíada, donde, para acercarse a los troyanos, “comenzó a andar tomando la figura de un joven príncipe” (347 ss.), y al abordar a Príamo dice ser escudero de Aquiles e hijo del mirmidón Políctor (387 ss.). En la Odisea, en tanto, el carácter embustero de tal inmortal se hace patente cuando el narrador afirma que a Autólico, abuelo materno de Odiseo “mucho renombre / daban fraudes y robos de un dios aprendidos, de Hermes” (XIX, 394 ss.). Allí, en la mentira, se consolida para él la jerarquía que antaño tuviese Iris. Y es que el héroe, de regreso en Ítaca, pero aún de incógnito, habla al porquero Eumeo “del gran Hermes, el dios mensajero que presta / lustre y gracia a las obras de todos los hombres” (XV, 319-320).

    Iris, sin embargo, ya no tiene participación alguna en la Odisea, donde lo más parecido a su rastro consiste en la alusión a Arneo, mendigo al que los muchachos llaman Iro, “por servirles al uno y al otro llevando mensajes” (XVIII, 1-7), y que tendrá el desatino de desafiar al rey itacense —caracterizado como vagabundo— a una pelea: “Iro / será pronto no Iro” (72-73). La Ilíada, no obstante, reserva una estatura mayor a la ninfa, situándola a distancia del usual juego de máscaras de las demás deidades. Incluso al adoptar la voz de Polites para hablar a los troyanos, “Héctor no ignoró que eran palabras de la diosa” (II, 786-807). Y aun caracterizada como Laódica ante Helena, da suficientes pistas para que esta comprenda quién es, tanto porque le anticipa que verá “hechos increíbles / de troyanos, domadores de potros, y de aqueos, de broncínea túnica”, como porque le anuncia que Paris y Menelao lucharán por ella, de suerte que “del que resulte vencedor seguramente te llamarás esposa” (III, 121 ss.). En cuanto representación del arcoíris, es decir, puente entre el cielo y la tierra, conversa con los hombres presentándose tal como es, y tan plena desnudez de la divinidad se hace más explícita en su interlocución con Héctor, a quien advierte que se aleje de la lucha, acudiendo para ello a la expresión “Zeus padre me ha enviado a explicarte lo siguiente” (XI, 199-209). Mucho después, de todos modos, Iris protagoniza, por encargo de Hera, un engaño de envergadura y audacia, que no nubla el conocimiento a aqueos ni troyanos, sino a los dioses. El objetivo es comunicar a Aquiles que debe armarse. “¡Diosa Iris! ¿Qué dios te ha enviado a mí como mensajera?”, inquiere el héroe. “Hera me ha enviado, la insigne esposa de Zeus; / pero no lo sabe el Crónida, de sublime asiento, ni ningún / otro de los inmortales que habitan en el muy nevado Olimpo”, le revela aquella en su respuesta (XVIII, 165 ss.). El encuentro entre la alada heraldo y el semidiós no constituye un detalle. Por una parte, burla al soberano olímpico; por otra, comparte con Aquiles el mismo epíteto, pues son de los pies ligeros la una (II, 790, 795; III, 129, etc.) y el otro (I, 58; IX, 196, etc.). Dicha fórmula, como se sabe, sugiere la inevitable muerte que espera a Aquiles. ¿Semejante sino espera a Iris? Así se infiere de la sutil conexión que desliza Homero en el desenlace de la obra, cuando ella parlamenta con Príamo para que ablande el ánimo a Aquiles y de él obtenga el cadáver de Héctor. Ante Hécuba, el rey de Ilión subraya el rango superior de la diosa: “Un olímpico ha venido de parte de Zeus a decirme / que vaya a las naves de los aqueos a rescatar a nuestro hijo” (XXIV, 159 ss.). El concepto de relevo permite entender cómo, tras la muerte de Patroclo, el deceso de Aquiles seguirá al de Héctor. De igual forma, si Iris allana el camino de Príamo hacia el cuerpo de Héctor, es Hermes quien la reemplaza en la tarea de escoltar a ambos esquivando a los aqueos, “sin que nadie lo notara” (679 ss.). La emisaria halla su propio fin al cerrar su conversación con Príamo, como insinúa el poema, pues, del repertorio de apelativos que le son asignados —la de pies como el viento (V, 353), la de áureas alas (VIII, 398), la veloz (VIII, 399), la mensajera de los inmortales dioses (XV, 144), la divina (XV, 206)—, la última mención a la nieta de Gea vuelve sus pasos, en cambio, precisamente sobre el epíteto que la entronca con Aquiles. “Tras hablar así, se marchó Iris, la de los pies ligeros” (XXIV, 188), sentencia el verso que canta su muerte y la humaniza.


David Hevia

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