Heródoto, el verso en la prosa

    Inaugurada por Heródoto, la prosa imprime una velocidad considerablemente mayor que el verso a la composición de los textos, y sin ese giro formal sería impracticable hacer coincidir la magnitud de la tarea investigativa abrazada por el autor con la redacción armónica, secuenciada y pormenorizada de tales resultados. Sin embargo, en la misma medida en que los registros acusan recibo de ese vuelco técnico que abre paso a su Historia y, desde entonces, a la Historia, cabe constatar que es exactamente el carácter primigenio de la mutación en el modelo escritural lo que invita a detenerse en lo que queda de estrófico en la obra herodotea y que, por cierto, ya no es posible respirar en las páginas de Tucídides y Jenofonte. El intelectual nacido en Halicarnaso no solo no da la espalda a los grandes versificadores; al contrario, funda a partir de ellos su propio trabajo; de allí las evocaciones a Arquíloco (I, 12), Safo (II, 135), Esquilo (II, 156), Píndaro (III, 38), Aristeo (IV, 13), Alceo (V, 95) y Frínico (VI, 21), entre otros. No se trata de una recogida meramente casuística. El recuerdo de los vates constituye el punto en el cual se basa la incursión del cronista. De hecho, aludiendo expresamente a Homero y Hesíodo, señala que “ellos son los que compusieron la teogonía de los griegos, asignaron a los dioses sus sobrenombres, les distribuyeron artes y honores e indicaron sus formas” (II, 53). El planteamiento es, per se, valiente, porque cuestiona de manera frontal el sistema de creencias vigente en una sociedad que iza las banderas teístas y milita en la más disciplinada y variopinta agenda supersticiosa. A renglón seguido, el historiador escala su contienda y las emprende decididamente ya no solo contra los ya referidos supuestos, sino también contra el peldaño más sensible de esa arquitectura, en la medida en que empalma la fe con la institucionalidad: los vaticinios. “Decían los sacerdotes de Zeus tebano que los fenicios se llevaron a Tebas dos sacerdotisas, y vendieron la una de ellas en Libia, según habían averiguado, y la otra en Grecia; esas mujeres fueron las primeras en establecer los oráculos en los pueblos dichos”, sostiene la Historia (II, 54), echando por la borda la más pálida pretensión de imputar un origen divino a las profecías. 


    Sin siquiera tomar en cuenta el frecuente parafraseo versal que ensaya Heródoto entre uno y otro parágrafo, su libro intercala 41 pasajes en los que vuelca las palabras siguiendo estructuras rigurosamente métricas y totalizando, por esa vía, 143 versos, de los cuales solo 11 son de cepa homérica, mientras el resto, salvo muy escasos epitafios, inscripciones y ofrendas, manifiestan oráculos, que apuntan a adivinos como Anfílito (I, 62), Bacis (VIII, 20, 77; IX, 43) o Lisístrato (VIII, 96), aunque, de manera monopólica, representan augurios pronunciados por la pitia de turno en Delfos. Ampliamente reconocida su factura herodotea, la composición de dichas estrofas tiende a la redacción en hexámetros dactílicos, como en VII, 220, cuando no a su armazón armónicamente equivalente, el trímetro yámbico, como en I, 174. Los versos, repartidos a lo largo de toda la obra, matizan la velocidad de la Historia, introduciendo un factor ralentizador que posiciona la prosa de este autor en una suerte de transición entre la parsimonia de la narrativa versal que le precede y la relativamente mayor celeridad que le sucede desde Tucídides y su Historia de la Guerra del Peloponeso. El verso de Heródoto es, asimismo, una amalgama en la que se ensamblan los niveles sagrado, fehaciente y legendario. Desde la perspectiva formal, ello asume y realiza el propósito de decorar el escrito en general y, sobre todo, dar continuidad al relato. Así, cuando los lacedemonios preguntan a la pitia a qué dios deben encomendarse para tomar ventaja sobre sus adversarios tegeatas, la sacerdotisa responde que lograrán su objetivo si recobran los huesos de Orestes, hijo de Agamenón. Como no pueden encontrarlo, vuelven donde la sibila para inquirir esta vez dónde hallarlo. Es entonces que el historiador atribuye a la pitonisa los siguientes hexámetros, bajo estructura en anillo y con centro en la bella plenitud de la iteración: “En un lugar despejado de la Arcadia está Tegea: / dos vientos soplan allí bajo fuerza rigurosa; / golpe y contragolpe suena, y sobre el daño está el daño. / Cubre a Orestes esa tierra, engendradora de vida, / y si a tu patria lo traes, serás campeón de Tegea” (I, 67). Aunque enigmática, la pista despeja el camino al espartano Licas para localizar el cuerpo, momento a contar del cual las luchas entre lacedemonios y tegeatas se inclinan a favor de los primeros. Desde la acera ideológica, en tanto, obsérvese que más de la mitad de los versos se condensa en los últimos cuatro de los nueve libros en que la filología alejandrina divide el texto del investigador halicarnaseo, es decir, exactamente el tramo dedicado a las Guerras Médicas. La intención no es otra que la de legitimar la causa de los griegos por sobre la de los persas, y la estrofa que el historiador pone en boca del mítico adivino Bacis se hace elocuente: “Cuando con loca esperanza el devastador de Atenas / tendiere puente de naves entre la playa sagrada / de Ártemis, la de áurea espada, y la húmeda Cinosura, / extinguirá la justicia a la Soberbia opresora, / vástago de la Violencia, ávida y siempre sedienta. / Bronce chocará con bronce, y Ares teñirá de sangre / el mar. Entonces la augusta Victoria y Zeus fragoroso / traerán para la Hélade el día de libertad” (VIII, 77). Allí otra vez los versos se esculpen en anillo, y otra vez también una hermosa iteración señala el énfasis. Con Tucídides, en cambio, la referencia al verso se repliega ante la oratoria; por ejemplo, recrea in extenso el célebre Discurso fúnebre de Pericles (Historia de la Guerra del Peloponeso, II, 35-46). En otros términos, después de Heródoto la prosa citará a la prosa.


Helena da Viani Vidman

Entradas populares