Elisabeth de Bohemia a René Descartes
La Haya, 16 de mayo de 1643
Señor Descartes,
Con mucha alegría y a la vez con mucha pena me enteré de la intención que tuvo de verme, ya pasados algunos días, conmovida por su caridad de querer comunicarse con una persona ignorante y difícil de instruir, lo estoy también por la mala fortuna que me hurtó una conversación tan provechosa. El señor Pallotti ha acrecentado mucho este último padecimiento, al repetirme las soluciones que usted les ha dado a las oscuridades contenidas en la física del señor Regius, de las cuales hubiera obtenido mejor instrucción de su propia boca, como así también de una pregunta que yo le propuse a dicho profesor, cuando estuvo en esta ciudad, y para cuya explicación, me indicó, debía dirigirme a usted. La vergüenza que siento al mostrar un estilo tan desordenado me ha impedido hasta ahora solicitarle este favor con una carta.
Pero hoy, el señor Pallotti me ha dado tanta garantía de su voluntad para con cada uno, y en particular para conmigo, que he ahuyentado cualquier otra consideración de mi espíritu, salvo la de valerme de ello, rogándole que me diga cómo es que el alma del hombre puede determinar a los espíritus del cuerpo para realizar las acciones voluntarias (siendo que solo es una sustancia pensante). Pues parece que toda determinación de movimiento se hace por el impulso de la cosa movida, y la manera en la cual es empujada por aquella que la mueve, o bien por la cualidad y figura de la superficie de esta última. En las dos primeras condiciones se requiere el contacto, en la tercera se requiere la extensión. Usted excluye por entero a ésta de la noción que tiene del alma, y aquel me parece incompatible con una cosa inmaterial. Por eso le pido una definición del alma más específica de la que ha dado en su Metafísica, es decir, una definición de su sustancia, separada de su acción, el pensamiento. Pues aun suponiéndolas inseparables, como los atributos de Dios (por difícil que sea probarlo no obstante en el vientre materno y en los grandes desmayos), podemos, al considerarlas por separado, adquirir de ellas una idea más perfecta.
Sabiendo que usted es el mejor médico para la mía, le descubro tan libremente las debilidades de esta especulación y espero que, observando el juramento hipocrático, usted aporte a ella algunos remedios, sin publicarlos; lo que le ruego que haga, así como que padezca estas molestias de su afectísima amiga y servidora.
Elisabeth
Egmond aan den Hoef, 21 de mayo de 1643
Señora,
El favor con que su Alteza me ha honrado al permitirme recibir sus órdenes por escrito es mayor del que jamás me hubiera atrevido a esperar; y atenúa mucho más mis defectos que aquel favor que yo había anhelado con pasión, que era recibirlas de sus propios labios, si hubiese podido tener el honor de rendirle reverencia y de ofrecerle mis muy humildes servicios durante mi última estadía en La Haya, pues hubiera tenido entonces demasiadas maravillas que admirar al mismo tiempo; ya que al ver salir discursos más que humanos de un cuerpo tan semejante a aquellos que los pintores dan a los ángeles, hubiese estado encantado, de la misma manera que, parece, deben estarlo los que provenientes de la tierra acaban de entrar en el cielo […].
Y puedo decir con verdad que la pregunta que propone vuestra Alteza me parece aquella que con más razón se me puede plantear luego de los escritos que he publicado. Puesto que, habiendo en el alma humana dos cosas de las cuales depende todo el conocimiento que nosotros podemos tener de su naturaleza, una de las cuales es que ella piensa, la otra, que estando unida al cuerpo, ella puede obrar y padecer con él, yo no he dicho casi nada de esta última, y me apliqué solamente a hacer entender la primera, ya que mi principal intención era probar la distinción que existe entre el alma y el cuerpo; para qué solamente esta pudo servir, y el otro hubiera sido perjudicial. Pero, puesto que vuestra Alteza ve tan claro que no se le puede disimular cosa alguna, intentaré explicar aquí la forma en la que concibo la unión del alma con el cuerpo, y cómo tiene ella la fuerza para moverlo.
En primer lugar, considero que hay en nosotros ciertas nociones primitivas, que son como originales bajo el patrón de los cuales formamos todos nuestros otros conocimientos. Y esas nociones son muy pocas; ya que, luego de las más generales del ser, del número, de la duración, etc., que convienen a todo lo que podemos concebir, solo tenemos, para el cuerpo en particular, la noción de la extensión, de la cual se siguen las nociones de figura y movimiento; y para el alma sola, solo tenemos la del pensamiento, en la cual están comprendidas las percepciones del entendimiento y las inclinaciones de la voluntad; finalmente, para el alma y el cuerpo juntos, solo tenemos la noción de su unión, de la cual depende la de la fuerza que tiene el alma para mover el cuerpo, y el cuerpo de obrar sobre el alma, causando sus sentimientos y sus pasiones.
Considero a su vez que toda la ciencia de los hombres solo consiste en distinguir estas nociones, y en atribuir cada una de ellas solo a las cosas a las cuales pertenecen. Ya que, cuando queremos explicar cualquier dificultad por medio de una noción que no le pertenece, no podemos dejar de confundirnos; como así también cuando queremos explicar una de estas nociones por otra, puesto que, siendo primitivas, cada una de ellas solo puede ser entendida por sí misma. Y en la medida en que el empleo de los sentidos nos ha vuelto mucho más familiares que las demás las nociones de la extensión, de las figuras y de los movimientos, la principal causa de nuestros errores reside en que por lo general pretendemos servirnos de estas nociones para explicar las cosas a las cuales no pertenecen, como cuando uno pretende servirse de la imaginación para concebir la naturaleza del alma, o bien cuando se quiere concebir la forma en la que el alma mueve al cuerpo por aquella en la que un cuerpo es movido por otro cuerpo.
Como en las Meditaciones que vuestra Alteza tuvo la amabilidad de leer intenté hacer que se conciban las nociones que pertenecen solo al alma, distinguiéndolas de aquellas que pertenecen solo al cuerpo, lo primero que debo explicar luego es la forma de concebir aquellas que pertenecen a la unión del alma con el cuerpo, sin aquellas que pertenecen solo al cuerpo o solo al alma. Para lo cual creo que puede servir lo que he escrito al final de mi Respuesta a las sextas objeciones; puesto que no podemos buscar estas nociones simples en otro lugar que en nuestra alma, que las posee a todas en sí por su naturaleza, pero que no siempre las distingue lo suficiente unas de otras, o bien no las atribuye a los objetos a los cuales se les debe atribuir.
De este modo yo creo que se ha confundido la noción de la fuerza por la que el alma actúa en el cuerpo, con aquella en la que un cuerpo actúa en otro cuerpo, y hemos atribuido una y otra, no al alma, pues todavía no la conocíamos, sino a las diversas cualidades de los cuerpos, como la pesantez, el calor y las demás, que hemos imaginado como reales, es decir como teniendo una existencia distinta de la del cuerpo, y por consiguiente como sustancias, aunque las hayamos llamado cualidades. Y hemos usado, para concebirlas, a veces las nociones que están en nosotros para conocer el cuerpo, y a veces las que están allí para conocer el alma, según que lo que les hayamos atribuido haya sido material o inmaterial. Por ejemplo, suponiendo que la pesantez es una cualidad real, de la cual no tenemos otro conocimiento sino que tiene la fuerza de mover hacia el centro de la tierra el cuerpo en el que está, no tenemos dificultad alguna en concebir cómo mueve ese cuerpo, ni cómo está unido a él; y no pensamos en absoluto que se haga por un contacto real de una superficie contra otra, ya que experimentamos en nosotros mismos que tenemos una noción particular para concebir eso; y creo que empleamos mal esa noción al aplicarla a la pesantez, que no es nada realmente distinto del cuerpo, como espero mostrarlo en la Física, sino que nos ha sido dada para concebir la forma en la que el alma mueve al cuerpo […].
Descartes
La Haya, 20 de junio de 1643
Señor Descartes,
Su bondad no solo aparece al mostrarme y corregir los defectos de mi razonamiento, tal como lo había entendido, sino también por el hecho de que, para volverme menos molesto su conocimiento, usted intenta consolarme, en perjuicio de su juicio, mediante falsas alabanzas. Estas hubieran sido necesarias para alentarme a trabajar en su remedio si mi alimento diario, en un lugar donde la forma habitual de conversar me acostumbró a oír personas incapaces de ofrecer alabanzas auténticas, no me hubiese hecho suponer que no puedo equivocarme al creer lo contrario de lo que dicen; de allí que la consideración de mis imperfecciones se me haya vuelto tan familiar que ya no me ofrece otra emoción que la del deseo de deshacerme de ellas.
Esto me permite confesar, sin vergüenza, que he encontrado en mí todas las causas de error que usted nota en su carta, y que no las puedo todavía desterrar enteramente, ya que la vida que estoy obligada a llevar no me deja disponer del suficiente tiempo como para adquirir un hábito de meditación según vuestras reglas. En ocasiones los intereses de mi casa, que no debo descuidar, en otras ocasiones entrevistas y cumplidos que no puedo evitar, abaten tan fuertemente este débil espíritu con disgustos o fastidios, que él se vuelve luego, por mucho tiempo, inútil para cualquier otra cosa: lo cual servirá, espero, de excusa a mi estupidez, de no poder comprender la idea mediante la cual debemos juzgar cómo el alma (no extensa e inmaterial) puede mover el cuerpo, por aquella idea de la pesantez que usted sostuvo antes; ni por qué esa potencia de llevar el cuerpo hacia el centro de la tierra, que usted entonces le ha atribuido falsamente, bajo el nombre de cualidad, nos debe convencer de que un cuerpo puede ser empujado por algo inmaterial, antes que convencernos de la demostración de una verdad contraria (que usted promete para vuestra Física), la de confirmarnos en la opinión de su imposibilidad. Principalmente, porque esta idea (que no puede aspirar a la misma perfección y realidad objetiva que la de Dios) puede ser fingida por la ignorancia de lo que verdaderamente mueve esos cuerpos hacia el centro. Y puesto que ninguna causa material se presentaba a los sentidos, se la habrá atribuido a su contrario, lo inmaterial, lo cual sin embargo nunca he podido concebir sino como una negación de la materia, como algo que no puede tener ninguna comunicación con ella.
Y confieso que me sería más fácil conceder al alma la materia y la extensión que conceder a un ser inmaterial la capacidad de mover un cuerpo y de ser movido por él. Pues si lo primero se hiciera por información, haría falta que los espíritus que constituyen el movimiento fuesen inteligentes, lo que usted no admite a nada corporal. Y aunque en sus Meditaciones metafísicas usted muestra la posibilidad de lo segundo, es no obstante muy difícil de comprender que un alma, como usted la describió, tras haber tenido la facultad y el hábito de razonar bien, pueda perder todo eso por algunos vapores, y que, pudiendo subsistir sin el cuerpo y no teniendo nada en común con él, se le someta de ese modo.
Pero, desde el momento en que usted se empeñó en instruirme, solo mantengo estos sentimientos como amigos que no creo conservar, dando por seguro que usted me explicará tan bien la naturaleza de una sustancia inmaterial y el modo de sus acciones y pasiones en el cuerpo como lo hizo con todas las demás cosas que ha querido enseñar. Le ruego también que crea que usted no puede hacer este favor a nadie que sea más sensible a la gratitud que le debe que... su muy afectísima amiga,
Elisabeth
Fragmentos de la correspondencia entre Elisabeth de Bohemia y René Descartes (1643).

