Robert Grosseteste: Acerca de la luz o del comienzo de las formas

 


    Pienso que la primera forma corporal, a la que algunos llaman corporeidad, es la luz. En efecto, la luz por sí se difunde a sí misma por todas partes, de modo que desde un punto de luz se genera instantáneamente una esfera de luz muy grande, a no ser que se le oponga lo opaco. Pero la corporeidad es aquello que tiene como consecuencia necesaria la extensión de la materia, según tres dimensiones, aun cuando una o la otra, es decir, corporeidad y materia, sea en sí una sustancia simple, carente de toda dimensión. Pero era imposible que la forma en sí misma simple y carente de toda dimensión introdujera por todas partes una dimensión en la materia similarmente simple y carente de toda dimensión, a no ser multiplicándose a sí misma y difundiéndose instantáneamente por todas partes, y extendiendo la materia en su difusión, ya que la forma misma no puede abandonar completamente la materia porque no es separable, y la materia misma no puede ser vaciada de forma. Ahora bien, he propuesto que la luz, cuya operación es por sí esta: multiplicarse a sí misma y difundirse instantáneamente por todas partes, sea [aquella forma]. Por consiguiente, todo lo que opera así o es la luz misma o hace esta operación en cuanto participa de la luz misma, la que hace esto por sí. Luego, la corporeidad o es la luz misma o es dicha operación, que actúa y que introduce dimensiones en la materia, en cuanto participa de la luz misma y actúa por virtud de la misma luz. Pero, por cierto, es imposible que la forma primera introduzca dimensiones en la materia en virtud de una forma que se sigue de sí misma. Luego, la luz no es la forma que sigue de la corporeidad sino que es la corporeidad misma. Además, los sabios piensan que la primera forma corporal es más digna que todas las demás formas siguientes, y de una esencia más excelente, más noble y más semejante a las formas que permanecen separadas. Pero la luz es de una esencia más digna, más noble y más excelente que todas las cosas corporales, y se asemeja más que todos los cuerpos a las formas que permanecen separadas, que son las inteligencias. La luz es, por lo tanto, la primera forma corporal.

    Luego, la luz, que es la forma primera en la materia primera creada, al principio del tiempo, multiplicándose a sí misma por sí misma por todos lados, un infinito número de veces, y extendiéndose igualmente por todas partes, extendió la materia, a la que no podía abandonar, arrastrando consigo una masa tan grande como la del edificio del mundo. Y la extensión de la materia no podía producirse por multiplicación finita de la luz, porque lo simple replicado un número finito de veces no genera un quantum, como lo muestra Aristóteles en De Caelo et Mundo. Es necesario, en cambio, que, multiplicado un infinito número de veces, genere un quantum finito, porque lo producido por multiplicación infinita de algo excede al infinito a aquello por cuya multiplicación se produce. Sin embargo, lo simple no es excedido por lo simple al infinito, sino solamente un quantum finito excede lo simple al infinito. En efecto, un quantum infinito, infinitamente multiplicado, excede infinitamente lo simple. Por consiguiente, es necesario que la luz, que es simple en sí, multiplicada un infinito número de veces, extienda la materia similarmente simple a dimensiones de una magnitud finita.

    Y en toda proporción tanto numérica como no numérica es posible que un conjunto infinito de un número se relacione a una serie [también] infinita. Y hay [series] infinitas que son más infinitas que otras, y otras que lo son menos. La serie de todos los números tanto pares como impares es infinita, y así es mayor que la serie de todos los números pares, la que no es menos infinita; y de hecho excede a esta en la serie de todos los impares. También es infinita la serie no interrumpida de los números multiplicados de dos, a partir de la unidad; y similarmente es infinita la serie de todos los submúltiplos de dos correspondientes a esos múltiplos de dos. Es necesario que la serie de estos submúltiplos sea ‘subdoble’ respecto de la serie de todos los números múltiplos de dos.

    [...] Pero, si se pone una serie infinita de todos los múltiplos de dos de manera continua, desde la unidad, y la serie infinita de todos los números que son la mitad correspondiente a esos múltiplos de dos, y se elimina de la serie de los submúltiplos de dos la unidad o cualquier número finito, hecha la resta entre la serie primera y el resto de la serie segunda no quedará una proporción doble; pero tampoco alguna proporción numérica, porque si de una proporción numérica, por resta de una extremidad menor, se deja otra proporción numérica, es preciso que lo restado sea una parte alícuota o algunas partes alícuotas de lo que se resta. Pero un número finito no puede ser parte alícuota o algunas partes alícuotas de un número infinito. Por tanto, una vez restado el número de la serie subdupla infinita, no quedará una proporción numérica entre la serie doble infinita y el resto de la suma subdupla infinita.

    Luego, dándose así estas cosas, es manifiesto que la luz, por su multiplicación infinita extiende la materia a dimensiones finitas menores o a dimensiones finitas mayores según cualquiera de las proporciones que se dan de una y de otra, esto es: numéricas y no numéricas. En efecto, si la luz, por multiplicación infinita de sí, extiende la materia a una dimensión de dos codos, duplicada esa misma multiplicación infinita, la extenderá a una dimensión de cuatro codos, y esa misma, dividida por dos, la extenderá a una dimensión de un codo; y así según las demás proporciones numéricas y no numéricas.

    Esto fue, como pienso, lo que pretendieron los filósofos que plantean que todas las cosas están compuestas por átomos, y los que dicen que los cuerpos están compuestos por superficies, y las superficies por líneas, y las líneas por puntos. Y esta opinión no se contradice con aquella que plantea que la magnitud está compuesta solamente por magnitudes, porque el todo se dice de tantos modos, como la parte.

    [...] Por lo tanto, volviendo a mi discurso, digo que la luz, por su infinita multiplicación producida por todas partes igualmente, extiende la materia del mismo modo por todos lados en forma de esfera, y se sigue, de la necesidad de esta extensión, que las partes extremas de la materia se extienden y se dilatan más que las partes más interiores, cercanas al centro. Y aun cuando las partes extremas se hubieran dilatado en un máximo grado, las partes interiores todavía serán susceptibles de una mayor dilatación.

    Luego, la luz, extendiendo la materia primera en forma de una esfera, en el modo mencionado, y dilatando las partes extremas en un máximo grado, completó la posibilidad de la materia y no la hizo susceptible a un influjo ulterior.

    Y así, el cuerpo primero se ha completado en un extremo de la esfera, que es llamado firmamento, que no tiene en su composición sino materia primera y forma primera. Y por eso es el más simple de los cuerpos en cuanto a las partes que constituyen la esencia y la cantidad máxima; no difiriendo del género cuerpo a no ser por el hecho de que en él mismo la materia se ha completado solo por la forma primera.

    Pero el género cuerpo, que es [género] en este y otros cuerpos, teniendo en su esencia tanto materia primera como forma primera, prescinde del aumento de materia por la forma primera a la vez que de la disminución de materia por la forma primera.

    Así, habiéndose completado de este modo el cuerpo primero, que es el firmamento, él mismo expande su luminosidad desde todas sus partes al centro de todo. En efecto, puesto que la luz es la perfección del cuerpo primero, la que naturalmente se multiplica a sí misma desde el cuerpo primero, necesariamente se difunde hacia el centro del todo. Y puesto que ella es la forma total no separable de la materia en su difusión desde el cuerpo primero, extiende consigo la espiritualidad de la materia del cuerpo primero. Y así, la luminosidad procede del cuerpo primero, que es un cuerpo espiritual o “espíritu corporal”, si prefieres llamarlo así. Puesto que en su tránsito la luminosidad no divide el cuerpo por el que transita, por eso atraviesa instantáneamente desde el cuerpo del primer cielo hasta el centro. Y no es su tránsito como si se entendiera que algo, uno en número, transita instantáneamente desde el cielo al centro, pues esto casualmente es imposible, sino que su tránsito es por multiplicación de sí y por la infinita generación de luminosidad. Luego, la misma luminosidad, desplegada a la vez que junta desde el cuerpo primero hacia el centro, reunió la masa existente debajo del cuerpo primero, y puesto que no pudo ser disminuido el cuerpo primero, porque es completo e invariable, ni pudo el lugar hacerse vacío, fue necesario que en la acción misma de reunirse las partes más alejadas de la masa se extendieran y se disgregasen. Y así resulta una densidad mayor en las partes más interiores de dicha masa, y en las partes más alejadas una densidad menor; y fue tan grande la potencia de la luminosidad unificadora, y en la misma acción de reunir, la [potencia de la luminosidad] dispersante, que provocó la máxima rarefacción y disminución de densidad precisamente de las partes externas de la masa contenida bajo el cuerpo primero. Y es de este modo cómo, en las partes más alejadas de dicha masa, se producía la segunda esfera completa y no susceptible de ningún nuevo influjo. Y así ocurre la realización y la perfección de la segunda esfera: la luminosidad, sin duda, se genera de la primera esfera, y la luz que en la esfera primera es simple, en la segunda está duplicada.

    Y así como la luminosidad generada por el cuerpo primero ha completado la esfera segunda y dejó dentro de la esfera segunda una masa más densa, así la luminosidad generada por la esfera segunda llevó a término la esfera tercera y bajo la tercera misma dejó una masa aún más densa en compresión. Y en este orden se desarrolló la misma compresión disgregante hasta completar nueve esferas celestes y reunir en la esfera más baja, la novena, una masa densificada, que sería la materia de los cuatro elementos. Y la esfera más baja: la esfera de la luna, la que también genera luminosidad por sí, con su luminosidad reunió la masa contenida bajo sí, y comprimiéndola debilitó y disgregó sus partes más alejadas. Sin embargo, la potencia de esta luminosidad no fue tan grande como para que, en la acción de comprimir, disgregara sus partes máximamente alejadas.

    Por esto, en cada parte quedó la imperfección de esta masa y la posibilidad de recibir compresión y disgregación. Y la parte más alta de esta masa no disgregada al máximo, aun cuando fue transmutada en fuego por la disgregación, quedó todavía como materia de los elementos. Y este elemento, generando luminosidad por sí y comprimiendo una masa contenida bajo sí, disgregó sus partes más alejadas, en todo caso, menor a la disgregación del fuego mismo. Y así produjo fuego. El fuego generándose por la luminosidad y comprimiendo la masa bajo él, disgregó sus partes más alejadas; sin embargo, menor que la disgregación de sí mismo; y así, produjo el aire. El aire, también generando por sí un cuerpo espiritual o un espíritu corporal, y comprimiendo el contenido dentro de sí, y al comprimirlo, disgregando sus partes exteriores, produjo el agua y la tierra. Pero, puesto que en el agua quedó más de la potencia que comprime que de la que disgrega, el agua también ha quedado unida a la tierra pesada.

    De este modo, por consiguiente, han producido la existencia de las 13 esferas de este mundo sensible: a saber, nueve celestes, inalterables, no incrementables, no generables e incorruptibles, dado que son completas; y cuatro que existen del modo contrario: alterables, incrementables, generables y corruptibles, dado que son incompletas.


Robert Grosseteste. Fragmento de Acerca de la luz o del comienzo de las formas (siglo XIII).


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