Nausícaa, pudor y fantasía
Una composición en anillo preside los primeros diecisiete versos del Canto VI de la Odisea, cotejando el disímil contexto en que pernoctan en tierra de los feacios el astuto hijo de Laertes y el precioso retoño del rey Alcínoo. “Allá Odiseo divino, el de heroica paciencia, dormía / de cansancio rendido y de sueño” (VI, 1-2), entona la Musa, mientras Atenea entra en la recámara de la princesa. “Era un cuarto de ricos primores: en él reposaba / una joven que en talle y belleza igualaba a las diosas, / de nombre Nausícaa” (VI, 15-17), se cuenta, revistiendo así de inmortalidad la imagen de ambos personajes. Aquel ha perdido a todos sus compañeros y esta duerme flanqueada en el lecho por “dos esclavas a quienes hicieron hermosas las Gracias” (VI, 18). La deidad le infunde el deseo de casarse pronto y cuidar los trajes que vestirán ella y su cortejo, por lo que la insta a llevar a las aguas los vestidos del hogar y lavarlos (VI, 21 ss.). La adolescente despierta y pide a sus progenitores ir en el carro a limpiar los trajes, sin mencionar sus planes de boda, y aunque el padre entiende la solapada intención, acoge su deseo, en tanto la madre, Areta, le alcanza una cesta de viandas y vino, además de una vasija de oro colmada de aceite para ungirse junto a sus siervas (VI, 49 ss.). Luego de fregar las prendas y tenderlas en la playa, se bañan en el mar y más tarde se esparcen el suave óleo sobre la piel. Aún desnudas, degustan los platillos mientras sus túnicas se secan al sol. Satisfechas, cogen la pelota y emprenden el juego, conducido por Nausícaa, “como va por la sierra Artemisa”, a cuyo alrededor retozan las ninfas (VI, 85 ss.). Ya casi se disponen a regresar, pero Atenea quiere que Odiseo despierte y llegue al palacio de Alcínoo, de modo que el griterío iniciado por aquellas en el afán lúdico devuelve la conciencia al héroe, quien oye precisamente voces de ninfas, y, ya que quiere verlas, cubre la falta de vestido con una rama frondosa cual se lanza “a la caza de las ciervas salvajes” (VI, 110 ss.).
Al mostrarse el náufrago, las esclavas huyen despavoridas hacia el mar, a diferencia de Nausícaa, quien se mantiene firme frente a aquel (VI, 137 ss.), en cuyos ojos ella aparece en condición de epifanía. “¿Eres diosa o mortal? Si eres una / de las diosas que habitan el cielo anchuroso, Artemisa / te creería, la nacida del magno Zeus: son de ella / tu belleza, tu talla, tu porte gentil” (VI, 149 ss.), le dice, poco antes de emparentarla con una vívida reminiscencia: “Solo una vez en Delos, al lado del ara de Apolo, / una joven palmera advertí que en tal modo se erguía […]; / y al hallar ese tronco gran rato quedé sorprendido / entre mí, porque nunca otro igual se elevó de la tierra” (VI, 162 ss.). La voluptuosa escena del árbol evoca teogónicamente el momento en que, en Delos, Leto da a luz a Apolo. “En torno a la palmera echó ambos brazos y las rodillas apoyó / en el blando prado”, canta el Himno a Apolo (117-118). El recurso homérico es, en realidad, un guiño a Artemisa —hija de Leto y hermana de Apolo—, a quien las mujeres ruegan por un buen parto, completando la alegoría en las previas alusiones a la caza y a las ciervas salvajes, inequívocas señas de la diosa. El rey de Ítaca, que ya ha expresado prudencia al cubrirse con una rama, vuelve a simular pudor, al expresar que por miedo no abraza los pies de su interlocutora, y al rechazar el ofrecimiento de esta de ser bañado por sus compañeras antes de vestir el atuendo que le han dado—, aduciendo que “me da gran vergüenza” (VI, 169 ss.). En cambio, Nausícaa, que tanto se ha acercado al extranjero, sí manifiesta auténtico pudor de que su deseo por el héroe sea motivo de habladurías. “¡Ojalá que así fuera el varón a quien llame mi esposo, / que viniendo al país le agrade quedarse por siempre!”, refiere a sus ayudantes (VI, 244-245), tras lo cual pide a Odiseo ir a la ciudad de Alcínoo separadamente de ella, para evitar que la gente diga: “¿Quién es ese foráneo tan alto y hermoso que sigue / a Nausícaa y dónde lo halló? ¿Por ventura su esposo vendrá a ser? […] yo misma he de odiar a mujer que tal haga, / que teniendo aún en vida a sus padres y mal de su grado, / con los hombres se mezcle sin rito de públicas bodas” (VI, 373 ss.). Al entrar a palacio, sin embargo, el protagonista no solo da un vuelco a su cautela, sino además miente descaradamente respecto de lo ocurrido. Tras abrazar las rodillas de Areta (VII, 142 ss.) le dice que su hija “en el río me lavó” (VII, 296), y asegura al monarca que Nausícaa “me exhortó a seguirla en unión de las esclavas, / pero yo lo rehusé por temor y vergüenza, no fueses / a irritarte” (VII, 304 ss.). El pasaje remata en ironía. Por un lado, Alcínoo reacciona expresando un anhelo a su desconocido huésped: que “a mi hija tomases por esposa” (VII, 311 ss.); por otro, Areta dispone que las esclavas calienten agua en una tina de bronce, y, luego de agasajar en ella al visitante, esparzan en su cuerpo el aceite: esta vez, el invitado “miró con agrado en su alma aquel baño” (VIII, 423 ss.). En los audaces comentarios del prócer debe recordarse que desde el comienzo los jerarcas feacios evidencian la mayor permisividad ante los deseos de su hija, y ambos engaños de Odiseo cobran todo su relieve si se tiene a la vista que a este agasaja la corte en una fiesta con la voz del célebre aedo Demódoco, cuya lira dedica un extensísimo episodio al lazo carnal entre Ares y Afrodita, cuyo esposo, Hefesto, se venga del ultraje tendiéndoles una trampa que los deja atrapados entre cuerdas en el lecho, en un espectáculo al que concurre entre risas el panteón cuando “solo a las diosas retuvo el pudor en sus casas” (VIII, 261-366). En efecto, ambas patrañas del marido de Penélope son, así, una advertencia contra el adulterio. Resignada a la pronta partida del héroe, Nausícaa no logra esconder del todo su despecho: “No te olvides de mí, pues primero que a nadie me debes / tu vida” (VIII, 457 ss.). La respuesta de Odiseo, que cierra en anillo la referida epifanía, resuena como antitética condena de la muchacha a la inmortalidad: “Cada día en mi casa te habré de invocar como a diosa, / y por siempre, pues tú, doncella, me diste la vida” (VIII, 467-468).
David Hevia
