Heródoto va tras la prosa
Más allá de las fragmentarias líneas imputadas a Ferécides de Siros, la prosa encuentra en la Historia de Heródoto el documento íntegro más antiguo del que se tenga registro, y el nombre de este intelectual es el primero al que acude Aristóteles a la hora de señalar la distinción entre el oficio del cronista y el del vate. “El historiador y el poeta no se diferencian por expresarse en verso o en prosa (pues se podría poner en verso la obra de Heródoto, pero sería un tipo de historia lo mismo en verso que en prosa), sino por esto: por decir el uno lo sucedido y el otro lo que podría suceder”, anota en la Poética (1451a-b), caracterizando como “más filosófica y más seria” la poesía que la historia, toda vez que —añade— la primera apela “más bien” a lo universal, y, la segunda a lo particular. La última acotación del Estagirita subraya un rasgo tendencial y se resguarda de una mirada taxativa al respecto. Sin embargo, bien cabe observar que el fundador del Liceo omite explicitar el revés de la trama. En efecto, solo manifiesta que la pieza herodotea se podría poner en verso. ¿Por qué no declara, en cambio, que el trabajo poético sería indistinto si se articula en prosa? Ese silencio implica dos aristas. Por una parte, su aseveración sobre la historia emplea como paraguas el condicional se podría. Por otra, las citas que ilustran el ejercicio en la Poética acuden siempre al verso, nunca a la prosa, ya se trate de Homero, Píndaro, Sófocles, Esquilo, Eurípides, Arífrades, Aristófanes, Teodectes, Epicarmo, Formis, Timoteo, Filoxeno, Queremón o los perdidos poemas del Ciclo Troyano. Aristóteles supone que la Historia de Heródoto es independiente de la forma de composición. ¿Es realmente neutro el uso de la prosa respecto de lo que se entiende por obra?
Una hebra a seguir consiste en poner en línea precisamente la poesía griega más antigua reconocida como tal y la obra en cuestión. Claro está, la analogía es interesante tanto desde el punto de vista estilístico como desde la dimensión intertextual de los escritos comprometidos, pero, esencialmente, en atención a que todos ellos confluyen en una misma era —la heroica—, lo que somete a examen la referida consideración del filósofo, que centra la brecha entre lo sucedido y lo que podría suceder, indiferentemente de las formas de construcción adoptadas en uno y otro caso. “La cólera canta, oh, diosa, del Pélida Aquiles, / maldita, que causó a los aqueos incontables dolores”, se escucha en el comienzo de la Ilíada (I, 1-2), en una fórmula análoga a la que da inicio a la Odisea: “Musa, dime del hábil varón que en su largo extravío, / tras haber arrasado el alcázar sagrado de Troya, / conoció las ciudades y el genio de innúmeras gentes” (I, 1-3). Como aquellas, el trabajo del cronista también se abre remarcando el principio causal que la rige. “Esta es la exposición de las investigaciones de Heródoto de Halicarnaso, para que no se desvanezcan con el tiempo los hechos de los hombres, y para que no queden sin gloria grandes y maravillosas obras, así de los griegos como de los bárbaros, y, sobre todo, la causa por la que se hicieron la guerra”, suscribe el proemio de la Historia. Hay, por cierto, diferencias en ese abordaje de la causalidad. En la realización homérica la impronta causal es eminentemente constatativa: el suceder no es objeto de debate; el hecho nuevo es su canto, el tejido compositivo que permite exponer lo que se sabe. En el cometido herodoteo, sin embargo, la tarea es ir a buscar aquello que se ignora; tal es la investigación a la que alude el autor. En ambos poemas el valor buscado se funda no en el episodio, sino en la armonización, razón por la cual comenta Odiseo que, “de parte / de cualquier ser humano que pise la tierra, la honra / y el respeto mayor los aedos merecen” (Odisea, VIII, 478-480). La Ilíada, como se sabe, abarca apenas 51 días de los 10 años de la Guerra de Troya. Por contraste, la obra de Heródoto remonta miles de años para trazar el primer panorama global del que se tenga noticia sobre tres continentes, reuniendo en un mismo plano geografía, política, creencias y monumentos. ¿Cuántos viajes a un sinnúmero de ciudades entraña ese quehacer? ¿Cuántas entrevistas con las fuentes vivas? ¿Cuántos documentos? ¿Cuántas averiguaciones para precisar el clima y la arquitectura? En definitiva, la indistinción aristotélica entre verso y prosa hace abstracción del tiempo socialmente necesario para producir el bien que el propio pensador reconoce en la historia y en la poesía. Desde luego, el historiador, quien redacta con velocidad rectilínea, pulso anecdótico y estilo pintoresco, está muy lejos de querer competir con los poetas, a quienes, por lo demás, destaca: Homero (II, 22), Hesíodo (II, 53), Píndaro (III, 38) o Arquíloco de Paros, al que menciona por haberse inspirado en el rey Giges para crear un trímetro yámbico (I, 12). Si para cantar 51 jornadas la Ilíada concibe 15.693 hexámetros dactílicos, ¿cuántas vidas necesita Heródoto para contar, bajo esa composición métrica —siguiendo la pretensión aristotélica—, miles de años?
Helena da Viani Vidman
