En labios de las Sirenas
Aunque ínfimo en extensión, el episodio de las Sirenas en la Odisea (XII, 166-200) entraña, más que la consuetudinaria iconicidad híbrida, una densidad de sentidos que enriquece la dimensión antropológica de la obra. El pasaje, cronológicamente ubicado entre los hechos que primero atan al protagonista a Circe y luego a Calipso, contribuye a situar en perspectiva lo que diferencia a ambas diosas, al tiempo que pone en común, entre estas y aquellas, la condición de ninfas cautivadoras. Desde luego, Circe es quien advierte y aconseja a Odiseo respecto de las Sirenas, aunque lo esencial que cabe señalar sobre la hechicera que retiene al héroe durante un año es la marcada caracterización humana asumida por su personaje, y que excede de manera ostensible el ritual amatorio que la une a su sagaz confinado (X, 347), prerrogativa que, por lo demás, también comparte Calipso con el prócer (V, 225-226). En efecto, al llegar la nave itacense a la mansión de la poderosa maga, Polites y Euríloco aluden dos veces del mismo modo a la dueña: “sea diosa o mujer” (X, 228 y 254). Enseguida, Hermes ofrece a Odiseo ─para salvarlo de la anfitriona que ha convertido en cerdos a muchos de sus compañeros─ no una pócima sobrenatural, sino simplemente “una raíz saludable” (X, 287 ss.); con tan corriente protección, el marido de Penélope saca el cuchillo que lleva al cinto y asalta a la inusual jerarca, “cual queriendo matarla; / lo esquivó por debajo chillando, abrazó mis rodillas / y me habló suplicante en aladas palabras” (X, 321 ss.). Cumplidos doce meses en la isla de Eea, son los compañeros del rey de Ítaca quienes recuerdan a este que debe intentar el regreso a la tierra de sus padres (X, 469 ss.), y al hacer el Laertíada el correspondiente ruego a Circe, ella lo sorprende contestando: “A disgusto no habréis de seguir en mi casa” (X, 489). La petición no tiene fuerza obligatoria, pero la ninfa cumple su palabra, que será puesta en marcha inmediatamente después de que la embarcación visite a los habitantes del Hades (XI, 1 ss.). Odiseo solo deja a la hechicera a solicitud de sus amigos y no por iniciativa propia. Algo muy distinto sucede en la isla de Ogigia, donde, como explica Atenea a la asamblea divina liderada por Zeus, yace el héroe “penando de recios dolores / y en sus casas lo guarda por fuerza la ninfa Calipso” (V, 13 ss.), con quien la obra se inicia in media res. La brecha de poderes entre uno y otro ser femenino se hace patente, no solo por la aflicción del cautivo en este caso, sino además en virtud de las fuerzas en juego. La retención se extiende a lo largo de siete años (VII, 259), una suerte de unidad de medida de las facultades de la diosa. A ese dominio, en consecuencia, solo cabe oponer la supremacía del Olimpo, que encuentra otra vez en Hermes el puente que da un giro a la voluntad seductora (V, 43 ss.). Calipso acata el ineludible mensaje que aventaja su resistencia, aunque no sin lanzar un justo reproche: “ahora a mí me envidiáis el amor de ese hombre / que yo misma salvé cuando erraba a horcajadas / sobre un leño, pues Zeus con el rayo fulgente le había / destrozado el ligero bajel” (V, 129 ss.).
Avisado por Circe sobre la muerte que espera a quien incauto oiga el hipnótico canto de las Sirenas, la hechicera aconseja a Odiseo tapar “con masa de cera melosa” [κηρὸν δεψήσας μελιηδέα (XII, 48)] los tímpanos de sus compañeros, mientras él, si así lo quiere, podrá disfrutar las voces de aquellas y salir con vida ordenando a los suyos atarlo al palo de la galera y aun añadirle lazos en caso de que demande ser liberado (XII, 39 ss.). Los acontecimientos se desencadenan cuando a una feliz brisa sigue una honda calma, porque “algún dios alisaba las olas” (XII, 167 ss.). Los hombres pliegan la vela y se desata el palpable y potente contrapunto fálico entre los marinos que, “sentándose al remo, / blanqueaban de espuma el mar con sus palas pulidas” (XII, 171-172), y su rey, ensogado “en el mástil, erguido” (XII, 179). Solo ocho versos ocupa el llamado que las criaturas de rostro femenino y aspecto de ave formulan al líder del incesante viaje de regreso a Ítaca. “Llega acá, de los dánaos honor, gloriosísimo Odiseo, / de tu marcha refrena el ardor para oír nuestro canto, / porque nadie en su negro bajel pasa aquí sin que atienda / a esta voz que en dulzores de miel de los labios nos fluye. / Quien la escucha contento se va conociendo mil cosas: / los trabajos sabemos que allá por Troya y sus campos / de los dioses impuso el poder a troyanos y argivos / y aun aquello que ocurre doquier en la tierra fecunda” (XII, 184-191). Las Sirenas no traslucen que ese lugar al que va quien se deleita con ellas es el Hades. Tampoco la obra devela las historias que estas ninfas entonan ante Odiseo en tan breve episodio, silencio estéticamente plausible si se tiene en cuenta que el relato que pronuncian es precisamente el que ha tenido por testigo privilegiado al agudo personaje, quien no busca saber lo que ya sabe, sino gozar el modo en que la música aflora de esos labios. La miel que fluye desde las comisuras de tal canto [πρίν γ' ἡμέων μελίγηρυν ἀπὸ στομάτων ὄ π' ἀκοῦσαι (XII, 187)] ─vívida metáfora del orgasmo femenino─ está entre los dedos del monarca y en los oídos de sus hombres antes que surque el aire la armonía de las diosas, pues melosa es también la cera que los salva. Odiseo esquiva allí su fin más por placer que por prolongar la vida, es decir, exactamente por la misma razón por la que pronto eludirá el ofrecimiento de Calipso de exceptuarlo de la vejez y hacerlo inmortal (V, 135-136; VII, 257).
David Hevia
