Lenin: una literatura de partido

    Cuando, ante la presión de la huelga general, el zar Nicolás II firmó el Decreto Imperial de 30 de octubre de 1905, Lenin no tardó en establecer las directrices que debe seguir el Partido Socialdemócrata de Rusia frente al reconocimiento de ciertas libertades civiles expresadas en el manifiesto, en particular aquella que reconocía la libertad de palabra y asociación. Esto se tradujo en la posibilidad de publicar legalmente y no solo de forma clandestina, lo que permitiría acabar con el “servilismo literario” de los escritores que enmascaraban constantemente sus ideas para evitar la censura. Así, el 27 de octubre apareció en San Petersburgo el primer periódico legal bolchevique, Nóvaya Zhizn, con el poeta Nikolai Minski como redactor jefe. Precisamente, el 13 de noviembre, en dicha revista, Lenin publicó el artículo La organización del Partido y la literatura de partido, en el que hace un llamado abierto a los escritores a tomar posición: “¡Abajo los literatos sin partido! ¡Abajo los superhombres de la literatura! La literatura tiene que convertirse en una parte de la causa del proletariado” (Escritos sobre la literatura y el arte, 1975, p. 88). Esta toma de partido cobraba especial relevancia aquel año, pues meses antes, en abril, se había celebrado el III Congreso del Partido Socialdemócrata de Rusia, en Londres, instancia en que se condenó a los mencheviques como una facción disidente. Lenin no esperó para establecer las diferencias por las cuales esto se hizo necesario y en Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, publicado en los meses de junio-julio del mismo año, advirtió que “están absolutamente convencidos del carácter burgués de la revolución rusa. ¿Qué significa esto? Esto significa que las transformaciones democráticas en el régimen político y las transformaciones socioeconómicas, que se han convertido en una necesidad para Rusia, lejos de implicar de por sí el socavamiento del capitalismo, el socavamiento de la dominación de la burguesía, desbrozarán por primera vez como es debido el terreno para un desarrollo vasto y rápido, europeo y no asiático, del capitalismo; por primera vez harán posible la dominación de la burguesía como clase” (Obras escogidas. Tomo 3, 1976, p. 32).

    El llamado a una literatura de partido se vuelve, así, no solo una exigencia ante el nuevo contexto político, sino una herramienta para develar las intenciones de la clase social en ascenso. Ante la amenaza de que aquel “carácter burgués” se tomara la prensa y la literatura medios que consideró fundamentales en la educación del proletariado dejó en evidencia el individualismo de estos sectores, ya que al incitar a una literatura que se ciñera a las orientaciones del Partido era esperable una reacción en defensa de la propia libertad de expresión. Un año antes, en Un paso adelante, dos pasos atrás, ya había denunciado el temor que experimentan los intelectuales ante la organización y la disciplina partidaria: “A quienes están habituados a la amplia bata y a las pantuflas de la familiaridad de círculo de los Oblómov, los estatutos formales se les antojan estrechos, restrictivos, molestos, mezquinos y burocráticos, cadenas feudales y grilletes que traban el libre “proceso” de la lucha ideológica” (Obras completas. Tomo VII, 1976, p. 421). La figura de Oblómov, el protagonista de la obra homónima de Iván Goncharov, se vuelve aquí una imagen constante para la personificación de aquellas ideas nihilistas que pasean por el burgués “como aves en libertad por su rostro” (Oblómov, 2018, p.13), pero que pronto desaparecen por completo. Es este concepto de libertad el que dejó al descubierto a través del mandato de forjar una literatura de partido, ya que los opositores vieron en ello una restricción a sus libertades e intereses individuales. En cambio, para el dirigente bolchevique el concepto de libertad en el arte se traduce a fines colectivos, y no ve contradicción alguna entre la libertad individual del revolucionario y los intereses de un partido proletario: “Esta literatura verdaderamente libre fecundará la última palabra del pensamiento revolucionario de la humanidad por la experiencia y por el trabajo vivo del proletariado socialista” (p. 91).

    En oposición a la consigna el escritor escribe cuando le da la gana, y el lector lee cuando le place, defendió la libertad del escritor en cuanto a su posibilidad de expresarse fuera de lo que ha sido establecido para lograr la sujeción e ignorancia del pueblo, “libre del Capital, libre del arribismo; y, lo que es más, libre también del individualismo anárquico burgués” (p. 89). De manera que no es una imposición al arte y a la literatura, como se ha querido interpretar, sino a los escritores del Partido, en tanto se han asociado libremente a él, de manera que resulta lógico pensar en una coherencia dentro de sus discursos. “Toda asociación libre (incluido el Partido), también es libre de expulsar a los miembros que abusan del nombre del Partido para propagar ideas contrarias” (p. 90). Sus reflexiones, lejos de prescribir una estética, defienden la comprensión de las relaciones inherentes a la vida en sociedad, pues ¿cuál es la supuesta libertad del escritor burgués si fácilmente se sujeta a las exigencias de su editor o del público de su propia clase?


Macarena Castro


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