Edipo Rey: la verdad como aniquilación

    Hundida en la oscuridad por causa de la peste se encuentra Tebas, aquejada por una maldición que solo encontrará término mediante el castigo por una grave impiedad cometida en el pasado: el asesinato del rey Layo. Sobre este escenario Edipo, acosado por voces que suplican su auxilio, hace su aparición, envuelto en la majestad de la corona que había quedado vacante luego del día funesto en que su antecesor encontrara la muerte. “No hay ninguno de vosotros que padezca tanto como yo [declara]. Mi ánimo se duele, al tiempo, por la ciudad y por mí y por ti” (Sófocles. Edipo Rey, 60-65). Depositario de la dignidad del soberano, de su propia voluntad y también de la del pueblo, se presenta ante los otros como encarnación de la totalidad: imagen que sostiene los destinos de la tierra de los Labdácidas. Sin embargo, tanto poder y sabiduría no logran penetrar en el misterio subyacente al azote de la peste, por lo cual recurre al oráculo para el conocimiento de la solución. Este, en respuesta, introducirá en la ciudad de Tebas la llave para la develación de la verdad, oculta por efecto de la Esfinge, que mantenía a la ciudad atrapada en las vicisitudes de la contingencia.

Complacido entra en escena Creonte portando el mensaje de Apolo, sin advertir que la verdad es indiferente a la fortuna de los mortales. Delfos anuncia el destierro o la muerte del asesino de Layo como acto que producirá la expiación, quedando así comprometida la legitimidad de Edipo como monarca, dado que, desconociéndolo, el homicida no es otro sino él mismo. Y es que la fórmula del oráculo tendrá como efecto la ruptura radical del lazo que une al gobernante con sus súbditos, desmoronándose por completo la imagen de aquel que porta, por su investidura, el destino de Tebas. Es, entonces, la extensión del horizonte de la verdad lo que amenaza al sucesor de Layo. “Mando que todos le expulsen, sabiendo que es una impureza para nosotros” (241), es la amenaza que lanza Edipo contra el culpable, agregando: “si llega a estar en mi palacio y yo tengo conocimiento de ello, padezca yo lo que acabo de desear para estos” (250), quedando marcada, de este modo, la ironía que envuelve el curso de los hechos. Pero es Tiresias el que, forzado por el deseo de saber del monarca, transita de la ironía a la sentencia. Él, que por causa de su ceguera se encuentra a salvo del artificio producido por las imágenes, goza de la capacidad de percibir “lo mismo que el soberano Febo […], lo que debe ser enseñado y lo que es secreto” (285¸ 300-304), es decir: la verdad en toda su extensión. Sin embargo, conoce las consecuencias que trae consigo el saber y, por ello, maldice su destino. Ante la demanda de conocimiento sobre el asesino de Layo, Tiresias exclama: “¡Qué terrible es tener clarividencia cuando no aprovecha al que la tiene!” (316), acusando a todos de haber perdido el juicio. Desde luego, entiende que, si ha de mantenerse un orden, como lo es la presente estructura monárquica en Tebas, el límite de lo conocido no debe ser transgredido. Pero Edipo enfurecido interpela al vidente, el cual manifiesta: “te insto a que permanezcas leal al edicto que has proclamado antes y a que no nos dirijas la palabra ni a estos ni a mí desde el día de hoy, en la idea de que tú eres el azote impuro de esta tierra” (350-355). Edipo, entonces, en cuanto rey, y su propia verdad, no pueden coexistir. La verdad ha sido develada, aunque se la estima imposible de admitir. Se la toma por engaño y al mensajero por confabulador. Quien en otro tiempo lograra sortear mediante su ingenio, para su fortuna y la del pueblo, el enigma de la Esfinge, no puede sino desconocer aquello que, siendo constitutivo de sí mismo, lo amenaza con la destrucción. “Será manifiesto [prosigue Tiresias] que él mismo es, a la vez, hermano y padre de sus propios hijos, hijo y esposo de la mujer de la que nació y de la misma raza” (456-460). En otros términos, se producirá el derrumbe de los tabúes que sostienen el orden social, quedando expuesta la imagen del monarca como mera ficción.

La verdad, no obstante, se abrirá paso a pesar de los malos entendidos, pues la llave que la saca de la penumbra ya se encuentra en las manos de Edipo, quien la rechaza a la vez que la desea. Es, de este modo, mediante la indagación de sus propias memorias y las de Yocasta que la exactitud de los hechos va apareciendo, para, finalmente, completarse el paisaje gracias a un mensajero de Corinto y un servidor de la Casa de Tebas, quienes develan el auténtico linaje del monarca. La reina de los Labdácidas comprende que una vez expuesta la verdad en todo su esplendor, lo que había sido habrá de quedar irremediablemente destruido. “Deploraba el lecho donde, desdichada, había engendrado una doble descendencia: un esposo de un esposo y unos hijos de hijos” (1248-1250), cuestión que la empuja a quitarse la vida. Edipo, por su parte, “arrancó los dorados broches [del vestido de Yocasta] con los que se adornaba y, alzándolos, se golpeó con ellos las cuencas de los ojos [para que no le vieran a él] ni los males que había padecido, ni los horrores que había cometido” (1269-1271). Un esfuerzo tan desesperado como vano por restaurar la idea de la parcialidad de la verdad como condición necesaria para el mantenimiento de un orden.

Pero no es una disputa entre lo auténtico y lo aparente lo que desata la tragedia de Edipo: “Su legendaria felicidad anterior era entonces una felicidad en el verdadero sentido [advierte Sófocles]; pero ahora, en el momento presente, es llanto, infortunio, muerte, ignominia y, de todos los pesares que tienen nombre, ninguno falta” (1283-1285). Es la extensión del dominio de lo conocido lo que turba el destino de los hombres, poniendo en entredicho toda concepción de lo establecido. Será en Colono donde otros hechos azotarán la vida del caído en desgracia, pero en lo que respecta a su condición de soberano de los Labdácidas, la verdad lo ha aniquilado.


Christian Castro


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