Donald Winnicott: La idea de creatividad
Espero que el lector acepte una referencia general a la creatividad, que no permita que la palabra se pierda en la creación exitosa o aclamada, sino que la mantenga unida al significado correspondiente a una coloración de toda la actitud hacia la realidad exterior.
Lo que hace que el individuo sienta que la vida vale la pena vivir es, más que ninguna otra cosa, la apercepción creadora. Frente a esto existe una relación con la realidad exterior que es relación de acatamiento; se reconoce el mundo y sus detalles pero solo como algo en que es preciso encajar o que exige adaptación. El acatamiento implica un sentimiento de inutilidad en el individuo, y se vincula con la idea de que nada importa y que la vida no es digna de ser vivida. En forma atormentadora, muchos individuos han experimentado una proporción suficiente de vida creadora como para reconocer que la mayor parte del tiempo viven de manera no creadora, como atrapados en la creatividad de algún otro, o de una máquina.
Esta segunda manera de vivir en el mundo se reconoce en términos psiquiátricos como una enfermedad. De uno u otro modo, nuestra teoría incluye la creencia de que vivir en forma creadora es un estado saludable, y que el acatamiento es una base enfermiza para la vida. No cabe duda de que la actitud general de nuestra sociedad y el ambiente filosófico de la época contribuyen a este punto de vista, que sostenemos aquí y ahora. Quizá no lo habríamos afirmado en otra parte y otra época.
Estas dos alternativas de vivir o no en forma creadora pueden ofrecer un contraste muy agudo. Mi teoría podría ser mucho más sencilla de lo que es si se pudiera abrigar la esperanza de encontrar uno u otro extremo en cualquier caso o situación. El problema resulta oscurecido porque el grado de objetividad con que contamos cuando hablamos de la realidad exterior en términos de un individuo es variable. En cierta medida, objetividad es un vocablo relativo, pues, por definición, lo que se percibe de modo objetivo es concebido, en cierta proporción, en forma subjetiva.
Si bien esa es la zona que examinamos en este libro, debemos tomar nota de que para muchos individuos la realidad exterior es en alguna medida un fenómeno subjetivo. En el caso extremo, el individuo tiene alucinaciones en ciertos momentos específicos, o quizás en forma generaliza- da. Hay todo tipo de expresiones para este estado (“aturdido”, “volando por las nubes”, “irreal”, “desenfocado”), y en psiquiatría llamamos esquizoides a esas personas. Sabemos que pueden tener valor como personas en la comunidad, y ser felices, pero advertimos que existen ciertas desventajas para ellas, y en especial para quienes viven con ellas. En ocasiones ven el mundo en forma subjetiva y se engañan con facilidad, o bien, aunque posean bases firmes en la mayoría de las zonas, aceptan un sistema ilusorio en otras; o carecen de una estructuración firme respecto de la asociación psicosomática, por lo cual se dice que tienen una mala coordinación o a veces una incapacitación física, como una escasa visión o audición, se agrega a este estado de cosas y produce un cuadro confuso, en el cual no se distingue con claridad entre un estado de alucinación y una incapacidad basada, en definitiva, en una anormalidad física. En el caso extremo de este estado de cosas, la persona descrita es paciente de un hospital para enfermedades mentales, ya sea por un tiempo o en forma permanente, y se le denomina esquizofrénico.
Tiene suma importancia para nosotros que en el plano clínico no encontremos una clara línea de separación entre la salud y el estado esquizoide, o aun entre aquella y la esquizofrenia plena. Si bien reconocemos el factor hereditario en esta última y nos mostramos dispuestos a admitir que las perturbaciones físicas aportan su contribución en determinados casos, miramos con suspicacia cualquier teoría que separe al sujeto de los problemas de la vida corriente y de los universales del desarrollo individual en determinado ambiente. Advertimos la importancia del medio, en especial al comienzo mismo de la vida infantil del individuo, por lo cual realizamos un estudio específico del ambiente facilitador, en términos humanos, y en términos de crecimiento humano en la medida en que la dependencia tiene significado (cf. Winnicott, 1963b, 1965).
Las personas pueden vivir una vida satisfactoria, y aun realizar tareas de excepcional valor, y sin embargo ser esquizoides o esquizofrénicas. Pueden estar enfermas en un sentido psiquiátrico, a consecuencia de un escaso sentido de la realidad. Para equilibrar esto sería preciso afirmar que existen otros arraigados con tanta firmeza en la realidad percibida de manera objetiva, que son enfermos en el sentido contrario, es decir, en el de no tener contacto con el mundo subjetivo y con el enfoque creador de la realidad.
En cierta medida, en estos problemas tan difíciles resulta útil recordar que las alucinaciones son fenómenos oníricos que se han introducido en la vida de vigilia, y que el alucinar es, en sí mismo, tan poco enfermizo como el hecho correspondiente de que los sucesos del día y los recuerdos de acontecimientos reales pueden pasar al otro lado de la barrera e internarse en el dormir y en la formación de los sueños. En rigor, si examinamos nuestra descripción de las personas esquizoides, vemos que usamos la palabra que empleamos para describir a los niños pequeños y a los bebés, y que en rigor esperamos encontrar allí los fenómenos que caracterizan a nuestros pacientes esquizoides y esquizofrénicos.
Los problemas desarrollados en este capítulo se examinan en el libro en su punto de origen, es decir, en las primeras etapas del crecimiento y desarrollo del individuo. En verdad me interesa el punto exacto en que un bebé es “esquizoide”, solo que este término no se emplea dada la inmadurez del bebé y de su estado especial en lo que respecta al desarrollo de la personalidad y el papel del medio.
Los esquizoides son personas tan poco satisfechas consigo mismas como los extravertidos que no logran ponerse en contacto con el soñar. Estos dos grupos de personas acuden a nosotros en busca de psicoterapia porque en un caso no quieren vivir con una irrevocable carencia de contacto con los hechos de la vida, y en el otro se sienten alienados en lo referente a los sueños. Tienen la sensación de que algo anda mal y que en su personalidad existe una disociación, y les gustaría que se los ayudaste a lograr una situación de unidad (Winnicott, 1960b) o un estado de integración tiempo-espacio en el cual hubiese una persona que lo contuviese todo, en lugar de elementos disociados que existen en comportamientos, o que se encuentran dispersos y sembrados por todas partes.
Con el fin de estudiar la teoría que usan los analistas en su trabajo, para ver donde tiene un lugar la creatividad, es preciso separar, como ya lo señalé, la idea de la creación, por un lado, y las obras de arte por el otro. Lo cierto es que una creación puede ser un cuadro, una casa, un jardín, un traje, un peinado, una sinfonía, una escultura; cualquier cosa, a partir de una comida preparada en casa. Quizás sería mejor decir que estas cosas podrían ser creaciones. La creatividad que me ocupa aquí es un universal. Corresponde a la condición de estar vivo. Es de suponer que tiene que ver con la característica de vivacidad de algunos animales así como de los seres humanos, pero sin duda resulta notablemente menos significativa en unos u otros, cuando tienen una escasa capacidad intelectual, que en el caso de los seres humanos que poseen una capacidad intelectual casi cercana al promedio, media o elevada. La creatividad que estudiamos se refiere al enfoque de la realidad exterior por el individuo. Si se da por supuesta una capacidad cerebral razonable, una inteligencia suficiente para permitir al individuo convertirse en una persona que vive y participa en la vida de la comunidad, todo lo que se produce es creativo, salvo en la medida en que el individuo está enfermo o se encuentra frenado por factores ambientales en desarrollo que ahogan sus procesos creadores.
En relación con la segunda de estas dos alternativas, quizás sea un error pensar en la creatividad como algo que puede ser destruido por completo. Pero cuando se oye hablar de individuos dominados en su hogar, o que se pasan la vida en campos de concentración, o perseguidos durante toda su existencia por un cruel régimen político, antes que nada se siente que solo unas pocas de las víctimas conservan su espíritu creador. Por supuesto, estas son las que sufren (véase Winnicott, 1968b). Al principio parece que todos los demás que existen (no viven) en esas comunidades patológicas han abandonado ya, hasta tal punto, sus esperanzas, que no sufren, y han perdido las características que nos hacen humanos, de modo que ya ven el mundo con mirada creadora. Estas circunstancias se refieren a lo negativo de la civilización. Es como contemplar la destrucción de la creatividad en los individuos por factores ambientales que actúan en un período avanzado de crecimiento personal (cf. Bettelheim, 1960).
Aquí intentamos encontrar una forma de estudiar la pérdida, por los individuos, de su ingreso creador en la vida, o del enfoque creador inicial de los fenómenos exteriores. Me interesa la etiología. En el caso extremo existe, ab initio, un fracaso relativo en lo que respecta al establecimiento de una capacidad personal para el vivir creador.
Como ya indiqué, es preciso sobreentender la posibilidad de que no se produzca una destrucción total de la capacidad de un individuo humano para ese vivir creador, y de que, aun en la circunstancia más extrema de acatamiento y de establecimiento de una falsa personalidad, haya, oculta en alguna parte, una vida secreta que resulte satisfactoria porque es creadora u original para ese ser humano. Su carácter insatisfactorio para medirse en términos de su oculta- miento, de su falta de enriquecimiento por medio de la experiencia viva (Winnicott, 1968b).
Digamos que en ese caso extremo todo lo real, todo lo que importa, todo lo personal, original, creador, se encuentra oculto y no da señales de su existencia. En esas condiciones, al individuo no le importa si está vivo o muerto. El suicidio tiene escasa importancia cuando ese estado de cosas se encuentra poderosamente organizado en el individuo, y este no tiene conciencia de lo que habría podido ser, o de lo que se ha perdido o falta (Winnicott, 1960a).
Por lo tanto, el impulso creador es algo que se puede entender como una cosa en sí misma, que, por supuesto, es necesario si el artista quiere producir una obra de arte, pero también como lo que se encuentra presente cuando cualquiera —bebé, niño, adolescente, adulto, anciano o mujer— contempla algo en forma saludable o hace una cosa de manera deliberada, como ensuciarse con sus propias heces o prolongar el acto de llorar para gozar con un sonido musical. Se halla presente tanto en el vivir de momento en momento de un niño retardado que goza con su respiración, como en la inspiración de un arquitecto que de pronto sabe qué desea construir, y que piensa en términos de los materiales que puede usar para que su impulso creador adquiera formas y el mundo pueda verlas.
Donald Winnicott. Fragmento de Realidad y juego (1971).

