Palinodia a Afrodita

    El Fedro de Platón, aunque con discrepancias, ha sido fijado en la época madura de su autor. Diálogo rico en mitos y alegorías, que incluso se alzan sobre la reflexión misma de estas formas discursivas, se convierte así en un texto de variadas y complejas lecturas. La belleza, que aparece como tema conducente a muchos de los problemas que surgen entre los interlocutores, empapa también el mismo ambiente, que cobra especial relevancia en el texto. Fedro, hijo del ateniense Pítocles, tras escuchar un discurso de Lisias, lo escribe y lo esconde bajo su manto y sale a dar un paseo, por lo que al encontrase con Sócrates, lo lleva y caminan descalzos hacia fuera de las murallas, en busca de la sombra de un plátano que de lejos divisaron, para buscar un lugar ameno donde leerlo. Precisamente, la exposición de lo bello de este lugar se convierte en uno de los argumentos que ya prepara Sócrates para su discurso verdadero. Así, describe el árbol por su “perfume que inunda el ambiente”, haciendo notar cómo los sentidos se agudizan con “una fuente deliciosa, de fresquísima agua, como me lo están atestiguando los pies”, y con el sabor a verano del “sonoro coro de cigarras” (230b ss.). Fedro ya ha anunciado el asunto tratado por Lisias: “hay que complacer a quien no ama, más que a quien ama”, al considerar a los amantes enfermos de locura. Al término de la lectura, Sócrates elogia al orador, pero Fedro desconfía de que esto sea un disimulo y lo incita a decir lo que él piensa verdaderamente. Es curioso que, en esta elaboración del discurso, la contraargumentación se torne un juego dramático: “voy a hablar con la cabeza tapada” (237a), asegura, e invoca a las musas para retomar las ideas de Lisias y condenar a los enamorados. En este punto del diálogo, ambos se encuentran cruzando un río cuando Sócrates escucha una voz, ya no de las diosas, sino de aquel “duende” que ejecuta el movimiento de su pensamiento para rectificarlo. Aparece aquí la idea de impiedad y purificación, como imágenes de lo falso y de lo verdadero, contraponiéndose entre su primer discurso y el segundo que estructurará bajo la forma de una palinodia a Afrodita. La discusión, esta vez, va más allá de si se le conceden favores al que ama o al que no; el asunto recae en la tensión que produce la figura del enamorado en su pérdida de la sensatez. La ética que desprende Platón bajo el concepto de sofrosine (σωφροσύνη) entra en disputa con la divinidad, que aparece, a su vez, como imagen de la síntesis a la que llegará en este segundo discurso que dará a cara descubierta.

    ¿Es un mal la demencia? No es cosa sencilla para Sócrates, pues conoce los atributos de la diosa. Por medio de la manía se produce la adivinación; “es en pleno delirio cuando han sido causa de muchas y hermosas cosas”, dice, refiriéndose al divino vaticinio de profetisas y sacerdotisas. También reconoce en el delirio de las súplicas y entrega a los dioses un beneficio, ya que “se llegó así a purificaciones y ceremonias de iniciación”. En un tercer grado de locura posiciona a aquella que viene de las musas, pues el que sin la locura de estas “acude a las puertas de la poesía, persuadido de que, como por arte, va a hacerse un verdadero poeta, lo será imperfecto” (244a ss.). Hay todavía un cuarto tipo de manía: el entusiasmo (ἐνθουσιασ ό ). Sócrates recurre a un símil para su explicación, la idea de alma se parece, así, a una fuerza que “lleva a una yunta alada y a su auriga”, y los estratifica en castas de dioses y de hombres para dar cuenta de lo inmortal y lo mortal, siendo esta última condición causada por la pérdida de alas de los caballos, en cuya caída logran sobrevivir asiéndose de un cuerpo. No obstante, antes de esta pérdida, aquellos han alcanzado a volar por sobre el cielo y ver lo que se encuentra del otro lado. Lugar que, advierte, “no lo ha canta- do poeta alguno de los de aquí abajo, ni lo cantará jamás como merece”, pues “esa esencia cuyo ser es realmente ser” (247c) solo puede ser vista por el entendimiento de algunos, aquellos de almas que han logrado espiar en aquel espacio y contemplar la verdad, de la cual todo lo humano participa: “porque nunca el alma que no haya visto la verdad puede tomar figura humana” (249b).

    El mito, entonces, explica el origen de la conciencia humana a través de lo que Platón ha desarrollado bajo la idea de reminiscencia. El intelecto aparece como un recuerdo, y Sócrates reivindica a Afrodita otorgando a la belleza un papel preponderante: como una fuerza que es capaz de despertar este recuerdo y, por tanto, que permite el saber: “cuando alguien contempla la belleza de este mundo, y, recordando la verdadera, le salen alas y, así alado, le entran deseos de alzar el vuelo, y no lográndolo, mira hacia arriba como si fuera un pájaro, olvidado de las de aquí abajo, y dando ocasión a que se le tenga por loco. Así que, de todas las formas de «entusiasmo», es esta la mejor de las mejores, tanto para el que la tiene, como para el que con ella se comunica; y al partícipe de esta manía, al amante de los bellos, se le llama enamorado” (249d).


Macarena Castro


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