Odiseo disfrazado de realidad
Puesto que Homero se vale de los dioses en condición de metáfora, al punto de poner en boca de Zeus la herejía en virtud de la cual los hechos de los hombres obedecen a sus propias decisiones y no a las deidades (Odisea, I, 32-34), la idea de inmortalidad que recorre los versos debe ser rastreada en el cruce de otras constantes. Por una parte, la insobornable aspiración del héroe a ser recordado, que a la vez desliza el deseo de memoria abrigado por el aedo para sí; por otra, la idea de sucesión, que sirve al poeta, oponiendo planos contiguos, para ejercer la crítica de la sociedad de clases. Un pasaje de la Odisea donde este contraste alcanza una bellísima composición es aquel en el cual, justo después de señalar que en casa de Alcínoo son explotadas cincuenta esclavas, se alude al huerto aledaño, en cuyas “ramas jamás falta el fruto ni llega a extinguirse, / que es perenne en verano e invierno; y al soplo continuo / del poniente germinan los unos, maduran los otros: / a la poma sucede la poma; la pera a la pera, / el racimo se deja un racimo y el higo otro higo” (VII, 103 ss.).
Pero en la esfera humana de la Edad del Bronce la sucesión es sujeción a otro tejido. De los personajes homéricos que destacan por su capacidad de urdir, el paralelo más acabado debe rastrearse entre Helena y Penélope, teniendo a la vista tanto la diferencia de estilo con que una y otra hacen y deshacen, como el impacto que sus respectivos tejidos ejercen sobre la estructura del poder. Como se sabe, Helena —igual que Pólux— es concebida por Zeus y Leda la misma noche en que esta y su marido, el rey espartano Tindáreo, engendran a Clitemnestra y Cástor. Pretendida por un sinnúmero de hombres, es Helena quien escoge como esposo a Menelao, el que hereda el trono tras la muerte de los Dioscuros. Penélope, en tanto, es hija de la náyade Peribea y de Icario, hermano de Tindáreo (Apolodoro.Biblioteca mitológica, III, 10, 6). Sin embargo, Penélope no elige marido: su boda constituye un arreglo familiar de la casa real espartana como resultado colateral de la opción de Helena por Menelao. En efecto, la causa formal de la Guerra de Troya es que los aqueos, creyendo que la reina ha sido secuestrada y no raptada, invocan el pacto ofrecido por Odiseo, en virtud del cual los treinta pretendientes de ella prometen prestar auxilio si el elegido recibe de otro algún ultraje respecto de su matrimonio. Sellado el acuerdo, Tindáreo debe cumplir al rey de Ítaca lo convenido previamente entre ambos: compensarlo pidiendo para este a Icario la mano de su hija (III, 10, 8-9). Odiseo y Penélope no se casan por amor —como pretenden los discursos que quieren ver fidelidad en esta tejedora—, sino porque aquel es derrotado en la contienda para contraer nupcias con Helena. La soberana de Esparta pone en marcha un brillante plan de política exterior que termina no solo con la anexión de Troya, sino también con un regreso a Laconia tan perfecto como su retorno al matrimonio con Menelao. La lúcida estrategia que, en cambio, sigue y conviene a Penélope para mantenerse en el poder es exactamente la inversa: se queda en palacio —aspecto que Homero remarca con la imagen de la jerarca recluida en su habitación— y, cuando vuelve Odiseo, el enlace conyugal camina hacia la disolución, pues aquel debe irse de Ítaca en busca de su propia muerte, situación que no apena en lo más mínimo a su esposa, quien inmediatamente después de saberlo por voz del propio rey de Ítaca, tiene sexo con él (Od., XXIII, 247 ss.).
Homero arremete contra la pretensión de linaje, banalizando incluso las alusiones a la estirpe divina y reduciéndolas a un recurso formular aplicable a cuanto personaje aparece, de suerte que incluso las innumerables referencias a Odiseo como vástago de Zeus se disipan. Cuando al fin el rey de Ítaca llega al palacio, lo hace igual que al entrar a Troya, disfrazado de mendigo (IV, 244 ss. y XVII, 336 ss.), y a medida que se acerca el final de la Odisea ese simulacro se parece cada vez más a la realidad que espera al personaje. La obra introduce desde el principio la duda en torno a la paternidad del héroe sobre Telémaco, quien comenta a Atenea: “De él nacido me dice mi madre, mas yo por mí mismo / no lo puedo saber: ¿qué mortal reconoce su sangre?” (I, 215-216). Luego es Helena, de vuelta en Esparta, quien se pregunta si se engaña o no, pues nunca ha visto tan grande semejanza entre una persona y otra como entre ellos (IV, 140 ss.). Tras revelarle su identidad, Odiseo se dirige a Telémaco planteando, “si en verdad has nacido de mí y es tu sangre mi sangre”, que no informe de su retorno ni a las esclavas ni a Penélope, para descubrir lo que piensan las mujeres y “ver quién nos honra y quién nos teme en el fondo del alma” (XVI, 300 ss.). Pero la obra sugiere que el heredero del trono comparte de inmediato con la reina la noticia, tanto porque pronto esta desea la muerte para Antinoo por herir al “pobre errabundo” (XVII, 492 ss.), como porque quiere preguntar al allegado por su marido (XVII, 507 ss.), y porque al mismo comunica el sueño que dice haber tenido: que un águila venida desde el monte al reino mata a “una veintena de ocas que comen el trigo en la artesa del agua” (XIX, 535 ss.). Por lo demás, Teoclímeno, quien vaticina a Telémaco que reinará en Ítaca (XV, 525 ss.), jura ante este a Penélope que “Odiseo ya está en el país de sus padres” (XVII, 151 ss.). Para entonces, Odiseo sabe que no tiene en quién confiar ni a quién gobernar. Ni en la urbe los ciudadanos se han alzado contra las ofensas de los nobles al ausente, ni en su propia casa hay alguien que en veinte años hubiese atendido a su perro, Argos, cuyo estado refleja la situación del protagonista. El can yace despreciado sobre un cerro de estiércol, pues “las mujeres no se acuerdan de él” y los esclavos, “si falta el poder de sus amos, / nada quieren hacer ni cumplir con lo justo” (XVII, 290 ss.). Argos muere y Odiseo viste con andrajos como los que desde hace mucho tiempo lleva su padre.
David Hevia
