El culto a los dioses de abajo en la Antígona de Sófocles
Cuando en el año 442 a.C. se representó por primera vez la Antígona de Sófocles, el triunfo le significó a su autor el honor de ejercer el cargo de estratego junto a Pericles. Tendría que pasar más de una década para que el teatro de Dioniso presenciara la tragedia de Edipo rey, la que obtiene el segundo lugar en sus representaciones entre el 429 y el 425 a.C. El espectador ateniense podía apreciar las obras de manera independiente, pues la trágica historia de los Labdácidas era conocida para ellos. Para nosotros, en cambio, esta solo ha llegado a nuestros días a través de autores que refieren antiguos poemas épicos. Sobre la Edipodia, por ejemplo, un escolio de las Fenicias de Eurípides entrega el mayor testimonio. En palabras de Pisandro, Layo, padre de Edipo, se enamoró y raptó al hijo de Pélope, rey de Argos que lo había recibido como huésped, por lo que “la Esfinge les fue enviada a los tebanos desde las más remotas regiones de Etiopía debido a la cólera de Hera porque no habían castigado a Layo por su impiedad” (Pisandro, fr. 10 Jacoby). La infamia del padre queda fuera de la dramatización de Sófocles; Edipo no hereda una maldición familiar, solo actúa.
Antígona, de igual manera, aparece fuera del alcance de su padre, cumpliendo un destino que solo se somete a su propio actuar: dar sepultura al cadáver de su hermano, aun cuando esto estaba prohibido por el decreto de Creonte, su tío, quien había tomado el poder tras la mutua muerte que se dieron los únicos dos herederos al trono de Tebas, Eteocles y Polinices. La heroína no acepta el castigo dado a este último por la traición de haber asediado la ciudad paterna, pero, ¿cuál es la razón? Ismene, creyéndola fuera de sí, intenta disuadirla: “Acuérdate, hermana, de cómo se nos perdió nuestro padre, odiado y deshonrado” (Ant., 49). La heroína le recuerda, por su parte, la libertad de escoger sus propios destinos: “Sé tú como te parezca. Yo le enterraré” (72). Incluso más tarde, llegado el momento de cumplir la condena, Antígona se diferencia de su hermana cuando esta quiere asumir parte del castigo: “De quién es la acción, Hades y los dioses de abajo son testigos” (542). Una y otra vez Antígona invoca a sus testigos subterráneos en desmedro de los olímpicos y de la ley de los hombres. El famoso oxímoron sintetiza las fuerzas que desatan lo trágico: “un piadoso crimen, ya que es mayor el tiempo que debo agradar a los de abajo que a los de aquí” (75-76). Cuando toma la palabra en el agón con Creonte, la reflexión versa sobre la ley: “No fue Zeus el que los ha mandado publicar, ni la Justicia que vive con los dioses de abajo la que fijó tales leyes para los hombres. No pensaba que tus proclamas tuvieran tanto poder como para que un mortal pudiera transgredir las leyes no escritas e inquebrantables de los dioses. Estas no son de hoy ni de ayer, sino de siempre, y nadie sabe de dónde surgieron” (450-460). Podría creerse que es propio de un afán religioso lo que posiciona a Antígona en contra de la ley de Creonte, quien a su vez parece invocar únicamente la protección del pueblo de los vivos. Sabe ella, además, que su decisión la llevará al Hades, pues su tío dio la orden de ocultarla viva en una pétrea caverna. ¿Qué es lo que conserva realmente al sepultar a su hermano y a ella misma? Para Antígona, el progreso de la ciudad está en los cimientos de aquellas antiguas creencias, las que “nadie sabe de dónde surgieron”, pues la oralidad del relato no lo permite. Asimismo, el amor filial que la impulsa también es una necesidad por conservar su propio origen. En el primer estásimo el coro reflexiona sobre todo lo que existe y afirma: “nada más asombroso que el hombre”. Pero junto a él nombra a “la más poderosa de las diosas, a la imperecedera e infatigable Tierra”, pues junto a ella “trabaja sin descanso, haciendo girar los arados año tras año” (340). También año tras año los mitos de los dioses de abajo impulsan el trabajo sobre la tierra. Cuenta un himno homérico que cuando Perséfone es raptada por Hades, Deméter procura no hacer medrar el grano y somete a los hombres a una gran carestía. Zeus interviene para que el que gobierna bajo tierra la deje libre y calme, así, la cólera de la diosa. Pero Perséfone es tentada con el fruto que este le ofrece y se convierte en una más entre los que allí habitan. Solo podrá estar con los vivos dos temporadas, mientras que pasará “la tercera parte del transcurso del año bajo la nebulosa tiniebla”. Su madre lo acepta y, de tal modo, “la ancha tierra se cargó de frondas y flores. Y ella [Deméter] se puso en marcha y enseñó a los reyes que dictan sentencias” (A Deméter, 472-474). Antígona se une a Hades en un gesto similar: “Hades, el que a todos acoge, me lleva viva a la orilla del Aqueronte [...] con Aqueronte celebraré mis nupcias” (Ant., 810-817), dice, y cuando se encamina a su lecho, entona: “¡Oh, tumba, oh cámara nupcial, oh habitáculo bajo tierra que me guardará para siempre, adonde me dirijo al encuentro con los míos, a un gran número de los cuales, muertos, ha recibido ya Perséfone!” (892-895). Creonte la acusa de venerar solo a Hades, pero Antígona venera aquel tiempo mítico cuya verdad se le revela. Los dioses son imágenes del conocimiento que se ha alcanzado cuando el mito entrelaza sus funciones simbólicas. La tierra guardará el cuerpo de su hermano, tal como ha conservado los vestigios de otros tiempos.
Macarena Castro
