Nikolái Gógol: Almas muertas
¿Para qué, sin embargo, sacar a relucir la pobreza de nuestra vida y nuestra triste imperfección preguntando a gentes de los rincones perdidos y más alejados del país? ¡Pero qué se le va a hacer si tal es la naturaleza del autor y él mismo ha enfermado de imperfección, si su talento está ya de tal modo estructurado que solo es capaz de describir la pobreza de nuestra vida, sacando a la luz a gentes de los rincones perdidos y más alejados del país! Y henos aquí de nuevo metidos en un rincón perdido y alejado.
¡Y qué perdido y alejado este rincón!
A lo largo de más de mil verstas se extendían, serpenteando, elevaciones montañosas. Cual gigantesca muralla de una fortaleza sin fin, se alzaban sobre las llanuras ya como abrupta roca amarillenta, semejante a una pared con surcos y hendiduras, ya como redondeada prominencia cubierta de jóvenes arbustos que, cual añinos, sobresalían por encima de los troncos cortados de los árboles, ya, finalmente, como oscuro bosque a salvo todavía del hacha. El río, ya era fiel a sus elevadas orillas dibujando con ellas ángulos y recodos en una larga extensión, ya se apartaba y se hundía en las praderas para formar entre ellas varios meandros, brillar como el fuego a la luz del sol, esconderse entre los abedules, pogos y alisos, y salir de allí triunfante con acompañamiento de puentes, molinos y presas, que parecían correr tras él en cada vuelta.
En un paraje, el abrupto costado de las elevaciones llegaba a mayor altura que los otros, y todo él, desde el pie hasta la cima, se adornaba con las frondas de los apiñados árboles. Todo se encontraba allí en mescolanza: el arce y el peral, el codeso y la acacia amarilla, el abedul y el abeto, y el serbal con el lúpulo enrollado en su tronco; allí se entreveían las rojas techumbres de unas construcciones señoriales, las crestas de las isbas que quedaban ocultas detrás, la parte alta de la mansión del señor, y por encima de todo ese amontonamiento de árboles y techos una vieja iglesia elevaba sus cinco cúpulas centelleantes, todas ellas rematadas por caladas cruces de oro sujetas con cadenas asimismo caladas y doradas, de suerte que de lejos brillaban cual oro suspendido en el aire sin apoyo alguno. Y todo ese conjunto de árboles y techumbre, junto con la iglesia, se reflejaba, invertido, en el río, donde unos viejos sauces pintorescamente deformes, unos con sus raíces en las orillas, otros dentro del agua, inclinaban hacia ella ramas y hojas, como si contemplaran aquella imagen refleja- da, sin cansarse de admirarla a lo largo de su longeva existencia.
La vista era muy hermosa, pero la que se divisaba desde arriba, desde la parte alta de la casa mirando hacia la llanura y hacia la lejanía, aún lo era más. Ningún huésped o visitante podía permanecer indiferente al asomarse al balcón. Suspenso el ánimo, solo podía exclamar: «¡Dios mío, qué inmensidad!». Descubríanse desde ahí extensiones sin fin. Más allá de los prados, salpicados de bosquecillos y molinos de agua, verdeaban y azuleaban espesos bosques cual mares o nieblas desparramadas en la lejanía. Tras los bosques, a través del aire calinoso, amarilleaban las arenas. Tras los arenales, en el lejano horizonte, se alzaba la cresta de unos montes gredosos, que brillaban con cegadora albura hasta cuando hacía mal tiempo, como si la iluminara un sol eterno. En ellos se percibían, aquí y allá, como unas humeantes manchas de azulada neblina. Eran remotas aldeas, pero el ojo humano ya no podía distinguirlas. Tan solo la dorada cúpula de una iglesia a la que el sol arrancaba un destello como una chispa, daba a entender que había ahí una localidad importante. Todo ello se hallaba inmerso en un silencio imperturbable, no alterado siquiera por el eco del canto de los pájaros que llenaba el aire y apenas llegaba al oído. En una palabra, no podía permanecer indiferente al asomarse al balcón ningún huésped o visitante. Todos, después de unas dos horas de arrobamiento, exclamaban como en el primer instante: «¡Dios mío, qué inmensidad!». ¿Quién era el habitante de esa aldea a la que, como en una fortaleza inexpugnable, no se podía llegar de frente, sino por el otro lado, siguiendo un camino que pasaba por campos y sembrados y, finalmente, por un claro robledal, cuyos árboles se extendían pintorescamente por una verde alfombra hasta las mismísimas isbas y la casa señorial? ¿Quién era el habitante, el amo y señor de esa aldea? ¿A qué feliz mortal pertenecía ese apartado rincón?
Pertenecía aquello a un propietario del distrito de Tremalaján, Andréi Ivánovich Tentétnikov, joven señor de treinta y tres años, secretario colegiado y soltero.
¿Qué clase de hombre era el propietario Andréi Ivánovich Tentétnikov, cuáles eran sus costumbres, sus peculiaridades y su carácter?
Es necesario interrogar a los vecinos, huelga decirlo. Uno que pertenecía a la casta de los oficiales retirados y fachandosos lo definió con lacónica expresión: «¡Es un perfecto animal!». Un general que vivía a diez verstas dijo: «Es un joven que no tiene nada de tonto, pero se le han subido los humos a la cabeza. Yo podría serle útil, porque tengo en San Petersburgo, hasta con...», y el general no terminó la frase. Un capitán de la policía rural comentó: «El pequeño rango que posee no vale ni un comino, y mañana mismo iré a apremiarle para que pague los impuestos que tiene atrasa- dos». Un mujik de su aldea, a la pregunta de cómo era su amo, no respondió nada.
En una palabra, la opinión pública le era más bien adversa que favorable.
Y el caso es que, en el fondo, Andréi Ivánovich no era ni bueno ni malo, sino, simplemente, un vago de siete suelas, de esos que se dedican a ahumar el cielo. Como quiera que son muchas las personas que en este mundo se dedican a ahumar el cielo, ¿por qué no iba a hacerlo también Tentétnikov? De todos modos, he aquí, en pocas palabras, el diario de su jornada, y que por él juzguen los lectores cuál era el carácter de este propietario.
Por la mañana se despertaba muy tarde, y una vez incorporado permanecía aún largo rato en la cama restregándose los ojos. Como por malaventura, los tenía muy pequeños, motivo por el cual la operación de restregárselos se prolongaba lo indecible. Durante todo este tiempo, el criado Mijailo permanecía junto a la puerta con la palangana y la toalla en las manos. Allí estaba, el pobre Mijailo, una hora o dos, se iba luego, a la cocina, luego volvía, y el señor aún continuaba sentado en la cama restregándose los ojos. Finalmente se levantaba, se lavaba, se ponía una bata y salía al salón a tomar té, café, cacao y hasta leche recién ordeñada. Bebía unos sorbos de cada cosa, migando el pan sin compasión y ensuciándolo todo sin consideración alguna con la ceniza de su pipa. Así solía permanecer sentado unas dos horas; pero no bastaba: aún se servía una taza de té frío y se acercaba a la ventana que daba al patio.
[...] Dos horas antes de la comida Andréi Ivánovich se retiraba a su despacho con el propósito de trabajar seria y realmente. Su ocupación era de veras muy seria. Consistía en meditar una obra sobre la que venía ya cavilando permanentemente desde hacía mucho tiempo. La obra debía abarcar a Rusia entera desde todos los puntos de vista: civil, político, religioso y filosófico; debía solucionar los complicadísimos problemas y tareas que el tiempo le había planteado, y debía determinar con toda nitidez su gran futuro. En una palabra, se trataba de una obra de gran envergadura. Más por de pronto todo acababa en pura meditación. Se mordisqueaba la pluma, aparecían dibujos en el papel y luego todo se abandonaba para tomar un libro que ya no se dejaba hasta el momento mismo de ir a comer. El libro ese se leía con la sopa, con la salsa, con el asado y hasta con el pastel, de tal suerte que algunos platos debido a ello se enfriaban y otros se retiraban intactos. Seguía luego la taza de café y la pipa, y después el ajedrez, que el señor jugaba consigo mismo. Lo que a continuación se hacía hasta la hora de cenar en verdad hasta resulta difícil decirlo. Al parecer, simplemente, no se hacía nada. ¡Absolutamente nada!
Y así pasaba el tiempo, solo solito en el mundo, aquel hombre de treinta y tres años, siempre metido en su bata y sin corbata. No sentía deseo de pasear, ni de andar, ni siquiera de subir al balcón y contemplar la lejanía y el paisaje, no sentía siquiera deseo de abrir las ventanas para que entrara aire fresco en la habitación, y la maravillosa vista de la aldea que ningún visitante podía contemplar con indiferencia era como si no existiese para el propio dueño.
Por ese diario el lector podrá darse cuenta de que Andréi Ivánovich Tentétnikov pertenecía a la familia de esas gentes, tan numerosas en Rusia, que tienen por nombre los de gandul, tumbón, holgazán y otros por el estilo.
¿Nacen ya así, tales caracteres, o se forman después de nacer? ¡Qué responder a la pregunta! En vez de respuesta, me parece preferible narrar la historia de la infancia y educación de Andréi Ivánovich.
En su infancia era ingenioso e inteligente, se le veía un niño a veces inquieto y a veces caviloso. Por una casualidad, feliz o desdichada, ingresó en una escuela cuyo director era una persona extraordinaria en su género, a pesar de tener algunas rarezas. Aleksandr Petróvich poseía el don de captar la naturaleza del hombre ruso y conocía el lenguaje con que es necesario hablarle. Ningún niño se iba de su lado con las orejas gachas. Al contrario, incluso después de una severa reprimenda sentía el niño el ánimo elevado y el deseo de borrar la cochinada o mala acción que hubiera cometido. El nutrido grupo de sus educandos parecía a primera vista tan revoltoso, desenvuelto y activo que uno podría haberlo tomado por una indisciplinada pandilla de mozalbetes. Pero se habría equivocado: en aquel grupo se percibía muy netamente la autoridad del maestro. No había perturbador ni revoltoso que después de cometer una travesura no se le presentara por propia voluntad y no le contara lo que había hecho. Aleksandr Petróvich percibía el más leve movimiento de sus propósitos. En todo actuaba de manera excepcional. Según él, en primer lugar había que despertar en el hombre la ambición, —llamaba él ambición a una fuerza que empujaba al individuo hacia adelante—, sin la cual nadie se muestra activo. No frenaba en absoluto muchos entusiasmos ni diabluras: en los fervores iniciales veía el comienzo del desarrollo de las propiedades anímicas. Él los necesitaba, además, para descubrir qué llevaba en sí mismo el niño. Así el médico inteligente observa con calma la aparición de ataques y erupciones pasajeras, no los hace desaparecer, sino que los examina con detención para llegar a conocer, con fundamento de causa, lo que ocurre en el interior del paciente.
Tenía en su escuela pocos maestros, él mismo explicaba la mayor parte de las asignaturas. Y hay que decir la verdad: sin términos pedantescos y sin altisonantes concepciones —de que tanto suelen presumir los jóvenes profesores— sabía exponer en pocas palabras la ciencia misma de la disciplina, de suerte que hasta el más joven de los discípulos comprendía con toda claridad para qué necesitaba aquellos conocimientos. Afirmaba que la ciencia más importante para el hombre es la ciencia de la vida, pues quien llega a conocerla sabe por sí mismo a qué debe dedicarse preferentemente.
Nikolái Gógol. Fragmento de la novela Almas muertas (1842).

