El templo venera a las prostitutas

    Desde el momento en que la férrea alianza pactada entre Gilgamesh y Enkidú exige los previos seis días y siete noches de placer proporcionados a este por una de las más hermosas rameras de la diosa Ishtar (Epopeya de Gilgamesh, T. I, c. IV, 1-47; c. V, 1-24), la prostitución sagrada deja registros que exceden con creces el plano de la fantasía, no solo por lo que hay de realidad en la imaginación, sino también porque dicha práctica social deja igualmente su retrato en las páginas de los cronistas. En su Historia, por ejemplo, Heródoto alude a una costumbre —que él tilda de “infame”— de los babilonios, en virtud de la cual “toda mujer natural del país debe sentarse una vez en la vida en el templo de Afrodita y unirse con algún forastero”. Las más opulentas van en carro, mientras la inmensa mayoría se sienta en el recinto y “no vuelve a su casa hasta que algún forastero le eche dinero en el regazo y se una con ella fuera del templo […]. Al echar el dinero, debe decir: ‘Te llamo en nombre de la diosa Milita’. Las asirias llaman ‘Milita’ a Afrodita. Como quiera que sea la suma de dinero, la mujer no la rehusará: no le está permitido, porque ese dinero es sagrado [...]. Las que están dotadas de hermosura y talla pronto se vuelven; pero las que son feas se quedan mucho tiempo sin poder cumplir la ley, y algunas quedan tres y cuatro años”. Una escena semejante, precisa el historiador, tiene lugar en Creta (I, 199). Siglos después, en su Geografía, Estrabón relata la misma liturgia para Babilonia, recalcando que el dinero así habido “es considerado consagrado a Afrodita” (XVI, 1, 20). En Sobre la diosa siria (6), por otra parte, Luciano de Samósata añade que en Biblos, tras llorar ceremonialmente la muerte de Adonis, lo hacen aparecer vivo y todos se rasuran la cabeza, “como los egipcios cuando muere Apis. Y todas las mujeres que no quieren raparse pagan la siguiente multa: durante un día ponen a la venta su belleza; pero la plaza se abre solo para los extranjeros, y el pago se convierte en ofrenda a Afrodita”. Testimonios en esa dirección hay muchos, y al respecto es importante hacer notar que en unos casos el amplio concepto de prostitución sagrada alude tanto a formas de devoción, de las que son ejemplo las hieródulas, como a vías de manumisión y a pautas prenupciales. En el tercer caso, se trata de un requisito doctrinario y/o de una estrategia de ahorro, de modo que la prostitución solventa el matrimonio, si acaso existe diferencia entre los dos últimos conceptos. “Hay en Sica un templo de Venus al que se retiraban las mujeres, y al salir de él incrementaban el dinero de su dote prostituyendo su cuerpo, dispuestas a contraer un enlace honesto mediante práctica tan deshonesta”, comenta al respecto Valerio Máximo en Hechos y dichos memorables (II, 6, 15). De cualquier manera, las noticias sobre el particular están muy lejos de constituir un patrimonio exclusivo de la esfera pagana. “¿Acaso las Venus son más bien tres, una de las doncellas, que también es Vesta, otra de las casadas y la tercera de las meretrices?”, apunta a comienzos del siglo V Agustín en Ciudad de Dios (4, 10), cuando Ambrosio, para retratar el papel de la Iglesia en la historia, ya ha acuñado en su Exposición del Evangelio según Lucas (c. 390) una fórmula que deviene mucho menos oxímoron que hápax de la literatura patrística: “casta meretrix” (III, 23).

    Que la contradicción entre los términos no constituye sino una apariencia es algo que puede constatarse por diversos caminos, aunque el expuesto por Plutarco ofrece, además de claridad, indicios adicionales sobre la venérea venerabilidad. En efecto, en su diálogo Por qué la pitia ya no da en verso sus oráculos (c. 100), el intelectual y sacerdote de Apolo en Delfos sitúa a los interlocutores en el lugar exacto del santuario en que se encuentran los broches de hierro que antaño sujetaban la efigie levantada en honor a Ródopis (14, 15), la célebre meretriz a la que, siete centurias antes, Safo (fr. 5 y 10) alude indirectamente como causa del alejamiento de su hermano Caraxo. En el opúsculo plutarquiano los vestigios del culto a la prostituta enfurecen a Diogeniano con los helenos por haber dado espacio “para que viniera a depositar el diezmo de sus ganancias”. Ante ello, Sarapión le responde: “Querido amigo, ¿por qué te indignas? Levanta la vista y contempla, entre las estatuas de los reyes y los generales, la imagen de oro de aquella Mnésareté, que según Crates había erigido un monumento a la incontinencia de los griegos”. Sus palabras se refieren a Friné, la hetaira cuyas formas ciñen a la Afrodita esculpida por Praxíteles. Acto seguido, desafía a Teón a que intente quitar la mácula sobre la legendaria modelo. “Quisieras desterrar del templo a una mujer por el uso indigno que hizo de su belleza, y, en cambio, las primicias y diezmos que rodean a este dios [Apolo], que son fruto de tantas guerras, de tantas muertes y saqueos padecidos por los griegos, ¡todo eso lo ves sin que te provoque indignación!”, responde el emplazado, quien remata su argumentación señalando que en vez de incomodarse con el escultor “por haber conseguido aquí un lugar para su amante”, debería más bien ensalzarlo por haber puesto la estatua de una cortesana entre las de los más grandes monarcas, porque con ello el artista “envilecía las riquezas y mostraba que nada hay en ellas que sea digno y admirable”.

    ¿De qué otra manera, sino por obra y gracia de las más distintas formas de prostitución, podría financiarse el templo? El culto a la castidad solo puede adorar la ausencia de la misma.


David Hevia


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