Recabarren: la muerte para dios y la vida para la mujer

    En 1916, Luis Emilio Recabarren inicia desde Valparaíso una campaña propagandística en las ciudades más importantes del centro y sur del país, hasta llegar a Punta Arenas. Es allí donde asiste al local de la Federación Obrera de Magallanes y dicta la conferencia La mujer y su educación. Lo esencial de aquel discurso del 8 de julio fue pronto divulgado en la imprenta de El Socialista, periódico que había dado a luz un año antes con 500 ejemplares, por su exclusivo esfuerzo y sin un centavo de ingreso, como afirma en la carta del21 deagostode1915 dirigida a Carlos Alberto Martínez. “La historia de la mujer es la historia del martirio, del dolor y de la abnegada sublimidad”, comienza el texto, bajo la consigna editorial de “lectura barata”, “útil a toda la clase proletaria”. Aquella historia, para el tipógrafo porteño, como todas las ideas dominantes de la actual sociedad humana “son creación de la iglesia”; es más, afirma que “la estructura misma de la sociedad presente es fruto de las religiones”; por lo que, acto seguido, llama al estrado al mito y les recuerda a sus lectoras: “la iglesia al inventar la fábula de la creación del hombre, coloca a Eva, la supuesta primera mujer, como la instigadora del mal y la hace culpable y responsable de todo el mal del género humano. ¡Y la mujer no se subleva ante tan inmerecida ofensa!”.

    Ni iglesia ni mito serán la contraparte, sino teatro y una primera mujer, Rebeldía, la protagonista de su drama social en tres cuadros: Desdicha obrera, obra que también fue publicada, en 1921, por la imprenta de El Socialista, en la colección Obras de Teatro para Aficionados, “que en toda la república cooperan a la educación y recreo del pueblo”, como versa su presentación. El primer cuadro, en una sala pobre, presenta a las dos hermanas, Luzmira en sus labores de costura y Rebeldía leyendo. Una tercera mujer aparece en escena a través del recuerdo de la primera: “Cuando niña sufrió la falta de sus padres. Cuando joven dejó en la fábrica salud y hermosura. Se casó para aumentar sus obligaciones, sus trabajos y pesares”. Rebeldía, en el intento por desviar este camino, se encuentra sin trabajo tras liderar una huelga en el establecimiento industrial de encajes y bordados. No obstante, la enfermedad de su madre le pesa a ratos; también los reproches de Luzmira, pero se mantiene firme ante la primera tentación que irrumpe en su casa. El Cura, que había sido solicitado por su hermana, interrumpe las labores del médico, que atiende a la anciana, para darle “los santos auxilios de la religión”, haciéndose llamar el curador de almas. Rebeldía se niega a recibirlo, acusándolo no solo a él: “hace muchos siglos que la voz de ustedes repercute en el mundo con ese mismo horrible acento de mentira, de falsía, de hipocresía”. Ante la defensa de la joven costurera, el Cura apela a la libertad de credo cuando pide e insiste ver a la enferma primero y que ella decida. El médico, haciendo coro a la joven, le advierte que en el estado en que ella se encuentra es incapaz de un acto razonable. El religioso se va, y el monólogo de Luzmira cierra el cuadro: “la iglesia nos manda soportar esta vida miserable, porque dice que esa es la voluntad de dios. Pero mi hermana dice que no, dice que si la vida es mala debemos mejorarla”.

    Una segunda tentación se presenta para la heroína en el cuadro siguiente, cuando es solicitada por el patrón, quien enterado, casualmente tras la visita del Cura, de la enfermedad de su madre, le ofrece nuevamente su puesto de trabajo y la llama a su oficina para brindarle ayuda a cambio de sus simpatías. Rebeldía, comprendiendo sus intenciones, lo cuestiona: “Es que las pobres no debemos ser siempre carne escogida para apetitos innobles, ¿por qué no buscan ustedes entre su misma clase esos apetitos?”. La escena cierra con la defensa de la joven, su herramienta de trabajo es su arma, y así lo recordará ante el juez en el tercer y último cuadro, cuando le pregunta si es la autora del crimen: “yo me acordé que llevaba mis tijeras de trabajo colgadas de mi cintura, las tomé y se las clavé”. Ya en prisión recibe la visita de una Carcelera —“que puede ser una monja”, señala la acotación— y del Cura, quien creyéndola en un estado más vulnerable le ofrece la sanación de su alma. Rebeldía entonces cuestiona la omnipresencia de su dios: por qué no estuvo en la oficina del Burgués cuando intentó violar- la. “Dios no puede estar en todos los actos”, dice el sacerdote. “Cuando a ustedes les conviene dios ve y lo prevé todo y está en todas partes”, refuta ella. El Cura se queda sin argumentos y acusa a ambas de rebeldes, pues Luzmira también ahora prescinde de sus servicios divinos y le recrimina: “...pero la voluntad de los jueces que por lo que se ve es más poderosa que la de su dios, quiere que mi hermana viva encarcelada aquí y la gran justicia de su dios nada puede contra la injusticia terrena”.

    Desdicha obrera fue representada por primera vez el 7 de agosto de 1921 en el Teatro Obrero de la calle San Martín, por el grupo aficionado Arte y Revolución, en Iquique. No es esta la única pieza del dirigente obrero, se conoce un monólogo de 1912 titulado Yo pensaba que era libre y Redimida, obra que no ha sido conservada, pero cuya existencia quedó estampada en la edición del 15 de enero de 1914 del periódico El Despertar de los Trabajores, con motivo de su estreno. Allí figura, en el primer lugar de la lista de personajes, Floreal, interpretado por Elías Lafferte. “El argumento constituye la preciosa teoría del matrimonio futuro, o sea, un bosquejo del amor libre”, se lee en la reseña, y se nos recuerda que “todos los actores son aficionados, pero han puesto todo el entusiasmo y amor dignos de la causa socialista [...] para la pureza de los sentimientos de la juventud”.


Macarena Castro

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