Lenka Franulic: un tránsito desde la semblanza hasta el semblante
Hija mayor de croatas avecindados en Chile, Lenka Franulic (1908-1961) esquiva, junto a Dobrila, la menor del clan, la prematura muerte que alcanza a sus otras tres hermanas y que pronto le arrebata a su progenitor. Decididamente alzada contra el afecto de su padrastro, es enviada a un colegio de monjas en Copiapó, donde las religiosas tampoco consiguen sofocar su ímpetu. De regreso doce meses después en la casa familiar, sus capacidades llevan al gobierno a autorizar excepcionalmente su matrícula para el sexto año de humanidades, junto a otras cinco adolescentes, en el Liceo de Varones de Antofagasta. Tras formarse como profesora de Inglés en el Instituto Pedagógico, se integra en 1931 a la redacción de la revista Hoy hasta el cierre de esta en 1943, aunque para entonces el nombre de la joven ya ha irrumpido en la escena literaria con Cien autores contemporáneos (1939).
La voluminosa apuesta, que incluye entre sus perfiles a Sigrid Undset, T.S. Eliot, William Faulkner, Ilya Ehrenburg y Lin Yutang, esboza con audacia un panorama sobre la literatura universal no solo reciente, sino en muchos casos en plena marcha. El resultado, casi imposible, es un vistazo en profundidad al trabajo de cada intelectual, gracias a una condensada mezcla entre biografía, análisis de estilo, cita a la respectiva obra y referencia a la crítica, a lo que debe agregarse un particular motivo de interés: varios de los autores y títulos reseña- dos aún no habían ingresado al modesto circuito editorial en Chile. La exitosa pieza sale varias veces de imprenta y ello permite a su responsable quitar y añadir figuras a tamaño catálogo. En la edición póstuma de 1962, por otra parte, edito- rial Ercilla incluye un Apéndice que ha encargado a Hernán del Solar, donde el cuentista añade a otros veinte escritores del orbe. “Rafael Alberti es uno de los cuatro grandes poetas que se sucedieron en España después de la renovación que significó en la poesía castellana Rubén Darío”, afirma Franulic, categórica, al empezar el capítulo que dedica al vate nacido en Cádiz, y respecto del cual recoge el elogio vertido por José Ricardo Morales en Poetas en el destierro (1943): “una acumulación voluntaria de impedimentos poéticos vencidos con singular seguridad y destreza”. Llama la atención el que, al cabo de las seis páginas en las cuales vuelca esa semblanza biobibliográfica, la ensayista introduzca, en la séptima y final, el semblante del retratado: “Rafael Alberti tiene una estampa recia, ademán firme y un rostro de facciones claras y francas”, por lo cual —comenta— “más que latinos”, él y su esposa, María Teresa León, “parecen nórdicos”. Desde luego, no se trata en absoluto de un procedimiento habitual en escritos de esta naturaleza, pero en el libro debut de la antofagastina dicha fórmula encuentra tribuna. De hecho, en el apartado sobre Louis Aragon, a quien etiqueta, no sin ironía, como “el único poeta de la Segunda Guerra Mundial”, de nuevo es al término de un amplio paseo por su obra y las vicisitudes históricas cuando, ya casi sin espacio, se acuerda de su aspecto. “En cuanto a su físico”, anota, recogiendo un pasaje del prefacio de Le Crève-cœur (1942), es “pequeño, pálido, superlativamente tenso, con ojos fríos y un mechón de negros cabellos echados hacia atrás desde el arranque de una hermosa frente”. Que tal es el modo que ha encontrado la sagaz periodista para deslizar una opinión literaria, se hace más evidente a la hora de abordar a Theodore Dreiser. Así, es otra vez en la séptima y última página donde lanza, a modo de corolario, un boceto. “Si el estilo es el hombre, a Dreiser puede aplicarse, como a ningún otro escritor, esta frase en su más amplio contenido. Todo en él fue grandeza: su talla, sus rasgos físicos, tanto como las dimensiones de sus novelas”, señala.
Conforme su fama se acrecienta, el rostro de Franulic va desdibujándose detrás del humo procedente de las dos cajetillas de Camel y Lucky Strike que diariamente vacía en medio de una bohemia santiaguina tan estrictamente masculina como el sexto año de humanidades en el que se había infiltra- do. En Cien autores contemporáneos dedica también espacio a Thomas Mann, y no conforme con decir allí que “para alcanzar el reconocimiento de su grandeza su obra ha debido pasar, sin embargo, por las pruebas de la traducción”, en 1946 ella misma da a José el Proveedor (1943) fisonomía en castellano. La versión es publicada por Ercilla, sello bajo el cual igualmente la articulista da a luz el primer trasvasije al español de Las olas (1931), de Virginia Woolf, en 1940. “En ella no percibimos el mundo concreto sino a través de las conciencias humanas”, subraya sobre esa creación el emblemático compendio, apuntando directamente a la personificación del paisaje. Por eso, por ejemplo, la traducción de la ensayista para el inaugural “the sun had not yet risen” no dice, como la de Juan Bosch “el sol aún no se había alzado” (Lumen, 1972), sino “el sol no había nacido todavía”. Pero no es todo. La semblanza contenida en Cien autores contemporáneos se mimetiza con el semblante de la novela. “Poco a poco, a medida que una palidez se extendía por el cielo, una franja sombría separó en el horizonte al cielo del mar, y la inmensa tela gris se rayó con grandes líneas que se movían de su superficie, siguiéndose una a otra, persiguiéndose en un ritmo sin fin”, dice el libro de Woolf, al que el de Lenka Franulic se refiere así: “Poco a poco, a medida que se avanza en la lectura, estos monólogos que parecen en un comienzo meras fantasías poéticas, van dando la clave de la individualidad concreta de cada uno de los protagonistas, mediante detalles a menudo triviales, insignificantes en sí mismos, pero siempre esenciales para la comprensión de los diferentes caracteres”.
David Hevia
