Gaston Bachelard: La serpiente
La serpiente es uno de los arquetipos más importantes del alma humana. Es el más terrestre de los animales. Es verdaderamente la raíz animalizada y, en el orden de las imágenes, es el vínculo entre el reino vegetal y el reino animal. En el capítulo sobre la raíz daremos ejemplos que probarán esa evolución imaginaria, esa evolución viva todavía en toda imaginación. La serpiente duerme bajo tierra, en la penumbra, en el mundo negro. Sale de la tierra por la grieta más pequeña, entre dos piedras. Entra en la tierra con una rapidez que azora. “Sus movimientos —dice Chateaubriand— difieren de los de todos los animales; no sería posible decir en dónde se oculta el principio de su desplazamiento, ya que no tiene ni aletas, ni pies, ni alas, y no obstante huye como una sombra, desaparece mágicamente”. Flaubert anotó esta frase en su catálogo de perífrases. [...] La serpiente, flecha tortuosa, entra bajo la tierra como si fuera absorbida por la tierra misma. Esa entrada en la tierra, esa dinámica violenta y hábil, he ahí algo que instituye un arquetipo dinámico curioso. Y la serpiente puede precisamente servirnos de ejemplo para enriquecer, con un carácter dinámico, la noción de arquetipo tal como la presenta C. G. Jung. Para ese psicoanalista, el arquetipo es una imagen que tiene su raíz en el inconsciente más remoto, una imagen que viene de una vida que no es nuestra vida personal y que no podemos estudiar más que refiriéndonos a una arqueología psicológica. Pero no se dice bastante con representar los arquetipos como símbolos. Hay que agregar que son símbolos motores. La serpiente es, en nosotros, un símbolo motor, un ser que no tiene “ni aletas ni pies ni alas”, un ser que no ha encomendado sus potencias motrices a órganos exteriores, a medios artificiales, sino que se ha hecho el móvil íntimo de todo su movimiento. Si agregamos que ese movimiento perfora la tierra, nos damos cuenta de que, tanto para la imaginación dinámica como para la imaginación material, la serpiente se define como un arquetipo terrestre.
Esa arqueología psicológica define también las imágenes mediante una especie de emoción primitiva. Y es en efecto de esa manera como la imagen de la serpiente es psicológicamente activa. En efecto, en la vida europea, la serpiente es la mayo- ría de las veces un ser que vive en el zoológico. Entre su colmillo y el visitante, está siempre la protección de un cristal. Y no obstante Darwin mismo, el observador plácido, confiesa una reacción instintiva: en el momento en que la serpiente lanza blandamente su cabeza en dirección de Darwin, este da instintivamente un paso atrás, aun cuando el carácter inofensivo de la serpiente en una jaula de vidrio resulta evidente. La emoción —ese arcaísmo— gobierna hasta al más sabio. Frente a la serpiente, todo un linaje de antepasados viene a espantarse en nuestro espíritu perturbado.
En la poética de Alexandre Blok, la serpiente es al mismo tiempo el signo del mal subterráneo y del mal moral, el ser macabro y el seductor. Sophie Bonneau ha mostrado la diversidad de aplicación del arquetipo de la serpiente. Todo en la mujer de perdición es serpiente, “sus zarcillos, su trenza, su ojo derecho, su encanto envolvente, su belleza, su infidelidad”. Observemos la mezcla entre los signos visibles y las abstracciones. Observaremos también una multiplicidad de redoblamientos fálicos como este: “Al cabo de su estrecho zapato dormita una silenciosa serpiente”.
Del mismo modo, el río que serpentea no es una simple figura geométrica: en la noche más negra, subsiste un fulgor suficiente como para que el río se deslice entre la hierba con la movilidad y la destreza de una larga culebra: “El agua tiene esa potencia, en la noche más total, de captar la luz no se sabe dónde y transformarla en culebra”. En Huysmans, el Drac en su lecho de grava es una serpiente líquida vista por un terrestre. El torrente se llena de escamas “de películas parecidas a la nata irisada del plomo en ebullición”.
En ocasiones la imagen de la serpiente que se le impone al riachuelo le transmite no se sabe qué maleficio. El riachuelo que ha sido dotado con semejante imagen se vuelve maligno. Pareciera entonces que el dulce río se escribiera en contrapunto: se le puede leer como serpiente o como río. Un poema de Browning nos da un ejemplo de esa doble lectura: “De improviso, un río se atraviesa en mi camino, inesperado, como una serpiente que lo visita a uno...Tan esbelto, y sin embargo tan colérico... Unos sauces se alzaban, empapados, en un acceso de muda desesperación, tropel de suicidados”. Si se prosigue la lectura, se tiene cada vez más la impresión de un paisaje envenenado.
En ocasiones todo el séquito de las imágenes reptilianas desfila, pero parece faltar el ser central; entonces es gracias a un detalle, a un impulso aislado, como se siente viva la imagen de la serpiente. De ese modo, en esa hermosa ensoñación cósmica que es L’arche [El arca], de André Arnyvelde, se lee: “El agua negra, manchada de laminillas de oro en los puntos en que la luz, que atravesaba la bruma, la alcanzaba. El agua se apaciguaba, se enroscaba en los contornos de los arrecifes”. La imagen titubea entre el agua y el reptil, pero, como siempre, es la ensoñación más animalizada la que actúa.
Por lo demás, cuando la imaginación ha recibido la movilidad de una imagen tan vivaz como la de la serpiente, dispone de esa movilidad en total libertad, contradiciendo hasta la más evidente realidad. Así pues, qué renovación de la vieja imagen experimentamos al leer el verso de André Frénaud: “Como una serpiente que remueve los ríos…”.
Haciendo que la serpiente corra a contracorriente sobre el agua del río, el poeta libera a la vez la imagen del reino del agua y la del reino del reptil. Con gusto ofreceríamos el verso de Frénaud como uno de los más claros ejemplos de una imagen dinámica pura. La imagen literaria es más vivaz que cualquier dibujo. Trasciende la forma. Es incluso movimiento sin materia. Es aquí puro movimiento. Ciertas imágenes —que de hecho tienen variantes en la obra de Victor Hugo— manifiestan una condensación y una materialidad que sorprenderán a cualquier psicoanalista de las funciones digestivas: “La serpiente está en el hombre, es el intestino. Tienta, traiciona y castiga”. Estas dos líneas bastan para demostrar que la tentación más material, la más digestiva, puede tener su historia. Se podría por cierto relacionar con esa imagen esta extraña pregunta que hace Frédéric Schlegel, sin que sea necesario ver en ella una imaginación fantasiosa, sino más bien la prueba de una meditación terrestre de los fenómenos de la vida: “¿No sería posible considerar a las serpientes como producciones enfermizas y como las lombrices intestinales de la tierra?”.
Para Cardan, por el contrario, los alimentos de las serpientes son bien cocinados por la digestión lenta debida a la estrechez de las entrañas “y por esa razón sus excrementos huelen bien”. Valorizaciones como estas en el bien o en el mal, que tienen efecto con pretextos tan insignificantes, prueban efectivamente que con semejantes imágenes tocamos un estrato inconsciente muy profundo, muy arcaico. En vez de esas imágenes tan fuertemente marcadas, es posible encontrar imágenes bordadoras que llegan bajo la forma serpentina a engrosar ciertos entrelazamientos. Hay quien se ha preguntado si el soneto de las vocales de Arthur Rimbaud no recibió su primera sustancia de las cartas de colores de su abecedario. La misma interrogación puede plantearse a propósito de Victor Hugo, quien sueña, con tanta frecuencia en su obra, a partir de iniciales, y compromete su visión en una letra mayúscula: “S, es la serpiente”, dice en su libro Viaje a los Alpes y los Pirineos. Por otro lado, no es poco frecuente ver letrinas por las que suben reptiles. Pareciera que la serpiente viene a encorvar una mayúscula demasiado recta, una inicial que quiere ocultarse. ¡Cuántas confesiones inconscientes hay a veces en la elección de una ornamentación animalizada como esa!
El festón, la liana y la serpiente, todo se anima bajo la pluma que sueña, incluso la vida entrelazada, trenzada, enroscada.
Citas tan diversas como estas, y que podríamos multiplicar, prueban con imágenes literarias de la serpiente rebasan muchas veces el juego de las formas y de los movimientos. Si las alegorías hacen de la serpiente un ser tan diserto, una seducción tan prolija, es tal vez porque la simple imagen de la serpiente provoca hablar. Nunca se acaba de hacer cuentos con ella. Y hay así, en el fondo del lenguaje, palabras privilegiadas que gobiernan múltiples frases, palabras que reinan sobre los más diversos dominios. Se forman los más extraordinarios matices bajo el engranaje de un término como la serpiente. En L’ébauche d’un serpent [El esbozo de una serpiente], por ejemplo, el poeta, que encuentra por así decirlo la naturalidad de la fineza, puede darnos, jugando, el esbozo de un universo. Ese universo es un mundo renegado, un mundo finamente menospreciado.
Pero tras esta investigación periférica en torno del arque- tipo central, debemos ahora poner de relieve todo lo que hay de terrestre en las imágenes de la serpiente.
Lo mejor es dar de inmediato el ejemplo de una serpiente cósmica, de una serpiente que es, en muchos aspectos, toda la tierra. Nadie probablemente ha evocado mejor a la serpiente, ser terrestre, que D. H. Lawrence: “En el centro mismo de esa tierra duerme una gran serpiente en medio del fuego. Aquellos que bajan a las minas sienten su calor y su sudor, lo sienten moverse. Es el fuego vital de la tierra, porque la tierra vive. La serpiente del mundo es inmensa, las rocas son sus escamas y los árboles crecen entre sus escamas. Os digo que la tierra que labráis está viva, como una serpiente dormida. Sobre esa inmensa serpiente camináis; ese lago reposa en un hueco de sus repliegues como una gota de lluvia apresada entre las escamas de una serpiente de cascabel. Y sin embargo no por ello deja de estar vivo. La tierra vive. Si la serpiente muriera, todos pereceríamos. Sólo su vida garantiza la hume- dad de la tierra que hace crecer nuestro maíz. De sus escamas extraemos la plata y el oro, y los árboles tienen en él sus raíces igual que nuestro cabello tiene sus raíces bajo nuestra piel”.
Un lógico, un realista, un zoólogo —y un crítico literario clásico— podrán unirse en una fácil victoria contra semejante página. Se puede denunciar en ella un exceso de imaginación e incluso contradicciones de imágenes: ¿no es la serpiente el ser desnudo, cómo imaginarla con cabellera?, ¿no es el ser frío, cómo imaginarlo viviendo en el fuego central? Pero hay que seguir a Lawrence, no en un mundo de objetos, sino en un mundo de sueños, en un mundo de ensoñaciones enérgicas en que la tierra entera es el nudo de una serpiente fundamental. Ese ser fundamental reúne los atributos contradictorios, la pluma y la escama, lo aéreo y lo metálico. Para él todas las potencias de lo vivo; para él la fuerza humana y la pereza vegetal, la potencia de crear durmiendo. Para Lawrence la tierra es una serpiente enroscada. Si la tierra tiembla, es que la serpiente sueña.
Gaston Bachelard. Fragmento de La tierra y las ensoñaciones del reposo. Ensayo sobre las imágenes de la intimidad (1945).
