José Ricardo Morales: El hombre en la vastedad


    Se “corren” peligros, se “atraviesan” dificultades, se “pasan” penas y trabajos; el peligro acecha, pues, al hombre en camino, en el movimiento, en la acción. Drama es acción (δρᾶμα), aquello que nos ocurre en el camino. El drama consiste en la dificultad de la acción en el camino que nos está (o nos hemos) destinado. Por ello, el drama tiene lugar, sucede, en el lugar del peligro: en el camino que el hombre emprende. “Cuando en mi ruta me aproximé al cruce de tres caminos…”, evoca Edipo con temerosas palabras, anticipándonos que el hombre en acción, en camino, es el hombre ex-puesto.

    Desde antiguo, la imagen del desamparado se representa en “el errante”. El errante no sigue un camino, sino que, más bien, no lo halla: porque no lo tiene o porque no existe. Yerra: vive en el error; vaga: se encuentra-perdido. Puede, incluso estar perdido, sin remisión, porque el definitivamente extraviado es aquel que no tiene a qué remitirse ni a qué recurrir.

    El hombre yerra en lo indeterminado. Y encuentra indeterminado aquello carente de huellas, datos, signos, notas, límites, líneas o puntos de remisión, de referencia. Lo indeterminado es lo desconocido innombrable e innumerable. Esto desconocido —como indeterminado— es siempre un “más allá” —en el tiempo y en el espacio— y es, además y siempre, mayor que lo conocido, en que también se alberga.

    El aventurado en el “más allá” de lo conocido conoce la situación de ex-puesto. Si nos atenemos a una imagen antigua de ese aventurado, evocamos la figura del peregrino. Se le llama así —peregre— porque cruza, extraviado, el agro que le aparece en toda la cruda aspereza de lo agreste. Peregrino es aquel que está “fuera”, tal como lo proponen diversas lenguas, lejano, extranjero en inimaginables ultranzas, ajeno al amparo y a la protección que brinda lo conocido.

    El padecimiento del hombre errante radica en que vive en lo imprevisible y, por lo tanto, temible. En el tiempo y en el espacio le espera lo inesperado. El tiempo lo experimenta como continua mudanza, porque el tiempo del expuesto a la intemperie es el de “cambio de tiempo”. Así se dice en los “temporales” y en las “tempestades”, manifestación del tiempo desfavorable, por inseguro, en la adversa inestabilidad del “mal” tiempo. Y a la imprevisible destemplanza de las temperies se adjunta el temeroso extravío del que perdió el camino, del que no sabe a qué se expone, pues no sabe por dónde anda ni en qué se mete. Entrar en lo desconocido es ex-ponerse. Y el que a ello se arroja tiene que “abrirse camino”, franqueándose una ruta. Ruta es ruptura, rompere viam, forzar un paso; empresa subsistente en mucha de nuestra ciencia experimental, que adopta el carácter de actividad efractora para conocer su propio “más allá”, penetrándolo. El hombre ingresa en el ignorado “más allá” para incorporarlo al “más acá”, en sus dominios, en el conocimiento situado.

    La experiencia espacial de quien penetra en terra incognita o nunca hollada supone encontrarse en aquello que evocamos al nombrar “la vastedad”. Para el aventurado a esta rigurosa experiencia, la vastedad aparece como “lo inmenso” bajo el aspecto de “naturaleza”. Piélago, estepa, desierto, selva, son modalidades naturales de lo inmenso, o, también, modalidades de la naturaleza en su condición de inmensa, porque la vastedad obliga a la indeterminación y a la vague- dad. Dígalo, si no, el vago lenguaje al uso en la América despoblada, en el que la imprecisión, o la precisión imprecisa, corresponden —con prescindencia de otras razones— al hombre que, por disponer de excesiva holgura de espacio, carece de claras referencias a la inmediación y a lo remoto. Este idioma, cuando alude a proximidad o lejanía, dice habitualmente “acá” o “allá”, y sólo por excepción, “aquí” o “allí”. Puesto que semejante hombre se halla incluido en lo vago, sólo con vaguedad e imprecisión puede aludir a su contorno “como es preciso”, es decir, adecuadamente.

    Pero sucede que, cuando precisamos, aproximamos, y en cuanto aproximamos, negamos la vastedad. Decir con precisión es indicar e indicar significa señalar lo próximo con el dedo, con el dedo que indica: el índice. Consideremos que en el antiguo lenguaje jurídico-religioso el in-dex del iu-dex “acusaba”, o sea, “ponía de relieve” al inculpado, “pronunciándolo”, “mostrándolo”. Pero en la vastedad nada se puede indicar o mostrar, nada se pronuncia o acusa, porque la vastedad es vaguedad. Así que aquello que experimentamos como más cercano y directo en la vastedad es, ciertamente, su carencia de proximidad: su descomunal amplitud. Por ello, en la vastedad no hay “aquí” ni “allí” puntualizadores, indicadores o localizadores, dado que, en cuanto es tal y auténticamente, carece de referencias o lugares. Cualquier árbol de la foresta, duna del desierto, henchida onda marítima, no puntualizan o señalan un “aquí” o un “allí” localizables, porque nada poseen de diferente a lo idéntico innumerable. Cuando tenemos presente de la vastedad su condición extensiva, la concebimos como un espacio a la redonda, en el que el horizonte establece, a distancia, la única referencia clara: el límite sensible o línea divisoria que convierte al “acá” y al “allá” en un “más acá” o un “más allá”. Así que en tal espacio el universo es ruedo, “orbe” —puesto que representa a la extensión según la máxima amplitud perceptible— y el hombre que lo percibe es su centro. Cabe afirmar que en la vastedad el hombre es pleno centro de su contorno, porque en ella no tiene a qué ni a quién remitirse, excepción hecha de sí propio. Así que el espacio de la vastedad, una vez percibido por alguien, es un espacio homocéntrico, “ptolemaico”. Esto explica que el hombre haya proyectado sobre la Tierra semejante concepción centrada del espacio, de manera que el planeta, “el errante” —πλανήτης—, dejó de ser el “vagabundo” que su nombre indica, para ponerlo como centro de todo lo existente. Y por partida doble, centro desde donde percibimos el contorno, y centro referente y situante como sitio conocido. Porque lo conocido es siempre centro.

    Puesto que nos remitimos a lo conocido, el auténtico “más allá” empieza donde concluye nuestro saber situante. Vamos, pues, peregrinos desde el “aquí” concluyente y sabido hacia el vago “más allá” de lo incógnito. Y ocurre que las prácticas y nociones destinadas a enfrentar la vastedad, tienden, primeramente, a establecer remisiones definidas, para orientar al que se encuentra perdido, privándolo de su condición de errante. Ejerce éste, con semejante propósito, una especie de actio in distans, en la que, para situarse, dispone el amplio ruedo de la vastedad según “lo conocido” situante. Aunque —tal como corresponde a la vastedad— esto conocido —que la niega— se establece, primordialmente, sobre las referencias más remotas: aquellas que nos procuran los puntuales astros, surgentes con asidua exactitud sobre el horizonte extremo. Con ellos, en cuanto que se remontan, nos orientamos. Así que el orientado —de orior— es, en sentido cabal, aquel que ve surgir las cosas, que se le revelan con certeza porque las sorprende en su status nascens.

    Cuando el hombre está orientado y orienta a su vez la vastedad, el indiferenciado espacio “a la redonda” se transforma en una extensión remitida a determinados puntos “cardinales”, articulada sobre el “gozne” que dicho término significó originalmente, dividida en “derecha” e “izquierda”, respecto al orientador, y dirigida hacia los extremos polares que la traza implica. Semejante estructura aparece en sus formaciones iniciales como una trama de remisiones, que somete a fijeza el indeterminado campo extensivo, aquietándolo. Porque el hombre orientado adquiere talante dominador. Y cabe decir aquí que el hombre dominador empieza por ser tajante, pues los trazos remisivos que establece en la vastedad, a la par que lo dirigen hacia puntos situantes, dividen el campo espacial en “sectores”. Así que cuando el hombre se desplaza, orientado, en la vastedad, y la orienta y la dirige, la rige. Y la rige seccionándola en “regiones” —de tal manera llamadas porque las configuran líneas “rectas”—, en las que no sólo se permite conocer un todo fragmentándolo por partes, sino que, además, puede situar cosas y personas en tal o cual parte.

    De encontrarse-perdido a encontrarse en determinada parte, media toda la diferencia que existe entre el errante, el orienta- do y el situado. Aun cuando el hombre en la vastedad sea el “centro” experiencial y absoluto de un absoluto contorno, en esa supuesta extensión sin referencias será siempre un descentrado, un excéntrico, puesto que el centro del hombre no se encuentra en la imprecisa naturaleza de la vastedad que le obliga a extra-vagar. Sextante, astrolabio, brújula, goniómetro, radar, sólo aparejan ocasionales “centros” fugaces para los nautas o adelantados del cielo, mar y tierra que se adentran en lo insólito. Pues el hombre auténticamente centrado no es aquel que está en el punto medio de un contorno inabarcable y extraño, como tampoco lo es el que se sabe referido con certeza, por medio de recursos propios de las técnicas puntualizadoras. Más bien, el realmente centrado es aquel que perdió conciencia de serlo, porque se reconoce —al igual que reconoce “lo suyo”— en todo lo que le rodea. El paso del orientado al situado se efectúa por medio de operaciones arquitectónicas que concluyen por dar “sede”, “sitio”, “local”, con atributos reconocibles, al que con ellas obtiene aquietamiento. El quehacer arquitectónico no sólo deja al hombre situado técnicamente, sino que lo hace situable, reconocible, según la modalidad fáctica representada en sus obras, que patentiza su manera de ser y de vivir. Porque las acciones arquitectónicas, sensu stricto, no comienzan realmente en donde el hombre señaliza extensiones, para distinguirlas de la vastedad mediante prácticas e indicaciones universales y, por ello, neutras —con oficios de topógrafo, agrimensor o geodesta—; más bien podemos pensar que sólo cuando tales “señas” dan “señales de vida” propia, particularizada e inalienable de grupos humanos y de personas, suponen, inicialmente, arquitectura.

    Ahora bien, de la vastedad cabe tener presente otros aspectos, ajenos a los puramente extensivos —y a los que el hombre responde con acciones punto menos que desconsideradas por la teoría de la arquitectura— en los que no sólo se nos revela como “lo vago”, según el sesgo espacial de la holgura o la amplitud desorientadoras anteriormente expuesto, sino como “holgazana”, “vacación”, “improductividad” e “inanidad”, que nos permiten estimarla como lo inerte, ocioso y disponible por excelencia.

    Propuesta de tal manera, la vastedad es, literalmente, vaciedad. Semejante vaciedad se nos presenta como “desolación” en aquello que sabemos solitario, por insólito e infrecuente. Y así como a la condición primordialmente extensiva de la vastedad se le oponen determinadas prácticas, reductoras y situantes, pueden considerarse otras que contrarían el carácter de inanidad y desuso que acabamos de atribuirle, pues frente a lo insólito de la vastedad el hombre pone en juego determinadas “solencias”, correspondientes a sus distintas maneras de “frecuentar” y “poblar”, que representan modalidades intensificadoras, “densificadoras” de la vastedad, por las que se la priva de su condición pasiva y vacía, activándola, ocupándola. Ateniéndonos a esto, se dibujan algunas de las posibilidades arquitectónicas que habremos de considerar en un principio: unas, las que conducen al aquietamiento del hombre y que convierten a la arquitectura en la técnica del estar, y otras, las que constituyen la dynamis de la arquitectura y que establecen su raíz en la frecuentación, es decir, en los empleos constantes, asiduos. Vamos a ellas.


José Ricardo Morales. Arquitectónica (fragmento, 1984).


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