El realismo de La sangre y la esperanza
“Yo pienso en el musgo que mis manos de niño arrancaron a puñados de muchas cunetas eternamente húmedas y sombrías […]. Pienso en ese musgo y tengo la sensación de una verde y llorosa suavidad, que es lo mismo que música oída de antaño por un sentido de inocencia”. Es la apertura de la segunda parte, “Rutas de agua”, de La sangre y la esperanza, novela cimera de uno de los más destacados escritores de la Generación Literaria de 1938: Óscar Nicomedes Vásquez Guzmán. Aquella “música oída de antaño” llega precisamente ese año, en su libro La ceniza y el sueño; al año siguiente aparece su primera novela, Los hombres oscuros, bajo el seudónimo de Nicomedes Guzmán, con el que descarta así su primer nombre, en un gesto de solidaridad con Óscar Castro, su compañero del grupo literario rancagüino Los Inútiles.
La sangre y la esperanza se publica en 1943. Las luchas proletarias y la huelga de los trabajadores tranviarios de la década de 1930 son allí narradas por Enrique Quilodrán, quien reme- mora su infancia junto a su padre, el federado, en el interior del barrio Mapocho, que, “como un perro viejo abandonado por el amo”, cobra vida propia a través del paso de las estaciones: “Los días caían perezosos, con lágrimas de neblinas y de lluvias [...]. El barrio pobre era como una flor caída en pétalos de bruma”. La historia se construye fragmentada para el lector y no por mero formalismo. Enrique dice: “Los años han borrado de mi cerebro los rasgos de casi todos mis pequeños camaradas”, pero Enriquito, cuando toma la palabra, bien recuerda a las prostitutas de “la risa íntegra de impagable azúcar”: “Sabía que eran rubias. Vi entonces competir al sol con sus cabelleras. Sabía que eran altas, de cimbreante paso, de potentes caderas”, asegura el niño y es entonces que su relato se traslada a la fantasía y dice: “Yo pasaba junto a las mujeres, preocupadas por los últimos menesteres caseros, como junto a las brujas de todas las leyendas y aquelarres”. A veces, la voz de Enrique y Enriquito se pierden en la remembranza y solo queda “El coro de perros”: “El tío Bernabé estaba allí... ─¡Oiga, mire, compañero, yo con los frailes ni a misa!”. “Un ciego se avecinó a los rieles [y canta]... ─¡Qué tormento es el sufrir / por la angustia de un querer! / ¡Ojos que te vieron ir / cuándo te verán volver!”. “Nadie le oía... Que la Federación aquí. Que la Federación acá / Pero nadie escuchaba”.
La Generación del 38 está marcada por la llegada al poder de la Coalición del Frente Popular ese año en Chile, y los críticos han visto en estos escritores una necesidad estética de reflejar en la literatura la realidad del país, el llamado realismo social, y a la vez de diferenciarse e independizarse de la estética europea que se plasmó en las corrientes del criollismo y el naturalismo. En un estudio sobre la narrativa de Carlos Sepúlveda Leyton, en quien se ve un precursor de la novela social, se define a esta como aquella “que busca la plasmación poética del mundo social […], es decir, una novela en que los persona- jes y los acontecimientos están configurados y organizados en función del espacio” (Nelson Osorio, Sepúlveda Leyton: tradición y modernidad, en Anales de la Universidad de Chile, enero-diciembre de 1967). Guzmán configura este espacio social a través de la personificación, especialmente del barrio y sus calles, otorgándoles la altura de un personaje más de las aventuras de Enriquito, cómplice de sus travesuras de pícaro: “La noche coceó luego a la vera de nuestros juegos. Se encendieron los focos de San Pablo y del depósito tranviario. La calle Andes comenzó a pestañear con los ojillos de pulga”. Pero también cómplice de la crueldad: “La miseria parecía celebrar su Dieciocho, enarbolando en los cuerpos sus pabellones de harapos”. La plasmación poética del mundo social en esta novela permea también a la naturaleza, que aparece, más que personificada, humanizada por los acontecimientos: el otoño con “su rostro de mendigo”, el sol “noble y augusto roto paleando oro sobre la calle”, el viento que “taconeaba en los tejados con las melenas al desgaire”, las “adolescentes ortigas” y los “hermanos pinos”. Y, viceversa, el trabajo de hombres y mujeres disfraza las palabras del niño: las “hilazas de lluvia”, la vida que “rielaba” y “la luz con los miasmas de las entrañas industriales”. Todo se hace carne a los ojos de Enrique. Solo a través de metáforas y comparaciones logra dar contextura y realidad a su historia, que es la de muchos. El relato histórico no podría dar cuenta de la verdadera hambruna; tampoco podría Enrique sin liberar la palabra de la estrechez de su significado: “Los albergues mostraban su cuerpo horrible de falso hogar”. “Los conventillos abrían las bocas desdentadas con fetidez de angustia, de humanidad crujiente”.
El realismo de La sangre y la esperanza no es una cámara que documenta los hechos, sino la búsqueda de la verdad detrás de aquella mentira. Los recursos de la poesía, como el martillo, como la hoz, sirven para desnudarla. La verdad aparece a través de los ojos de un niño: “Acaso yo exagere. Pero es que los ojos de mi madre […] afincaron en mis días de infancia tantas finas raíces de luz que no puedo por menos que exaltar su recuerdo, asociándolo a todo detalle o realidad del pasado que, aunque pequeño e intrascendente, resulta hoy sangre vital en las corrientes de mis venas evocativas”.
Macarena Castro
