Lou Andreas-Salomé: Sobre el tipo de mujer

 

    Mi intención aquí es la de dar tan solo un breve paseo mental: al principio, bordeando el camino estrictamente limitado a lo personal; luego, intentando ampliar su radio de acción, aunque solo unos cuantos pasos por encima, para acceder a una visión de conjunto objetiva. 

    En cuanto a lo personal, debo empezar diciendo que mi recuerdo más temprano está relacionado con botones. Sentada en una alfombra con dibujos de flores, tenía ante mí un cofre marrón abierto, en cuyo contenido —botones de cristal o de hueso, multicolores y de formas muy diversas— se me permitía hurgar a mi antojo cuando me había portado bien o mi vieja aya no tenía tiempo de ocuparse de mí. El cofre de los botones, que recibió el calificativo —ingenuo al comienzo, más tarde irónico— de cofre de las maravillas, representó inicialmente para mí la quintaescencia de lo maravilloso; más tarde, acaso porque me enseñaron las palabras correspondientes, empecé, fascinada, a descubrir en aquellos botones un número igual de zafiros, rubíes, esmeraldas, diamantes y otras piedras preciosas, gracias a lo cual la palabra rusa yemtschug, que significa joya, conserva aún ahora, para mí, una resonancia extrañamente evocadora. Esos botones-joyas siguieron siendo, por mucho tiempo, la quintaescencia de lo que, debido a su valor, se va guardando y no se tira (tal como, de hecho, se conserva a la sazón los botones de moda —relativamente costosos— una vez usada la ropa a la que pertenecían).

    [...] Esta concepción totalmente infantil se diferencia de manera característica en una segunda, simultánea, que tuvo por objeto otras piedras de valor redondas y pequeñas: las monedas. De muy niña, ignoraba que se pudiera guardar dinero para hacer frente a las necesidades de la vida, ya que estas me eran resueltas sin que yo lo advirtiera; solo hacia los ocho años, más o menos (no puedo garantizar precisión alguna), empezaron a darme una propina mensual consistente en una moneda de plata de 20 kopeks (40 peniques) con la que se podía comprar cosas agradables, aunque estas cosas agradables provinieran generalmente de mis padres de forma directa y sin referencia al dinero. Un día en que mi padre me sacó a pasear, encontramos a un mendigo al que yo quise darle mi reluciente moneda de plata. Mi padre dijo entonces: «Basta con la mitad» —pues yo debía aprender a distribuir el dinero—, y me cambió con cara seria la moneda en dos piezas de plata de 10  kopeks, de suerte que también el mendigo recibió plata y no cobre (no había monedas rusas de níquel). A partir de ese momento debió de grabárseme la idea: el dinero es algo cuya mitad corresponde a los demás —cierto es que solo la mitad, pero mitad al fin y al cabo, y no debe tener peor aspecto que la retenida por uno: nada de aventajar a los demás. En abierta oposición a esto, que era divisible y cuya esencia parecía consistir en la necesidad de dividirlo, se alzaba la idea, más antigua, de los tesoros (botones) inalienables, no permutables y ocultos, con cuya confiscación nos sentiríamos robados y atacados nosotros mismos, en nuestra integridad, por así decirlo, que no tiene ni conoce «mitades». Cierto es que estas ideas no son ellas mismas tan tempranas, pero el punto en que parecen tener su origen, y a partir del cual se van deslindando en dos series tan distintas entre sí, remonta a todas luces hasta el estadio más infantil: la zona de intereses anales, es decir allí donde nuestra función corporal nos iguala aún con nosotros mismos, donde una parte nuestra, en cuanto generada por ella, se presenta por vez primera en nuestra conciencia como objeto, como un «Ya-no-nosotros». En la medida en que el dinero lleva particularmente la conocida relación sustitutoria con lo  anal, aquella labor formativa temprana —supresión de la identificación con lo anal, y del interés del yo por ella— habría surgido en relación con el hecho de que el autoerotismo de orientación anal se hubiera puesto en cierto modo a salvo en el símbolo de los «botones» como tesoros interiores, antes ya de aquella socialización inicial. En la rivalidad infantil entre «los botones y las monedas», la autovaloración, por así decirlo, habría empezado a separarse de la valoración social a través de dos tipos de símbolos, el más tardío de los cuales, la moneda —en principio el legítimo heredero de la analidad de ese periodo—, se dejó reconvertir en el representante exclusivo del intercambio social tanto más espontáneamente cuanto que el otro, el botón, se había escabullido, con segundas intenciones altamente egoístas, a una zona en la que por entonces había sido instalado en imágenes legendarias de origen erótico.

    La educación forma, comprensiblemente, para lo social; también lo hizo en el presente caso, con inclusión de toda la persona, sin el menor derecho a exceptuar botón alguno. Esto se inició ya con el hecho vital del nacimiento: una existía para pertenecer a otros, y, en este sentido, cada año tenía que mostrarse digna de haber aumentado en edad. Hasta los regalos que celebraban ese nacimiento, e incluso los que se ponían debajo del árbol de Navidad —aunque este pareciera irradiar gloria y magnificencia puras—, ocultaban de algún modo trampas secretas para el egoísmo y afirmaban en silencio: «Estamos aquí en parte porque te has portado bien, y en parte porque esperamos que lo sigas haciendo». Cuando, de muy niña, empecé a sentir dolores en las extremidades inferiores —los llamados «dolores de crecimiento», que desaparecieron solos al cabo de un tiempo—, me dieron, para consolarme de tener que ser llevada en brazos con frecuencia, unos botines de tafilete suave con borlas doradas, lo cual tuvo por consecuencia que no manifesté a tiempo el cese de los dolores, debido sobre todo a que mi padre me llevaba a menudo en brazos. Como esta adulteración de los hechos fue descubierta y considerada reprensible, advertí, con asombro y pesar, que mis piernas también pertenecían a aquello que yo poseía en virtud de los otros, que no podía disponer a mi antojo de ellas, y que los zapatitos de tafilete solo la habían legitimado en apariencia como propiedad exclusiva mía.

    [...] Esta instancia suprema se da por mí misma en una casa paterna de estricta religiosidad. Así, pues, en este caso se retuvo, bajo la presión de la religión, un trozo de la «omnipotencia de las ideas» en sentido freudiano del término; esta omnipotencia sobre los hechos fue depositada en forma de botón allí donde la apariencia de la realidad ya no bastaba; pero al mismo tiempo se le asignó a la realidad, a lo real visible desde el exterior, aquello que puede ser partido, demediado, así como la moneda de plata fue demediada aquel día: además, el mundo exterior no solo no tenía derecho alguno, sino que tampoco ninguna «realidad» que reivindicar: cesaba de existir detrás.

    [...] Salta a la vista hasta que punto el juguete invisible, presente en todos los bolsillos de aquel dios, estaba relacionado con el carácter oculto de las joyas de la montaña y, en definitiva, se componía de los botones intransferibles del cofre marrón. No es fortuito que al dios le quedaran justa- mente esos atributos infantiles, surgidos en gran parte de la «omnipotencia de las ideas» en medio de una experiencia del mundo ya incipiente. En general, hasta la forma de religión más primitiva suele contener entre sus fantasías algún principio de conocimiento, una interpretación del mundo: sin embargo, el niño, que desde un principio recibe de los adultos que los educan todos sus conocimientos sobre el mundo, no necesariamente tiene que ver empañada por estos su imagen fantástica de la divinidad. El dios sustituye aquí en cierto modo aquello que Freud ha denominado la «novela familiar»: las idealizaciones del origen y el destino con las que el niño solo suele expresar a menudo lo que le resulta excesiva- mente cierto y evidente, toda plenitud y grandeza. Solo que esto se refleja aquí, en vez de en una historia, en la presencia misma de un dios adicional del ser y de la esencia propios, que no explica ni prohíbe, sino simple- mente sanciona. Pero, si en esta forma de expresión tan unilateral no puede mantenerse más tiempo que la novela familiar habitual, se desmorona no tanto por alguna duda intelectual como por un viraje interno de aquella seguridad vital que se tambaleó en su interior y cuyo simbolismo tenía que modificarse en el curso del desarrollo. Pues la antigua representación de los botones del tesoro, que él llevaba muy seguro en medio de su gloria —como el juguete en sus bolsillos—,  poseía, junto a su marcado carácter egoísta —aunque por entonces estuviera revestido aún de un halo fantástico y legendario—, otro de signo no menos erótico. Si durante mucho tiempo (el «período de latencia» freudiano) este hecho no tuvo mayor importancia, contenía en sí la tendencia a humanizar luego al dios en la forma y en la expresión. De ahí que sobre la persistencia del dios no decidiera tanto —en las zonas de las pulsiones esenciales, ocultas y subterráneas— su verdad, según la importancia intelectual, como su realidad según la importancia sensorial. Al presentarse un día como algo abstracto, pálido e invisible, se hizo  visible el amor que se estaba separando de él: pero si este no se transformó en incredulidad propiamente dicha, sino solo, y a titulo pasajero, en una especie de inversión del amor a Dios, en fe en el diablo, en esto puede advertirse también una segunda característica: que, ya cuando estaba vivo, aquel amor era de signo ambivalente, es decir que inconscientemente aborrecía al dios por su palidez abstracta, la falta de color de su sangre y su capa de invisibilidad excesivamente adherida al cuerpo. Cuando el dios volvió la espalda, el amor solo consiguió volver su lado posterior ennegrecido («ennegrecido» por él mismo) en la figura del demonio; y como el niño no podía ser consciente de que él mismo estaba desalojando al dios, se sintió gracias al poder desconocido que se apartaba  de él, entregado a merced del infierno, en vez de a la del cielo.

    De hecho, solo el inicio de la pubertad puede considerar- se como el final de la historia del dios, aunque en el interín se interpusieran largos años que nada tienen que ver con ella. Consecuentemente, el despertar erótico no solo coincidió temporalmente con ella, sino que se produjo como a partir de la autorrealización, automáticamente segura, de un sueño infantil soñado muy poco antes, de suerte que, por precaución, no hizo sino rejuvenecer, en una generación, al dios fantástico, universal y con aspecto de abuelito, convirtiéndolo en un hombre de carne y hueso. No solo en las novelas malas, sino también aquí, debido a que los protagonistas acaban «casándose», cabría esperar una mediación ininterrumpida entre el yo social y el yo en cierto modo introvertido. Tanto más cuando que, como  un último regalo del comportamiento del  dios  en  el  último  tiempo,  toda  la confianza que está segura de lo deseado mantuvo una vigencia permanente: aunque esta vez, adecuándose mejor a la realidad en vez de limitarse a fantasear, sacó a relucir una especie de intuición por lo real existente. Solo le quedó a esta repercusión del orden divino sobre el humano, o, expresado en términos más sencillos, a aquella profunda imbricación original de lo egoísta con lo erótico, un último poder sin el cual era imposible realizar íntegramente el valor «de tesoro» de los botones. Junto con la «realidad» había hecho su aparición aquello por lo cual «se comparte», pero solo  cosas compartibles, en virtud de lo cual hay que cederle a los «otros» la mitad entera, aunque no del todo en el sentido de «mitad», tal como el ser humano mismo cree representar in toto en la fusión erótica —más bien él conserva aquí la propia cabeza (Kopf)-botón (Knopf) para sí mismo.


Fragmento del artículo de Lou Andreas-Salomé publicado en Imago, III, 1, en 1914. En: El narcisismo como doble dirección (1982).