Las asambleístas de Aristófanes

    Se dice que no es comedia auténtica la que se toma en serio a sí misma; no obstante, un trasfondo político serio instaura las Grandes Dionisias bajo la tiranía de Pisístrato, certamen en el que se presenta el primer agón estatal cómico el año 486 a.C. Superando aquel pasado heroico de la tragedia, la problemática ahora se toma el escenario para perseguir un final feliz para la polis.

    Aristófanes, comediógrafo que vivió en la isla Egina, ocupada por Pericles en 447 a.C., y contemporáneo, también, de Sócrates, Tucídides, Jenofonte y Platón, avanza hacia la llamada comedia nueva con su producción teatral, que recorre desde el 427 hasta el 388 a.C. Son tres las come- dias que presentan una innovación particular en el tema cómico: Lisístrata, Tesmoforias y Asambleístas, esta última presentada ya entrado el siglo IV, en 391 a.C. En la primera, Lisístrata es la heroína que disuelve ejércitos al reunir a las mujeres de Atenas, Lacedemonia y Beocia con el objetivo de tomar el gobierno y lograr un acuerdo panhelénico para recuperar la antigua hegemonía de Atenas y Esparta. En la segunda, la heroína es el colectivo de mujeres que se reúne en la intimidad de la fiesta de las Tesmoforias para debatir sobre el mejor castigo a Eurípides, por las populares acusaciones que dirige a ellas en sus obras. En Asambleístas, Praxágora, al igual que Lisístrata, convoca a las mujeres para disputar el poder a los hombres. Con el telón de fondo del fin de la guerra del Peloponeso en el año 404 a.C., el que significó la decadencia económica de Atenas, la pieza inicia con la protagonista que, ansiosa, espera la llegada de sus compañeras para proponer un gobierno de mujeres. El prólogo se extiende en un monólogo consagrado a la luz de la lamparilla que porta la líder como señal de encuentro: “¡Brillante ojo de mi lámpara de barro moldeada en el torno, oh hermosísimo invento de excelencia artesano! Pasaremos revista a tu suerte y linaje. Tú que en el torno naciste que el alfarero mueve y en tus narices tienes al mismísimo sol... haz llegar con tu luz la señal convenida” (vv. 1-7). Ante este ojo luminoso confía Praxágora el secreto plan fecundado en  la fiesta de las Esciras. Su objetivo, entregar el mando a las mujeres para salvar a la ciudad de sus malos gobernantes; su artificio, travestirse para participar en la Asamblea de los hombres: “tengo el sobaco más enmarañado que un matorral, como habíamos convenido” (vv. 60-61). Una vez verificada la vestimenta, Praxágora se encarga de travestir también sus voces: “pues por eso nos hemos reunido aquí, para aprendernos lo  que tenemos que decir en la Asamblea” (vv. 116-118), y enseña sus formas, las que durante su destierro en la colina de Pnix, y a fuerza de escuchar a los oradores, aprendió. Ante sus iguales, Praxágora se defiende y las alienta a no temer por su inexperiencia, pues la mujer “podrá y, sin duda, muy bien, porque dicen que también entre los jovencitos  los  más manoseados suelen ser los más diestros en hablar, y esa circunstancia se da entre nosotras por afortunada coincidencia” (vv. 113-115). Las alusiones a la homosexualidad o a personajes afeminados son aquí recursos literarios que operan visibilizando las contradicciones de la sociedad para hallar un punto a favor de los intereses del pueblo. Una vez de regreso, Praxágora, victoriosa, encara a su marido, Blépiro, quien se lamenta por haberse quedado dormido y no haber asistido a la Asamblea, y esto no por el incumplimiento de su deber, sino por no haber recibido el pago de los tres óbolos que se da a los que asisten. Y, para colmo, despierta en un mundo al revés, gobernado por las mujeres. “Os diré que es preciso que sean comunes los bienes de todos, que todos tengan parte del común y vivan de los mismos recursos, y no que uno sea rico pero el otro pobre”, le dice su esposa (vv. 590-592). Mas no solo igualdad económica propone, sino también sexual, al insinuar una comunidad de mujeres y hombres: “puede acostarse con ella gratis, que también a esas las hago comunes para todos los hombres: que el que quiera se acueste con ellas y les haga un hijo” (vv. 615-616).

    Si Aristófanes es o no realmente un serio defensor de estas ideas es una pregunta que está fuera del alcance de la comedia, pero una verdad estética se desliza al inicio de la pieza. “Vas a conocer nuestros proyectos actuales, que tomaron mis amigas en las fiestas Esciras”, dice Praxágora al candil (v. 19). La celebración aludida, emparentada con las Tesmoforias, encontraba su lugar en las afueras de Atenas, por el camino sagrado a Eleusis, durante el mes de skirophorión (junio), época de la trilla. Las mujeres organizaban el sacrificio a Deméter y Perséfone, que consistía en una procesión de antorchas, —“vaya, veo por ahí una luz  que se acerca”, dice Praxágora (v. 28)—, una vigilancia de toda la noche, la colocación de los iniciados, ocultos y cubiertos de piel de cordero —“voy a llamar a esta vecina rascando su puerta: su marido no debe enterarse” (v.32)—, uso de un lenguaje grosero —“a ese le digo yo que se ponga a mirar el culo de un perro” (v. 257)—, pruebas de extraño gusto —“¿tenéis las barbas que dijimos que íbamos a llevar todas cuando nos reuniéramos?” (v. 69)—, entre otras acciones rituales que quedan atestiguadas en el Himno homérico a Deméter. Para James George Frazer, las dos diosas son una personificación de la misma cosa, pero en dos estados distintos y opuestos (La rama dorada, 1890, XLIV). La madre sufre por la pérdida de su joven hija tras el rapto por “el que de muchos es soberano” y castiga a la humanidad: “la tierra ni siquiera hacía medrar semilla alguna, ya que las ocultaba Deméter” (v. 84; v. 307). Así, simboliza el grano simiente del año anterior y su hija, al volver por unos meses, es la espiga recién segada que, una vez calmada la ira de la madre, fecunda la tierra estéril. No contenta con eso, Deméter enseñó a los reyes “el ceremonial de los ritos y les reveló los hermosos misterios” (v. 477), los que en modo alguno podían los hombres transgredir sin alterar la natural alternancia de Perséfone entre su gobierno bajo tierra y sobre ella. ¿No es la asamblea de las mujeres esa floración de lo oprimido, de lo que se hallaba oculto bajo la tierra, y que nace gracias a los sacrificios de las mujeres en las fiestas? Mientras Deméter coloca los cimientos —“los ritos, los fundaré yo misma”, dice (v. 274)—; Praxágora, al igual que Perséfone, exige el gobierno de ambos reinos: “Yo afirmo que es preciso que nosotros pongamos el gobierno en manos de las mujeres pues también en nuestra casa son ellas las que se ocupan del gobierno y la administración” (vv. 210-212).


Macarena Castro


Entradas populares