El papel del teatro en la concepción de la democracia griega antigua
La puesta en escena de la oratoria antigua prescindió de los grandes movimientos gestuales e hizo foco en la palabra pronunciada. Pericles habló manteniendo siempre los dedos dentro de la túnica, con la misma sobriedad que más tarde mostraría Foción, a quien ningún ateniense —escribió Plutarco— “vio sacar la mano fuera de la capa” (Vidas paralelas. Foción, 4, 3-4). En cambio, la idea de vestir la voz con ademanes era considerada simulacro capaz de cautivar al vulgo sin abrazar la razón, y, de hecho, el primero que violó la vieja usanza, desenfundando el puño en favor del aspaviento fue Cleón, demagogo y adversario principal del gran gobernante ateniense. Sin embargo, las artes a las cuales se imputaba peso imitativo ya habían cobrado fuerza en el siglo VI a. C., cuando el tirano Pisístrato organizó certámenes dramáticos, buscando con ello ganar adeptos y ampliar así la base popular de respaldo a las transformaciones que lideró, como la reforma agraria —que favoreció al campesinado más modesto—, la disposición de tributos para las obras públicas y, por cierto, el nombramiento de jueces por demos. Tales medidas, entre otras, generaron las condiciones que hicieron posible la democracia desde Clístenes hasta Pericles, expresada, por ejemplo, en la Asamblea, el Consejo de los Quinien- tos y los tribunales, cuyos integrantes llegaron a percibir remuneraciones periódicas.
A mediados del siglo VIII a. C., la literatura ya había abierto los fuegos en lo tocante al concepto de deliberación colectiva. En la Ilíada, Homero introdujo la figura de la asamblea en varias ocasiones como manera de resolver una encrucijada. “Todos los aqueos aprobaron” la petición de Crises de que Agamenón le devolviese a su hija Criseida, a cambio de un cuantioso rescate, pero el rey de Micenas se opuso y expulsó al suplicante, con las conocidas consecuencias (I, 22-25; 376-379). En medio del desastre, y para sofocar la ira divina, una asamblea convocada por Aquiles enfrentó a este y a Agamenón, quien allí aceptó liberar a la joven troyana, aunque ya fuera de la reunión el furibundo monarca notificó a su interlocutor de que, a su turno, le quitaría a Briseida (I, 181-187). En tales cónclaves eran exclusivamente integrantes de la nobleza quienes hacían propuestas, y en la única ocasión en que un desposeído, Tersites, intentó subir al estrado para plantear una moción, fue expulsado por Odiseo, quien le golpeó la espalda y los hombros con el cetro (II, 210 ss.). Los jerarcas podían adoptar una determinación con independencia del parecer de los presentes, pero lo que imprimía legitimidad a sus dictámenes era precisamente el acto de congre- gar y escuchar. El matiz impuesto de ese modo al mando del rey tiene a lo largo de la obra homérica un segundo aspecto que funge como golpe de gracia: los pueblos no se derrumba- ron ante la ausencia de sus gobernantes durante los 10 años de la Guerra de Troya, ni en el transcurso de 20, si se considera el caso de Odiseo. Aunque muy divulgada en el mundo antiguo, la Ilíada había resultado inconveniente para Atenas, dado el papel accesorio que dicho texto daba a esa polis en la contienda; eso hasta que la disputa territorial por Salamina frente a Mégara llevó las letras al escenario geopolítico. Pisístrato ordenó fijar y propagar una versión del escrito que los megarenses acusaron de falsificada en dos versos, según los cuales “Áyax había traído de Salamina doce naves / y las guio y apostó donde estaban los batallones atenienses” (II, 587-588).
La mímesis marchaba exitosamente desde la ficción hasta el teatro operativo militar, y un siglo más tarde Pericles entendería el papel de la dramaturgia en la educación de las masas, es decir, en la política. Con un impuesto a la riqueza que liberaba la entrada de los pobres y pagaba, como en sus tribunales, a quienes efectuaban la puesta en escena, el teatro fue, más que un simulacro, el simulacro de un simulacro: una cantera de la institucionalidad, una realidad donde el público era condición de la escena en un espacio con capacidad para al menos 13.000 espectadores (Aristófanes, Plauto, 1083), cifra que duplicaba el quorum de la Asamblea. Al cabo de pocas funciones, toda la polis había apreciado desde el graderío la obra de los más grandes autores. De igual manera, cuando en el invierno de 431-430 a.C., durante el primer año del conflicto con Esparta, Pericles tuvo que pronunciar su Discurso fúnebre, el estratega, aun manteniendo la mano dentro de la túnica, dejó el sepulcro de los caídos, “avanzó hacia una elevada tribuna levantada para que pudiese ser oído por la muchedumbre lo más lejos posible, y habló” (Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, II, 34), afirmando que “tenemos un régimen político que no emula las leyes de otros pueblos, y más que imitadores de los demás, servimos de modelo para algunos” (II, 35-46).
David Hevia
