B. Hessen: Las raíces socioeconómicas de la mecánica de Newton
La primera ley de Newton sobre el movimiento atribuye a la materia la propiedad de conservar el estado en el cual ella se encuentre. Pero como Newton considera solo la forma mecánica del movimiento, su concepto de “estado” es equivalente al estado de reposo o al traslado mecánico. La materia, sobre la cual no actúen fuerzas externas, puede hallarse en estado de reposo o de movimiento rectilíneo y uniforme. Si un cuerpo material se halla en reposo, solo una fuerza externa puede cambiar este movimiento.
Por lo tanto, el movimiento no es un atributo inmanente al cuerpo, sino un modo, que la materia puede o no poseer. En este sentido, la materia ─según Newton─ es inerte en sentido recto de la palabra. Siempre se requiere un sentido externo para ponerla en movimiento o para cambiar o detener este movimiento.
Más aún, comoquiera que Newton acepta la existencia de un espacio absoluto e inmóvil, el reposo resulta posible, de manera similar, como reposo absoluto y, de esta manera, es posible ─desde el punto de vista físico─ la existencia de una materia absolutamente inmóvil, y no meramente inmóvil en un determinado sistema de referencia. Claro está que tal concepto modal del movimiento debe conducir a la introducción del motor externo, y este es precisamente, según Newton, el papel que desempeña dios.
Es muy importante señalar que Newton no solo no está, en principio, en contra de adscribir a la materia determinados atributos, sino ─en contraposición con Descartes─ reconoce la densidad y la inercia como “propiedades innatas de la materia”.
De esta manera, privando al movimiento de su carácter de atributo de la materia y reconociéndolo solo como un modo, Newton despoja a la materia de una propiedad que le es inseparable, sin la cual la estructura y el origen del mundo no pueden ser explicados por medio de causas naturales.
Si comparamos el criterio de Newton con el de Descartes, de inmediato se hace evidente la diferencia entre sus teorías.
[…] Descartes, como también Newton, introduce a dios, pero este es necesario únicamente para demostrar que la cantidad de movimiento en el universo es constante. No solo no admite el impulso externo de dios sobre la materia, sino que, por lo contrario, considera que la constancia es una de las propiedades fundamentales de la divinidad, de allí que en sus creaciones no podamos suponer constancia alguna, ya que, de suponerla, admitimos la inconstancia del propio dios.
De esta manera, la razón por la cual Descartes introduce a dios es diferente a la que tenía Newton, aunque la divinidad también resulta necesaria en su concepción, pues Descartes no tiene un criterio totalmente consecuente acerca del automovimiento de la materia.
En esta época cuando Descartes y Newton crearon sus concepciones acerca de la materia y el movimiento, aunque algo más tardes que ellos (años noventa del siglo XVII), encontramos en John Toland una concepción materialista mucho más consecuente sobre la correlación entre la materia y el movimiento.
Al criticar las opiniones de Spinoza, Descartes y Newton, Toland dirige su ataque principal contra la concepción del carácter modal del movimiento. El movimiento ─afirma en su cuarta carta a Sirene─ “es la propiedad más esencial de la materia, tan inseparable de ella como la gravedad, la impenetrabilidad y la extensión. Debe formar parte de su definición”.
Solo esta concepción ─afirma Toland con toda razón─ ofrece una explicación racional de la ley de la conservación de la cantidad de movimiento, pues ella resuelve todas las dificultades en torno a la existencia de una fuerza motriz.
En el materialismo dialéctico de Marx, Engels y Lenin, la doctrina sobre el movimiento de la materia alcanzó su pleno desarrolló. En la física contemporánea triunfa el criterio de que materia y movimiento son inseparables. La física contemporánea rechaza el reposo absoluto.
[…] El materialismo dialéctico considera el espacio como una forma de existencia de la materia. El espacio y el tiempo son condiciones básicas de la existencia de todo ser, y por ello el espacio es inseparable de la materia. Toda materia existe en un espacio, pero el espacio existe solo en la materia. El espacio vacío, separado de la materia, es una mera abstracción lógica o matemática, fruto de la actividad de nuestro pensamiento, a la que no corresponde cosa real alguna.
Según el criterio de Newton, el espacio puede separarse de la materia, y el espacio absoluto conserva sus propiedades absolutas precisamente porque existe independientemente de la materia. Los cuerpos materiales están en el espacio como en un determinado recipiente. El espacio newtoniano no es una forma de la existencia de la materia, sino solo un recipiente, independiente de estos cuerpos y con una existencia autónoma.
[…] Después de definir el espacio como un recipiente, separado de la materia, Newton naturalmente, se pregunta cuál es la esencia de ese recipiente. En su solución de este problema, Newton comparte la opinión de H. Moore, quien sostiene el criterio de que el espacio es el “sensorio de dios” (sensorium dei).
También en esta cuestión difiere Newton, radicalmente, de Descartes, quien desarrollara una concepción del espacio como cuerpo físico. La concepción de Descartes no es satisfactoria porque identifica a la materia con un objeto geométrico. Si bien Newton separó el espacio de la materia, Descartes ─al materializar las formas geométricas─ despojó a la materia de todas sus cualidades, con la única excepción de la extensión. Esto, desde luego, también es incorrecto, pero esta concepción no conduce a Descartes, en su física, a las mismas conclusiones a que llegara Newton.
¿Qué existe en el espacio desprovisto de materia?, se pregunta Newton en la cuestión 28 de la Óptica. ¿Cómo puede suceder que en la naturaleza todo responda a un orden y de dónde procede la armonía del mundo? ¡Acaso no se deduce de los propios fenómenos de la naturaleza que hay un ser inmaterial, racional y omnipotente, para quien el espacio es un sensorio, por medio del cual percibe las cosas y las alcanza en su propia esencia?
Vemos así que, también en esta cuestión, Newton se coloca decididamente en la posición del idealismo teológico. Los criterios idealistas de Newton, de tal manera, no son accidentales, sino que están orgánicamente entrelazados con su concepción del mundo.
Si en Descartes observamos el agudo dualismo de su física y su metafísica, en Newton, en especial en su último periodo, no solo no hallamos el deseo de separar sus concepciones físicas de las filosóficas, sino que, por lo contrario, con sus Principios intenta fundamentar sus opiniones religioso-teológicas.
Comoquiera que los Principios surgen básicamente de las demandas de la economía y la técnica de la época y estudian las leyes del movimiento de los cuerpos materiales, en ellos hay, sin duda, elementos de un saludable materialismo. Pero los defectos generales de las concepciones filosóficas de Newton, esbozados anteriormente, su estrecho determinismo mecanicista, no solo no le permiten desarrollar estos elementos, sino que, contrariamente, los colocan en un segundo plano, dentro de la concepción general religioso-teológica del mundo que él compartía.
Por lo tanto, Newton era en sus opiniones filosóficas, como en las religiosas y políticas, un hijo de su clase. Se rebelaba enérgicamente contra el materialismo y la incredulidad.
[…] Cuando Leibniz, en sus cartas a la princesa de Gales, acusaba a Newton de materialista ─precisamente porque este consideraba que el espacio era el sensorio de dios, gracias al cual percibe las cosas, las que, en consecuencia, no dependen totalmente de él y no fueron creadas por él─, Newton se manifestó enérgicamente contra tales acusaciones. En su polémica con Leibniz, Clarke tenía como propósito la reivindicación de Newton contra tales acusaciones.
Si en esta área de la física las investigaciones de Newton se mantienen, en lo fundamental, en los límites de una determinada forma de movimiento ─el desplazamiento mecánico─, por lo que en Newton no se hallan criterios acerca del desarrollo y la transición de una forma de movimiento a otro. En el campo de las concepciones de la naturaleza como un todo, la idea del desarrollo se encuentra totalmente ausente de su obra.
Con Newton termina el primer periodo de las nuevas ciencias naturales en lo que al mundo inorgánico se refiere. Este es el periodo de asimilación de estos materiales. En el campo de la matemática, la astronomía y la mecánica, se produjeron tales logros, en especial gracias a las obras de Kepler y Galileo, culminadas por Newton.
Pero faltaba un criterio histórico sobre la naturaleza. Las ciencias naturales, revolucionarias por sus principios, se detienen ante la conservadora naturaleza, que permanece multisecularmente en el mismo estado en el que fuera creada.
La obra de Newton no solo carece de un punto de vista histórico sobre la naturaleza, sino que, en su sistema de la mecánica, tampoco se encuentra la ley de conservación de la energía. Esto es aún más incomprensible, a primera vista, por cuanto la ley de conservación de la energía no es sino una simple consecuencia matemática de las fuerzas centrales, que fueron tratadas por Newton. Además, Newton examina, por ejemplo, casos de oscilaciones, en relación con los cuales Huygens, al tratar lo referente a los centros de oscilación, formuló ─de manera tácita─ la ley de la conservación de la energía.
Resulta totalmente evidente que no fue la carencia de genio matemático ni de una perspectiva física lo que impidió a Newton formular esta ley, aunque fuera en firma de una integral de las fuerzas vivas.
[…] En la naturaleza se observa una infinita diversidad de formas de movimiento de la materia. Si nos detenemos en aquellas que son objeto de estudio de la física, también hallamos una serie de formas diferentes de movimiento (mecánico, térmico, electromagnético).
La mecánica estudia la forma de movimiento que consiste en el simple desplazamiento de los cuerpos en el espacio. Sin embargo, además de esta forma de movimiento existen otras, en las cuales el desplazamiento mecánico pasa a un segundo plano en comparación con las nuevas formas específicas de movimiento. Así las reglas del movimiento de los electrones, aunque están relacionados con la traslación mecánica, no se reducen a ella.
Por ello, a diferencia de la concepción mecanicista que considera como su principal tarea la reducción de todo complejo conjunto de movimientos de la materia al desplazamiento mecánico, el materialismo dialéctico concibe la investigación de las formas de movimiento de la materia, en su intervinculación, interrelación y desarrollo, como la tarea primordial de las ciencias naturales.
Fragmento de la ponencia de Boris Hessen para el II Congreso Internacional de Historia de la Ciencia (Londres, 1931). En J. J. Saldaña, Introducción a la teoría de la historia de las ciencias (1989).

